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Patrimonio nacional

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Javier Trímboli Coordinador del Archivo Histórico de Radio y Televisión Argentina, reflexiona sobre el sentido político de conservar las producciones audiovisuales del Estado. El interés por el pasado.

 

La producción audiovisual de la Argentina contiene múltiples elementos para aproximarse y comprender sucesos y personajes que nutren el acervo cultural del país. Entre ellos, un registro elaborado desde los medios audiovisuales del Estado que da cuenta de los modos de narrar la Nación y su vida cotidiana, a partir de las políticas implementadas en distintos momentos históricos. No obstante, muchos de estos materiales no han sido catalogados ni –en algunos casos– preservados, con el riesgo de confinar al olvido imágenes y audios de especial valor no solo para revisar el pasado, sino para analizar procesos sociales y políticos en clave actual.
Sobre el desafío de reponer esa historia dispersa, poco analizada e incluso desestimada en muchas ocasiones, reflexiona Javier Trímboli, profesor de Historia y coordinador del Archivo Histórico de Radio y Televisión Argentina, creado en abril de 2013. «El propósito fundamental es el de colocar en estado público el total de lo producido durante años. Estamos hablando de las primeras producciones de Radio Nacional en la década del 30 y, en el caso del canal estatal, de 1956 en adelante», señala Trímboli, quien es también asesor historiográfico de la Televisión Pública y participó, entre otros, de los programas Huellas de un siglo, Los siete locos y Borges por Piglia. Además, trabajó en las películas sobre Manuel Belgrano y José de San Martín –emitidas por la Televisión Pública–, y se encuentra desarrollando 3 documentales relativos a la Campaña del Desierto, de próximo estreno.
–¿Cuáles cree que son las principales ventajas de contar con un Archivo Histórico de Radio y Televisión?
–Por un lado, tiene que ver con que los investigadores en ciencias sociales en general van a poder obtener estos materiales para nutrir sus investigaciones, con la particularidad de que se trata de fuentes que acercan una perspectiva sobre determinados acontecimientos bajo el tamiz periodístico y el de los medios. Por otro lado, también podrán acceder a estos documentos los ciudadanos interesados en repasar el pasado reciente, con registros tomados por políticas periodísticas y por políticas de Estado determinadas que les han dado un acento particular en cada uno de sus momentos. La política, la cuestión social y la cosa pública ocupa permanentemente, en las inquietudes de los argentinos, un lugar destacado. Este Archivo Histórico de Radio y Televisión Argentina seguramente va a entrar en diálogo con esas preocupaciones tan asentadas en la cultura nacional.
–¿Cuál es la importancia de conservar y dar estado público a estas producciones de medios del Estado?
–Hay una decisión que tiene como elemento fundamental señalar que la conservación de estos registros es de un enorme valor social. Esto, que así dicho parece indiscutible, de todas maneras es algo muy novedoso. Si quisiéramos encontrar, en términos de normativas mundiales a propósito de esta cuestión de archivos de medios de comunicación, recién hacia el año 1978 se crea en Francia el Instituto Nacional Audiovisual (INA). El INA, por ley, regula y controla que toda producción audiovisual que se realiza en Francia, sea en medios privados o en públicos, deje una copia en ese instituto. El INA funciona como un gran organizador de la producción audiovisual, como un gran archivo. Ahora bien, mientras eso sucedía en Francia, en la Argentina el viejo Canal 7 se mudaba a estas instalaciones de Figueroa Alcorta y pasaba a ser ATC, y buena parte de su material, fundamentalmente el artístico, se desechaba. Y en gran medida se perdió. ¿Por qué? Porque, si se quiere, había una percepción del valor de ese material muy distinto en el caso argentino respecto del francés. No se le daba a ese material el valor que hoy le reconocemos. En la televisión, se le daba mucha más importancia a mantener el video –como soporte–, que a lo que estaba grabado. Eso no importaba, se borraba. Y si estaba demasiado usado, se tiraba. Lo que se buscaba era preservar el soporte en función de darle un nuevo uso. En el interior del canal tenemos dos archivos: uno de la parte artística y otro del noticiero. Este último preservó muy buena parte de su archivo, que se conservó al momento de la mudanza de Canal 7 a ATC. Esto se debió a que los trabajadores pudieron organizarse de tal forma que les permitió abrazar ese material y que no se perdiera. Pero también porque en los noticieros el uso del material de archivo es mucho más asiduo que en la parte artística. Incluso más en aquella época donde efectivamente no había una valoración de ese archivo histórico.
–Sobre esto último, ¿qué otros factores incidieron para que esos materiales no se conservaran o se desestimaran?
–Mientras el futuro en la cultura funcionaba como aquello que atraía en función de lo que había que alcanzar y lo que era deseable, probablemente esos materiales del pasado bien podían ser dejados atrás. No había que tener tanto cuidado por resguardarlos. Es evidente que en estos años, culturalmente, hubo una suerte de encantamiento del pasado en relación con el futuro. Nosotros entendemos que esa carta que el pasado nos ofrece es de orientación y que, por lo tanto, desprendernos de ella nos dejaría mucho más huérfanos ante lo que venga. Otra cosa que sumaría y que también es importante para entender el porqué del desprecio del material de archivo durante tanto tiempo es que en las ciencias sociales el material fundamentalmente audiovisual de los medios fue tratado como algo residual, de desperdicio e ideologizado en extremo. Por lo tanto, no se lo tuvo en cuenta tal como sí se lo hace en el último tiempo. Recién ahora se empieza a valorar de otra forma ese material. Queda pendiente –cosa que descubrimos y nos encantamos ante esto– la posibilidad de, a través de los materiales del archivo histórico de Radio y Televisión Argentina (RTA)– realizar un estudio de la dictadura a través de lo que esta mostró de sí misma mediante innumerables programas, cadenas nacionales, etc. Una política cultural que se llevó adelante con muchísimo trabajo y con una apuesta muy importante. Sería interesantísimo pensar la dictadura, el terrorismo de Estado, también a propósito de cómo se construyó discursivamente a través del uso de la televisión. Es un tema en el que uno advierte una vacancia. Nosotros acá tenemos la materia prima, la descubrimos y la consideramos interesantísima. Podría, en buena medida, refrescar los estudios sociales en numerosos aspectos.

