13 de julio de 2026
Lejos de la literalidad romántica que sugiere su título, la novela de Marcos Rosenzvaig se revela como un artefacto literario complejo donde la narrativa y el hecho teatral se entrelazan en un juego de espejos fascinante.
Rosenzvaig nació en Tucumán en 1954. Es actor y director teatral. Su obra como escritor abarca una treintena de libros, entre los que se destaca la trilogía histórica: Perder la cabeza, Monteagudo, anatomía de una revolución y Cabeza de tigre y su novela Yo San-tucho. Acción brinda aquí un adelanto exclusivo de su última novela que acaba de publicar editorial La Papa, de Tucumán.

4. La obra comienza.
Teatro a la italiana. Luz general. Escenografía de departamento. Sufro mirándome desde la butaca. Los abrigos del público respiran ese aliento rancio de las butacas rotosas del cine de barrio. Nosotros las hacíamos sangrar cuando la película nos aburría, la goma espuma caía en las cabezas de los espectadores. ¿Adónde va el tiempo cuando se cansa de vivir?
Marta, o la que hace de Marta, mi mujer, acaba de caer en la cama y pronto dirá el primer texto quitándose un zapato. Yo, Manuel Pedrel, estoy en el escenario cuando se levanta el telón. Mi personaje es Samy, camino tres pasos que resuenan en la sala. Me paro debajo de un fresnel de 1000. Una marcación del director. Yo o Samy o Manuel miramos la platea y percibimos una masa oscura, expectante. Toda la energía está volcada sobre mí y sobre Marta que yace acostada. Cuánto cuesta iniciar. Cuando actúo, antes del primer texto, me suele titilar el párpado izquierdo. Es algo horrible, creo que todos los espectadores perciben ese temblor. Con el transcurrir de la obra el tic desaparecerá.
Samy se demora en decir el primer texto y yo pienso que lo olvidó, y lo puteo por lo bajo. ¿Era él el que me llamaba por teléfono antes de salir de mi departamento? Siempre presentí que no quería estrenar. Él conoció a Lorena a través mío. Nunca lo hablamos, pero mi percepción fue que siempre quiso reemplazarme; celaba mi amor por Lorena, también mi rol de escritor. Yo creo que él está enfermo. Es un mal comienzo. El silencio de Samy desconcentra a los actores. Lo veo observar la masa oscura, el gigante, las fauces abiertas del dragón pronto a devorarnos, eso es lo que a mi entender transita Samy y los espectadores en la platea. Conozco el oficio del actor.
La actriz echa al aire un zapato. La punta del taco se clava al caer, puede que no sea así, que lo haya imaginado. Un taco de zapato clavado en el esternón provoca la muerte. Tal vez sea un alivio ser enterrado con el corazón perforado por un taco de mujer. Recuerdo haber soñado con una ciudad ocupada por zapatos y vacía de gente. Millones de zapatos cuentan la vida de sus dueños. Comienza la obra:
MARTA– Menos mal que acaba el siglo.
Me queda una hora y media en el escenario, noventa minutos para conquistar al dragón, ponerlo de mi parte, ser aplaudido y querido. Marta espera mi respuesta estirada a lo ancho de la cama y con las dos manos sosteniendo el mentón. Tomo aire y proyecto la voz para que se escuche hasta la última fila de la platea. La masa oscura me remonta por los aires y me arrastra con un viento fugaz. Lo mejor es dejarse llevar.
La obra acaba de comenzar y será bueno dejarse fluir, pienso que piensa Samy: me desespero desde la butaca porque sé que Manuel o Samy está sufriendo el inicio de la obra. Los textos se suceden y de a poco comenzamos a gozar, Samy y yo, con las risas de los espectadores.
SAMY– Presiento que viene uno peor.
MARTA– Alquilé una de Louis Malle: Ascensor para el cadalso, con Lino Ventura y Jeanne Moreau.
SAMY– Fantástico.
MARTA– Sabía que te gustaría.
SAMY– Estoy dispuesto a cambiarlo por mi Lexotanil. El techo sigue goteando.
Me fastidian las personas como el escritor que escancian su intelectualidad hasta cuando pedorrean. La crítica de mañana será feroz.
