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Una pandemia de 40 años

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María José Ralli

Las urgencias por el COVID-19 relegaron el tratamiento del VIH. El estudio Mosaico y la esperanza de una vacuna, a cuatro décadas de la aparición de la enfermedad.

India. Una trabajadora sexual enciende velas con la forma de un lazo rojo como parte de una campaña por el Día Mundial del Sida.

DUTTA/AFP/DACHARY

La pandemia de COVID-19 irrumpió en forma tan intempestiva que dejó en suspenso la atención de muchas otras enfermedades. Y el VIH quedó, una vez más, a la sombra. Los últimos datos revelan que en el mundo 1,5 millones de personas contrajeron la infección por el VIH en 2020, más de 139.000 son las que viven con el virus de inmunodeficiencia humana en la Argentina y se estima que habrá un incremento de casos cuando de a poco todo vuelva a la normalidad.
En junio se cumplieron 40 años de la primera descripción clínica de casos de lo que posteriormente se denominó Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA).
El último informe del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (ONUSIDA) sostiene que estudios realizados en Inglaterra y Sudáfrica revelaron que el riesgo de morir por COVID-19 entre las personas que viven con el VIH era el doble que el de la población general.
«El impacto del COVID en el VIH fue tremendo», confirma Omar Sued, flamante asesor Regional de Tratamiento de VIH para Latinoamérica y Caribe de la Organización Panamericana de la Salud, y en diálogo con Acción explica que la evidencia científica demostró que las personas con VIH tienen mayor riesgo de enfermedad e internación sobre todo si no están tomando la medicación, tienen los CD4 bajos (el conteo que se usa para vigilar la salud del sistema inmunitario en personas infectadas) o si tienen comorbilidades como asma, obesidad o diabetes.
Si bien el grupo considerado de riesgo fue uno de los prioritarios en el esquema de vacunación contra el COVID-19, luego de las personas mayores y los trabajadores esenciales, «a nivel social tuvo un gran impacto negativo porque todos los programas de salud se enfocaron en la urgencia, y el programa de VIH es de continuidad y de enfermedad crónica, con controles cada seis meses y medicación de por vida» señala Sued.
Valeria Fink es coordinadora de la Unidad de Estudios Clínicos de Fundación Huésped y coincide en que uno de los grandes desafíos en el marco de la pandemia fue el acceso al tratamiento, seguimiento y controles de personas que viven con condiciones crónicas. «El sistema de salud tuvo que redireccionar sus recursos, pero se implementaron mecanismos para poder sostener el tratamiento en el caso del VIH», dice y subraya que quienes tienen buen nivel de defensas «no tienen mayor riesgo que la población general, pero seguimos analizando la evidencia».

Cuenta regresiva
¿Por qué para una enfermedad que ya lleva 40 años no hay ninguna vacuna aprobada? Omar Sued explica que hay dos vacunas, «pero que no tienen una alta tasa de eficacia que permitan ser utilizadas en salud pública». Fink agrega que «el VIH es un virus complejo, pero ya empezaron a aparecer vacunas en fases de investigación cada vez más avanzadas» y adelanta que se está a la espera de resultados.
Los antecedentes remiten a 2009, con una vacuna probada en Tailandia que alcanzó un 31% de eficacia, y ese fue un punto de partida. «El año pasado se hizo un estudio en África con 4.000 mujeres y una de esas vacunas demostró que no tenía eficacia», dice Sued, pero guarda la esperanza de que en Latinoamérica los resultados sean diferentes porque en la región el virus es distinto. «Si fuera mayor al 50% se podría avanzar como una medida más de prevención».
La Fundación Huésped es uno de los centros de investigación que participa de Mosaico, un estudio de fase 3 que se lleva a cabo en varios países del mundo –incluida la Argentina– para evaluar en ciertas poblaciones la eficacia de alguna vacuna contra el VIH. Fink confirma que «hace muy poco se acaba de completar el número de participantes al proyecto y ahora tenemos que esperar para obtener resultados».
El objetivo del estudio es evaluar una vacuna experimental basada en la combinación de varias proteínas agregadas a un vector viral, «el adenovirus 26, hoy más conocido por las vacunas de coronavirus, que no afecta a las personas sanas pero ayuda a generar defensas específicas contra distintos agentes», explica Fink.
«La vacuna Mosaico utiliza una plataforma de adenovirus que se desarrolló específicamente para la vacuna de VIH y apenas empezó la pandemia en el laboratorio Jansen le sacaron los pedacitos de VIH y le pusieron de COVID y funcionó», describe Sued y señala que la diferencia no está en la plataforma ni el coadyuvante sino en los antígenos que se ponen en la vacuna. «En COVID estaba claro que el antígeno era la proteína Spike, en VIH los receptores, que son los que generan mejor respuesta a los anticuerpos de la vacuna, están escondidos y van mutando». La dificultad radica en lograr que una vacuna produzca un anticuerpo que sea eficazmente protector para toda la población, porque los antígenos del VIH son muy variables y generan mutaciones que escapan a la restricción de los anticuerpos.
«Tenemos esperanza, en Argentina los subtipos son más estables y con menos resistencia y quizás tenga la vacuna un impacto diferente», se ilusiona Sued y adelanta que «el COVID ha potenciado mucho la investigación en vacunas y las de ARN mensajero se están empezando a probar en VIH también, una noticia adicional que nos da una luz de esperanza».

Paradigmas
Cuatro décadas después de su aparición, el VIH puede dejar de ser un problema. La enfermedad dejó de ser mortal y pasó a ser de condición crónica, con tratamientos más simples y mejor tolerados. «Cambió el paradigma, el tratamiento es fácil de acomodar a la vida diaria y la calidad y expectativa de vida es igual a la de la población general», confirma Fink.
«El VIH es una enfermedad que se puede eliminar», subraya Sued, aunque marca la diferencia entre eliminar y erradicar y destaca los avances científicos que permiten hoy tener un diagnóstico en 15 minutos a partir de una gota de sangre, contar con una pastilla para prevenirlo, y agrega que «tendremos una inyección altamente efectiva para quienes tienen resultado negativo pero siguen estando en riesgo». También hay una medicación disponible desde el mismo día que se detecta positivo, que asegura que la enfermedad no progrese y no se transmita.
«Eso sienta las bases para que esta enfermedad se pueda eliminar», confía Sued, y destaca que «si con diagnóstico y prevención se trata a las personas que están en contacto con alguien con VIH, en muy pocos años podríamos hacer que los números bajen».
«Argentina brinda acceso al testeo de VIH que permite detectarlo en forma oportuna, tenemos acceso al tratamiento antirretroviral y a los controles. Casi el 70% de las personas con VIH se atienden en el sector público de salud», dice, por su parte, Fink. «La clave ahora es informar que existen más herramientas. Falta que todas las personas lleguen y tomen contacto con el sistema –concluye–. Estamos trabajando en eso».

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