–¿Cuáles son los obstáculos que aparecen cuando se trabaja con los archivos del Estado?
–Aparecen obstáculos de todo tipo. En relación con los soportes, te contaba que en el canal hay material de noticiero de 1956 que es fílmico. Este material, si no se lo cuida ni se lo preserva permanentemente con condiciones muy claras, corre el riesgo de avinagrarse. Por lo tanto, es un material que requiere cuidado de limpieza de ser preservado. Por disposición de Tristán Bauer, presidente de RTA, el canal ha construido una bóveda que mantiene la temperatura ideal donde se aloja un conjunto de material que, de no estar mantenido en esas condiciones, estaría permanentemente en riesgo.
Los trabajadores del canal preservaron parte de ese material desde 1957. Ahora bien, esas formas sociales que se construyeron entre los trabajadores para preservar el material, a veces, incluso, para clasificarlo de manera sui generis, todo este proceso social que se inscribió encima de la materialidad de esos archivos, ha convertido esto en una suerte de laberinto. No es solamente la materia prima archivo-soporte, sino que alrededor de esa materia se han montado necesariamente circuitos sociales y laborales que, en función de protegerla, desarrollaron formas que a veces son muy intrincadas, que hacen que hoy una gestión, si quiere que un archivo se constituya bien, necesita articular con todas ellas y volver a conjugarlas en otra forma. No se trata solamente de ordenar latas ni de clasificar videos. Si fuera eso solamente sería sencillo, pero ni las latas ni los videos vienen vacíos de nombres y trabajadores. Están relacionados con ellos.
–¿Cómo han encarado el trabajo de archivo los gobiernos anteriores?
–Acá todo trabajador del canal te va a decir que durante la década de los 90 se perdió una enorme cantidad de material. No es «ATC perdió material», sino que esas gestiones, al desgobernar ese material dejaron que se pierda, ya sea porque se ensució o porque pensaron que valía más regrabar –entre otras cosas, porque no había presupuesto suficiente–, o dejaron que eso fuera nicho para negocios privados.
–Respecto de ese encantamiento por el pasado que mencionaba, en este último tiempo se observan en la Televisión Pública, ya sea desde el registro documental o desde la ficción, numerosos productos que ponen en escena personajes y hechos históricos. ¿Por qué esa insistencia?
–Me parece que lo que nos ha sorprendido a todos ha tenido que ver, sobre todo en mi caso que soy profesor, con que la historia volvió a ser un tema de interés masivo. Me tocó ser asesor de la película Belgrano, y siempre recuerdo que fuimos con mi familia al estreno en el Monumento a la Bandera y nos encontramos con una multitud increíble. Evidentemente eso hablaba de que había un renacido interés por la historia. A ver, si en el año 1995 estrenabas una película sobre Belgrano y la pasabas en el Monumento a la Bandera, la repercusión era distinta. Me da la impresión de que Tristán Bauer, en un primer momento desde el canal Encuentro, y la Televisión Pública, a través de Martín Bonavetti y del propio Bauer como presidente de RTA, se hacen cargo de esa preocupación, de eso que algunos denominan «esa hambre identitaria». En los 90 se nos dijo que no solo habían muerto las ideologías, sino también las patrias y los nacionalismos. Era la época de la pura globalización donde había que entregar lo que teníamos de identidad propia o de identidad global y donde lo fundamental era el ser consumidor, ya por fuera de cualquier lógica y relación cultural con la propia patria.


