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Debilidad humana

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Lila Siegrist

Lila Siegrist escribió en esta novela una historia sencilla pero extraordinaria, vinculada con dos ciudades bien distintas: Rosario y Victoria. El lujo y la sordidez, el menemismo, el sexo y el amor, se entrelazan en una obra lúcida, marcada por la voracidad de una voz, inteligente y poética, que quiere decirlo todo.
Siegrist nació en Rosario en 1976, escribe, da talleres, es fotógrafa y fundadora de la carrera de Gestión Cultural de la Universidad Nacional de Rosario. Publicó Vikinga Criolla (2012), Tracción a sangre (2013), Destrucción total (2014) y Te quiero abrazar mucho (2020). Debilidad humana acaba de publicarse en Editorial Mansalva, que ofrece un adelanto exclusivo para Acción.

«El futuro es incierto, vas a viajar en medio de tus enemigos…»
Stendhal

1.

India está dormida. Elegía siempre el mismo banco al sol para descansar. Hacía una década que estaba en un letargo suspirante, en una cripta sombría arrastrando los pies. Se sentía hipnotizada, arrancada de su albor, abandonada por aquel temperamento vital, sumida en las honduras de las confusiones, y se le bloqueaba el pensamiento. Entraba en estupor, la mandíbula se le aflojaba, se le vencía la nuca con la cabeza hacia atrás, tenía fasciculaciones oculares y se quedaba dormida en cualquier lado. La cataplejía hacía que le cayeran lágrimas sin querer llorar. Surgían dos imágenes relacionadas a los veranos de su primera infancia: tomar cerveza helada directo del pico de la chopera en Los Abrazos, y tomar tinta Scheffer de los cartuchos de las lapiceras que llevaba a la escuela. Era casi lo único que podía evocar. 

Cuando estaba despierta, balbuceaba ideas que nadie llegaba a comprender. No generaba escenarios mentales de nada. Podía suponer un concepto, pero no visualizarlo. No podía pensar más. Sostenía tintes desfallecientes en su atardecer, con horizontes vagos, inciertos, borrosos, de una soledad infinita que fijaba una monótona y mustia llanada. La marcha se hacía dificultosa entre los malezales. Debía arrancar las moles de su inercia, mientras dormitaba en la mística quietud eclosiva. Tampoco podía relatar experiencias pasadas, ni argumentar proyectos futuros: languidecía. Con el tiempo, el tiempo rabioso y dislocado, el tiempo en el que el pasado impulsaba la retentiva y se volvía poderoso, hasta inundar las pantallas de archivos fotográficos. Lo único que podía resolver, explorando su pasado, era el canto indeleble de los patos sirirís que bañaban sus neuronas en cualquier domicilio donde estuviera. 

Así y todo, subsistía en una destreza inerte, sin espacio retrospectivo ni prospectivo. Tampoco podía entregarse al orbe irracional de los sueños, porque había escuchado de su jefe que los sueños corresponden a la figura más baja de las ideas. Padecía afantasía y el tiempo de permanencia en la realidad se volvía cada vez más pequeño. Oscilando entre un pasado reciente y un futuro al toque, permanecía estática. Tenía anulado el ojo de la mente. Se quedaba en un arrobamiento mientras flotaba en un inmenso y luminoso vacío. Lo mismo le pasaba con los sonidos –salvo con el canto de los sirirís–, los sabores, los olores. Cada tanto soñaba todo negro. No podía, por ejemplo, dibujar en su cabeza una vista isométrica. Estaba inmersa en un lodo de abulia soporífera vinculado a cierta deficiencia vitamínica, a la falta de tonicidad muscular y a la constitución de sus huesos. Había tenido una vida con ciertos vaivenes, muchos accidentes, pero podía identificar cuando se encontraba ante un «acontecimiento puro». Había puesto a menguar la vida. Tenía una sola certeza: haber hecho todo mal.

Fue la médica quien le dijo que llevaba una vida intoxicada. Le recomendó ponerse al sol, al menos media hora por día. Ella entendió bien lo de estar intoxicada y supo revisar a tiempo cierta compulsión de consumo en la que nadaba como una lactante, o más bien desde los tiempos de no haber sido lactante. 

En la asoleada, cuando cerraba los ojos, bajo los párpados veía gris, en Eigengrau. En ese hábito de los fosfenos se congregó el pensamiento completo de las últimas tres décadas. Era como darse un chutazo de naturaleza. Empaparse de lo innato, lo evidente, volver a ser intuitiva y vitalista. Las horas al sol la hacían explorar algo genuino que tenía olvidado: puro, benévolo, amoroso. En ese ejercicio pasivo ante los rayos del sol, se activaba un desguace del moho ubicado sobre sus córneas. Ese moho comenzaba a aflojarse y se activaba la memoria episódica. Aparecía sobre su epidermis un calor sobrenatural, como dato esperanzado de que había vida posible, subiendo desde los fondos de algún albañal urbano, donde había percibido tan de cerca el fin, la muerte y la noche, ante sórdidos regateos con los vivos. En los bamboleos de las aguas negras, tenía esperanza de que, cuando volviera a nadar en la piel del río, su cuerpo respiraría. Prefirió definir esos momentos de sol como «acontecimientos puros». Estudió la fórmula que le permitiría resplandecer revelada: exponerse al fuego en la nuca, sentada en Plaza de Mayo, o en la espalda huyendo con su Honda Dax por los caminos entrerrianos, inaugurando a su paso el Puente Victoria-Rosario. 

El sol le templaba el lomo la mañana del 15 de mayo de 2003. Puso la Honda Dax al palo, que pobre ya no daba más, miró de reojo los terraplenes con tierra aún desnuda y excavada, floja, suelta, que le susurraba palabras y cifras: esos terraplenes eran la fiel compacidad de sus últimos años resueltos en guita. Subió al pavimento caliente recién puesto y avanzó los primeros kilómetros del puente. Así se despidió de sus clientes: los sobrestantes, los laboratoristas, los maquinistas, los capataces, el topógrafo, el Tano, el Rubio y los últimos cuatro banderilleros. Les agradeció la confianza, les dijo «nos vemos pronto» como compinche, mientras ellos terminaban sus tareas en el final de obra. La inmensa llanura empezaba a aparecer hacia el oeste, dilatada y profunda. El aire puro, el claro del día, el verde gozoso y radiante, contrastado por el sereno de las noches que lo volvía todo lleno de frescura, encanto y excitación. Se organizaba un cielo arqueado de luz con un resplandor fijo, hospitalario, que la hizo sentir menos sola.

Foto: Nicolás Levin

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