El artefacto eléctrico es un elipsoidal 500 con filtro caramelo, da una luz de linterna profunda; en lugar de un proyector hay un artefacto eléctrico con pantalla que concentra la luz, como el beso de los enamorados al final de la película. El elipsoidal cae de lleno en la cara de Samy. El iluminador simula ser un proyectista del cine. Invisible para nosotros, encerrado en lo alto, detrás de una ventanita, allí atrás, donde se terminan las butacas. Se llega a él subiendo una escalerita caracol. Desde mi butaca me veo en el cuerpo de Samy. Un poco se me parece en la manera de caminar el escenario, los gestos y la manera de hablar con las manos. Se ha ocupado en imitarme. Escucho los textos que escribí, no los reconozco, me sucede siempre cuando vuelvo a leerme, algunos textos valen la pena, otros merecen el cadalso. Puede que el fusilamiento sea una pena demasiado rigurosa.
Los actores están iluminados y yo soy parte de la masa oscura. La butaca es mi escondite del mundo. Los límites de la vida durante la infancia fueron el regreso a casa, la rutina del baño y el sueño. Cuando me hice mayor quedé circunscripto entre la avenida Callao y el Obelisco. No puedo decir que «más allá la inundación», sino más bien, que más allá se cae el mundo.
MARTA– ¿No lo arreglaron?
SAMY– No, siento que el mundo se me viene abajo.
MARTA– Pasado mañana se vence el contrato de alquiler del piso y es probable que no me lo renueven. Pensé que podríamos vivir juntos, por un lado, nos saldría más económico, mis muebles le darían un toque a este piso desierto. Además, prácticamente, vivimos juntos.
SAMY– Yo soy de los que aún creen que el matrimonio no es un estado de conveniencias.
MARTA– No hay por qué pensar así.
SAMY– No veo de qué otra forma, soy un experto en divorcios. Tengo tres hijas en tres casas con tres exmujeres, acosado por tres obligaciones alimentarias. Marta, estoy pensando en meterme a monje y alquilarme una ermita. Creo que es mejor separarnos. No quiero hacerte perder el tiempo. Soy una persona egoísta que piensa solo en el éxito y mal, eso es lo más triste. Dejo de vivir la vida a causa de una novela que a nadie le interesa.
Cómo separarme de Marta sin lastimarla. En la vida vivimos esquivando el sufrimiento, en el teatro entrenamos para sufrir. Digo que tengo tres hijas cuando en realidad nunca tuve interés de ser padre. Dinamitaría las familias que salen a pasear los domingos de sol, las que caminan hacia el restaurant por la peatonal con niños caprichosos, muy peinados y tomados de la mano. Esas vidas satisfechas las odio. Ese pensamiento me une a Samy, un ser egoísta, más interesado en sí mismo que por el dolor de una mujer o el desamparo de los hijos.
MARTA– No te entiendo.
SAMY– Sos una actriz joven.
MARTA– No tan joven.
SAMY– Pero con futuro.
MARTA– Tenés otra mujer.
SAMY– Nunca pude separarme de las mujeres porque sufro cuando ellas sufren, entonces termino cargando con una historia de tres hijas y tres exesposas, a las cuales odio desde el espacio más sano de mi corazón. Lo que quiero decir es que para otros hombres es más fácil, dicen frases que no dicen nada, pero están aceptadas como válidas: «Estoy pasando por un mal momento; necesito estar solo o dame tiempo». Esa es fantástica porque no es sangrienta, hay un tiempo indefinido en el cual tal vez se solucione algo que no se solucionará jamás. Pero yo no puedo mentir, ¿entendés, Marta? Debo decir lo que siento y lo que siento es… conocí otra mujer.
MARTA– Más joven.
SAMY– Bueno, siempre estuve con mujeres al borde de la menopausia. No lo digo por vos, naturalmente. Quiero decir mujeres a las que les quedaban algunas semanas de fertilidad, y yo siempre me puse en el papel de Abraham, claro que él salvaba a un pueblo. Yo, el fracaso de un óvulo. No sé para qué. Hay tantos niños en el mundo.
MARTA– ¿Es una alumna?