Después de la crisis de 2001, entre otras cosas, se empezó a ver que había un lenguaje que se había perdido y que se debía recuperar. Me refiero al lenguaje político de la nación. A partir de entonces, empieza a crecer una demanda y una inquietud por la historia muy amplia.
Esta forma de pensar la historia obviamente no es la de Mitre ni tampoco es exactamente la del revisionismo. Y eso es interesante. Porque al revisionismo la figura de Belgrano no le interesó. Evidentemente, esto habla también del conglomerado tan particular que constituye el kirchnerismo, donde hay marcas de tradición jacobina que se articulan con las formas más clásicas del peronismo.
Sí creo que –y tengo que hablar de Zamba el dibujo animado de Paka Paka, que tiene una amplia circulación en las escuelas– hay una necesidad muy interesante de volver a nombrar cuestiones fácticas, volver a hablar de acontecimientos. Digo, hay que saber de Cornelio Saavedra, hay que saber sobre la Vuelta de Obligado, hay que saber sobre Juan Manuel de Rosas, hay que saber sobre Sarmiento y conocer sus complejidades, etcétera. Y al mismo tiempo también lo que muestra es la tensión. O sea, muestra que en la historia argentina ha habido siempre disputas, tensiones, contradicciones y diferencias.
–Ese intento por rescatar y resignificar la memoria política argentina a través de sus documentos audiovisuales ¿se encuadra en una coyuntura que lo hace posible?
–Creo que sí. La construcción de este archivo implica la decisión de visibilizar políticas discursivas y audiovisuales que fueron muy contundentes en la Argentina y que expresaron en distintos momentos consensos públicos importantes. Visibilizar esos materiales que, probablemente obedeciendo a cierta lógica de la política argentina, cada vez que se daba vuelta una página, se prefería olvidar. En nuestros archivos, el Videla que aparece no es el que nosotros conocemos, sino el Videla que la televisión representa como un hombre cauto y civilizado, con un temperamento calmo, con mucha voluntad de consenso y hablando con claridad, con un lenguaje que es propio del liberalismo y del republicanismo argentino. Cuando termina la dictadura militar, el consenso democrático argentino que se funda en ese entonces prefiere no recordar a ese Videla; prefiere encontrar en Videla a un enorme demonio que había nacido no se sabe de dónde. El Canal 7 y ATC expresaban esos consensos. Esos materiales mostraban un Videla que había logrado construir un acuerdo muy amplio y que, al mismo tiempo, insisto, hablaba el lenguaje del conservadurismo argentino. Me parece que en el proceso político argentino posterior a 2001 hubo una decisión de poner el foco en estos materiales. Visibilizar y, al mismo tiempo, no temerles a estos materiales. Porque esto que te estoy planteando, de alguna forma, también pasó con Menem. Por lo tanto, nosotros lo que vamos a hacer es mostrar también esas otras facetas y esos otros registros de la década de los 90 que muestran un Menem caudillo popular como lo fue, con lo problemático que es eso. Porque tampoco Menem fue un extraterrestre: lo que produjo lo hizo con enormes consensos sociales. Hay una decisión de que esos archivos y que esos registros puedan ser vistos y tratados. Una apuesta enorme, a través de la memoria histórica, de aceptar, reconocer, trabajar y pensar con ese pasado a través de estos registros.
–A partir de las producciones audiovisuales realizadas en este último tiempo desde los medios del Estado, muchas de ellas orientadas a revisar la historia, ¿cuál cree que logrará trascender el contexto político en que fue concebidas?
–Hay una aceleración en el tiempo histórico presente que hace que difícilmente algo se constituya con tanto peso como para anclar y decir «es esto». Para mí, probablemente sea Zamba. Una intriga es qué va a hacer un nuevo gobierno con artefactos de estas características; qué va a hacer un nuevo gobierno con esta decisión de mostrar el pasado desde la enunciación, del Estado, tal como se hace en este archivo que estamos creando, que va a tener una futura página web que lo va a colocar en estado público. ¿Qué va a pasar con futuros gobiernos ante esto? Los pone ante un espejo extrañísimo. Al mismo tiempo, está el tema de los gastos. Alguien podría preguntarse por qué seguir invirtiendo en Zamba. A mí me parece que está bien, porque desde la cultura también se construye el carácter de un pueblo y el de una nación.

Pablo Provitilo
Fotos: Martín Acosta