24 de mayo de 2026
Gonzalo Maier, una de las voces más originales de la literatura chilena contemporánea, en esta novela indaga sobre el deseo de crear y las frustraciones del camino artístico. ¿Se puede vivir del arte? O, mejor, ¿se puede vivir en el arte?
Maier nació en Talcahuano, Chile, en 1981. Es autor de Leyendo a Vila-Matas (2011), El libro de los bolsillos (2016), Hay un mundo en otra parte (2018), Mal de altura (2024) y ¡Milagro! Un retrato de Violeta Quevedo (2025), entre otros libros. Vive en Santiago de Chile, donde dicta clases de literatura. Acción ofrece este adelanto de su último trabajo, publicado por Eterna Cadencia.

A los 4 años yo era Molly Bloom, como les pasa ciertamente
a muchos niños.
Adilia Luber
«Doce pulgadas» decía la publicidad de Dell y yo quería precisamente eso: una máquina pequeña y portátil, eficaz y ligera, capaz de moverse y de no estar atada a nada, como decía la canción de Charly García. Mucho menos a un enchufe. Estaba en la primera mitad de mi veintena, quería ser escritor y ese computador, pensaba, sería un cuaderno de apuntes fiel, un aparato que llevaría a un montón de lugares exóticos y urgentes a los que nunca fui. O no a todos. Era un computador, sí, pero sobre todo uno móvil.
Fantasías de una vida salvaje, digamos.
En ese momento ignoraba que estaba destinado a ser un viajero de poltrona –armchair traveller, dicen los ingleses, apostando a la posibilidad de sentarse con los brazos caídos, medio echado, que me sale tan natural, imaginando tierras lejanas y peligrosas, incapaz de poner un pie sobre cualquiera de ellas–. Mal que mal, me eduqué con libros de piratas y conquistadores de la Antártica y no necesitaba moverme por el mundo ni ese computador que estaba lejos de mi presupuesto, pero lo quería y lo tuve –me lo regaló una expolola, que se apiadó de mí– y, desde ese día, solo he trabajado frente a pantallas chicas y apretadas. Parece un detalle, un gesto de desprendimiento y de sencillez, pero es una excentricidad difícil de satisfacer: son caros y escasos. A cambio, los hago durar y ahora mismo tecleo en uno que ya cumplió doce años y que todavía funciona, aunque apenas se conecta a internet.
Desde hace casi dos décadas, entonces, he escrito y visto el mundo a través de doce pulgadas que, tal como decía, escondían una aspiración medio ascética. O de una elegancia vieja. Chico, sencillo, bueno: era una forma de vida de un puñado de adjetivos que yo, por algún motivo, creía ver reflejada en mi pantalla. Pensaba que si tenía poco me podría mover rápido y mejor, como el capitán de una guerrilla imaginaria. Y aún más: si tenía poco me acostumbraría a la escasez y, con el tiempo, seguiría necesitando poco, o quizás menos. Una cosa lleva a la otra. Dejar de necesitar –a algo, a alguien– siempre es difícil.
Y no quería cosas difíciles como un auto, una casa o un gato gordo. Si cedía frente a cualquiera de esos deseos, cedería también frente a la adultez, al mundo laboral, a ciertas obligaciones que miraba desde la esquina y con las que no lograba amigarme. Creo que lo mencioné: era joven y quería escribir. Intuía que para hacerlo tenía que soltar lastres, así como los globos aeroestáticos que aparecían en las novelas de Julio Verne, y que un computador chico y liviano era parte, tal vez la primera, de ese plan.
La segunda, que en realidad es un cachirulo de la primera, se limitaba a instaurar un mundo de fideos con salsa de tomate y pan con aceite de oliva, para usar una imagen que en el papel es pobre, pero que en realidad es muy pretenciosa. Una estrategia que logré mantener durante buena parte de mis veintitantos en la que escribía artículos en diarios y revistas con los que pagaba el arriendo de una pieza en Lovaina o de un departamento chico en Santiago. La idea del freelance capaz de sobrevivir con sus artículos periodísticos, dicho sea de paso, hoy se me hace pintoresca y al borde de la extinción, igual que los pangolines chinos.