La imagen de Lorena me ocupa. Mis excusas son pésimos intentos por construir un arca que hace agua por todas partes, y yo, irremediablemente, me hundo con Lorena un sábado por la noche, arrastrado a la cumbia villera, haciendo la previa en casa con FM Fantástico en la 104.7 MHz, y ella, irónica, se burlaba de mí, alegando que me parecía a Johny Allon, y cuando el fernet con Coca Cola pegaba más de la cuenta, de una proponía el Imperio y allí tomar la primera mezcladita. Porque los sábados estaban «Los pibes chorros» y vos alucinabas. Te ponías una pollerita que apenas te cubría la bombacha blanca, las botas caña alta, negras, hasta las rodillas y, agarrábamos el bondi y durante el camino ya estabas cantando «el recuerdo de tu voz que me decía: largá el faso, las pastillas y el alcohol». Te pegabas a la pista y bailabas bien villera y yo ya hacía cualquier cosa porque estaba muerto por vos. Nos despertábamos al mediodía, lo que encontrábamos en la heladera iba a parar al catre, y allí nos quedábamos, como si la cama fuese nuestro refugio antiaéreo, una trinchera rezagada de la Segunda Guerra Mundial que nadie había percibido; y las armas eran un zapato negro y un pinche de chorizos que el padre de Lorena le había regalado, no sé para qué porque no teníamos parrilla. Luchábamos contra los mandarines, que eran como personitas mediocres y mezquinas, venían de un país muy lejos y con un idioma extraño llamado «uruguayo», eran millones disfrazados de burbujas y en una olla podían caber como quinientos. Pasábamos la tarde batallando hasta que se llegaba a una tregua, y yo, entonces, bajaba a comprar unas birras, pan y un salchichón, y después hacíamos el amor y nos dormíamos escuchando a Gilda, y bien tarde, Lorena ponía los Nocturnos de Chopin, en un disco de 33 revoluciones bastante estropeado.
MARTA– ¿Qué te pasa?
SAMY– ¿Eh? Nada. No tengo por costumbre aprovecharme de mi rol de profesor.
¡Y es cierto! –murmuro desde mi butaca recibiendo miradas atónitas–. Mi vecina de platea me mira de reojo. La pareja a mi lado izquierdo disimula mi exabrupto con el silencio. Mi foto y mi nombre como autor están en el programa. La señora mastica maní con chocolate y vuelve a mirarme con una media sonrisa, como si le simpatizara tenerme como vecino. Ella apoya la caja amarilla en la mano, descarga los confites oscuros, y de un golpe envía a todos los negritos a la boca. Regreso a la obra. La mujer me codea y hace una seña con la caja para ofrecerme maníes.
Marta– ¡Una alumna!
Yo me conmuevo por su ofrecimiento y con un breve gesto de agradecimiento vuelvo la mirada al escenario.
SAMY– No tengo que sentir culpa. Mi analista me hace llenar diez páginas por día. Es una terapia estalinista.
MARTA– Estoy embarazada.
Mientras escuchábamos semidormidos a Chopin susurraste: Rosenzvaig, ¿te imaginás un hijo nuestro?
SAMY– Que tengas mucha suerte.
Esto último lo dice dirigiéndose hacia el balcón antiguo, pintado de negro y dispuesto bien a proscenio por el escenógrafo. La idea es hacer creer a los espectadores que se trata de un segundo piso. Está por arrojarse, pero el vértigo hace que mi personaje se arrepienta y quede colgado del balcón. Los hierros dibujan un arabesco muy similar al respaldar de la cama de bronce donde duermo –un niño sostenido por el pico de una cigüeña o de un avestruz criolla–. No alcanzo a ver la cara del niño porque está envuelto en un trapo. Y aunque lo viese no me reconocería en él. El trapo que lo recubre a manera de cesta se bambolea hacia ambos costados. Una serpiente se avecina a las patas de la cigüeña criolla, levanta su cuello, en realidad toda ella es un cuello, pero lo distinto es que asoma su lengua y mira con deseos al inocente. Supongo que ese niño soy yo, y que la serpiente es mi madre, o alguna mujer que conocí y que continúo odiando. Mi cuerpo está allí, en el canal, pidiendo salir; la conciencia vendrá después, y cuando llegue tampoco encontraré una salida. «Dejadme pasar», ruega Iván Ilich antes de morir; se lo pide a su mujer y a su hija. Les pide que lo dejen pasar por el canal que separa la vida de la muerte. Marta jura que es mentira lo del embarazo. Yo siento alivio y pena, todo al mismo tiempo. Son esos sentimientos contradictorios y neuróticos que me asisten. De todas maneras, son cosas que no puedo enunciar. Sería como develar mis dudas, y ella las aprovecharía en la primera discusión. Los ojos de la serpiente me dejan fuera de combate y su lengua me dice con voz anómala: «Guardo todo el veneno de las mujeres a quienes dañaste». A las serpientes se les entiende poco, la causa está en que la lengua entorpece la dicción.
–¿Un hijo nuestro? ¿Eso dijiste?