Me recuerdo como un muchacho silencioso que ahorraba cuanto podía y tomaba prestados libros de bibliotecas y veía películas sin orden ni metas. En un momento, quizás en el mejor, no compraba casi nada que no se comiera. No iba a nada que no fuera gratis. Suena prohibitivo, pero no tenía ni una pizca de amargura. Era un modo de vida, si me preguntan, ligero y feliz. Diletante y divagador. El único gasto importante, en realidad, era el arriendo y los costos fijos que incluían el bien más preciado: internet. Desde esa red que en un comienzo parecía abstracta y anecdótica, y que luego se volvió tan concreta como una manzana cayendo sobre la cabeza de Newton, bajaba –y veía– una película y después otra, sin mucho plan, que es la única estrategia que conozco.
La metodología, en realidad, tenía una apostilla: si veía o leía algo que me gustaba, buscaba otras cosas del mismo autor, sobre todo entrevistas, y me fijaba en quiénes citaba, y así, a partir de afinidades electivas, recogía las migas como en una versión mareada de Hansel y Gretel, buscando, esta vez, el camino a una casa nueva.
Una cosa lleva a la otra, ya lo dije.
Todavía conservo una ceguera inhabilitante y algo vergonzosa a la hora de reconocer caras a más de un metro de distancia. Algo parecido me pasa con los nombres extranjeros, y, por lo mismo, ignoro si me había encontrado antes con su foto o su apellido. En un momento –pido perdón de antemano: perdón, perdón–, todos los asiáticos, africanos y eslavos me parecían igual. No los distinguía.
Podría apostar que bajé una película suya porque alguien la recomendaba en un blog, que en ese tiempo existían y eran importantes, y de repente, ya no sé por qué, me pillé viendo Night and Day, una película sobre un cineasta coreano que viajaba –más bien escapaba– a París. Le puse play en una pieza pequeña. Debió ser un sábado o un domingo después del almuerzo. Sé que estaba frente a las doce pulgadas de mi pantalla, pero ignoro lo que pensé mientras la veía. Imposible hacer arqueología sobre esas cosas.
Muchos años después puedo ver de nuevo la película y reconocer temas y detalles, acaso gestos, que todavía me interpelan. Desde esos primeros años del siglo XXI, es decir, desde que conocí el cine de Hong Sang-soo, no he dejado de verlo con una fidelidad extraña, o que al menos a mí me resulta curiosa e inesperada. Me pregunto por qué lo veo. Por qué insisto. Es una pregunta humilde, pero desde hace un tiempo es la única que tengo. A fin de cuentas, las películas de Hong me aburren con rapidez y a veces debo hacer esfuerzos olímpicos por no dormirme frente a la pantalla. Tampoco soy fiel a ningún cineasta ni a ningún artista, pero acá estoy, escribiendo.
Hong –firma con los patronímicos asiáticos; Sang-soo es el nombre, Hong el apellido– es un coreano del sur, flaco y con el pelo corto, que nació en 1960 y que desde hace un par de décadas filma casi una película al año, y todas, más o menos, tratan de lo mismo: de cineastas con poca suerte y de amores frustrados. De alguien que llega a una ciudad y busca un lugar. De una borrachera que, si se escarba un poco, esconde una verdad –muchas veces la nada, el vacío absoluto o el absurdo son una forma sofisticada de verdad–.
Poco más, creo, pasa en esas historias, siempre breves y repetitivas, que insisten en dos o tres temas tal como lo hace uno con la almohada o el psicoanalista.
Por lo general, Hong escribe, dirige y produce. En los últimos años, además, ha hecho también de camarógrafo, de director de arte y hasta de compositor. «Circo pobre», le dicen en Chile a este tipo de cosas, pero ese término es despectivo con el mayor talento de Hong.
Suele filmar sin un presupuesto importante ni actores profesionales.
Tampoco usa guiones pimponeados con asesores o con guionistas que opinan muy sentados frente a una mesa redonda, moviendo con alharaca sus manos frente a un café para llevar. Parece salido de la misma escuela de Jean Luc Godard o de ese Raúl Ruiz que garabateaba unas líneas después de la siesta, todavía con la almohada marcada en la cara, para que los actores improvisaran a partir de ellas. El de Hong es un cine, me gusta pensar, que refleja la liviandad que yo pretendía llevar en esos años de incipiente adultez.
Sus películas, quiero decir, quedaban muy bien en mi pantalla de doce pulgadas, que no daba para ver de lejos, sino de muy cerca, sobre la cama y tapado con las sábanas. Era la estética doméstica de alguien que hacía películas para seguir haciendo películas porque no tenía nada mejor que hacer películas, en un tiempo en el que yo, un adolescente tardío, quería escribir con la dedicación de un monje o un guerrillero porque no tenía nada mejor que hacer, y tampoco quería hacer otra cosa.

