4 de octubre de 2025
Juan Carrá (Mar del Plata, 1978) es periodista y escritor. Publicó las novelas Cuatro caballos negros (2024), Agazapado (2021), No permitas que mi sangre se derrame (2018) y Criminis Causa (2013). También la novela gráfica ESMA (2019) junto con el dibujante Iñaki Echeverría y los libros de cuentos Ojos al Ras (2021) y Lógica de la perturbación (2022). La novela La cuadrada –de la cual Acción ofrece un adelanto exclusivo– fue publicada recientemente por Salta El Pez Editores.

Doña Tomasa
La primera vez que estuve en La Cuadrada pensé que era tierra de monstruos. Desde que tenía uso de razón había escuchado a mis abuelos hablar maravillas de ese pedazo de tierra que ante mis ojos no era más que eso: un pedazo de tierra. Los higos de tuna que hasta entonces eran frutos dulces cortados a cuchillo en las sobremesas de mis abuelos, se convertían en cactus enormes que rodeaban los límites de La Cuadrada como un cerco de espinas agudas a las que mejor ni acercarse.
Habíamos viajado como tres horas con mis padres y mi hermana. No aguantaba más las ganas de hacer pis. Bajé de la Rural Falcon y esquivé a mi abuela que a los gritos intentaba abrazarme.
–Meá en los árboles –gritó mi abuelo que entendió enseguida el apuro y a la vez me previno del primero de los horrores: la letrina. Ese pozo fétido cubierto por una casilla de madera, alejado del rancho unos veinte metros. Mi primer encuentro llegó después de comer. No podía creer que hubiera que cagar parado y en un lugar en el que el olor a mierda se mezclaba con la acaroína que echaba mi abuela. Creo que, si hubiera tenido que ir a la letrina antes, Doña Tomasa no me hubiera espantado tanto.
Después de mear entre los árboles me acerqué a saludar al abuelo. Tiraba maíz con un balde en una bañadera rajada.
–Qué hacés, nene –me saludó y cuando se agachó para darme un beso la dejó al descubierto. Detrás de él estaba ella: Doña Tomasa. Todo lo que un chico de seis años podía considerar un monstruo: los ojos ínfimos deformados por el aumento verde de un par de anteojos descomunales; el cuerpo chiquito envuelto en un batón descolorido que le dejaba al aire un par de macetas sin tobillo; los dedos de los pies desnudos, arqueados, llenos de tierra, brazos flácidos de piel curtida como papel araña. Pero lo más espeluznante eran sus dientes. La ausencia de ellos en unas fauces babosas coronadas por un lunar peludo.
–Saludá a Doña Tomasa –dijo mi abuelo y yo no supe si hacerle caso o salir corriendo. Me quedé inmóvil, ella se inclinó apenas y me besó en la frente. Cargaba un fuentón con higos y nueces podridas, para los chanchos. El olor ácido de la fruta se confundió con el de su cuerpo.
Ese mismo día, a la siesta, doña Tomasa fue la única que no se tiró a dormir. Chupaba el corazón de una pera con la vista miope perdida en el campo. Un hilo de baba le manchaba el batón. La imaginé durmiendo sentada. Pasando la noche en vela a la espera de que la oscuridad le diera la oportunidad de hacerse de alimañas para la cena. Doña Tomasa no podía ser humana. Decidí que tenía que conocer dónde dormía para confirmar mis sospechas y advertir a mis abuelos sobre el monstruo que anidaba en algún rincón del campo. Las dos primeras habitaciones del rancho estaban conectadas entre sí con puertas que permanecían cerradas pero nunca con llave. La de Doña Tomasa era la primera, la que estaba entre la cocina y la habitación de mis abuelos. Sin que me viera me metí en ella. Los ronquidos del abuelo sirvieron de cobertura para mi torpeza al momento de abrir la puerta que me permitiría entrar en los aposentos del monstruo. Una vela rompía la oscuridad. La cama contra un rincón. Sin mesa de luz. Una cómoda desvencijada. La cara de Jesús, una virgen, fotos viejas. Una caramelera de vidrio con el formato de un racimo de uvas desentonaba con todo. La abrí, saqué uno de los caramelos, lo pelé y me lo llevé a la boca. El gusto a hinojo amargo me dio una arcada. La tapa de la caramelera cayó al piso de tierra. Salí corriendo pero la puerta estaba bloqueada, Doña Tomasa me observaba en la oscuridad. Grité. Mi abuela apareció en camisón sin entender nada.
Doña Tomasa juntaba los vidrios, uva por uva, mientras yo salía a la galería, que por entonces la parra bañaba de sombra. El resto de la estadía en La Cuadrada me mantuve lejos de ella. Cada vez que la miraba sentía sus ojos chiquitos punzándome.
Años después, en el mismo viaje en que conocí a Carolina, la fuimos a ver a un geriátrico en Necochea. Me acuerdo que mientras mi abuela la ayudaba con unos remedios me senté y me quedé observándola sin decir nada. El lunar ya no tenía pelos. La cara más armada por dientes postizos. En la mesita de luz tenía la caramelera sin tapa cargada de media hora. Antes de irnos me acerqué a darle un beso y ella me puso en la mano unos cuantos.
Habíamos hecho las paces.
Cuando se fue la vieja llegó Garrido. Y sus promesas de hacer de La Cuadrada un lugar productivo. Primero agrandó el chiquero, después le agregó una quinta que terminó derruida por sus propios animales. Ahora no queda nada. Solamente él y alguno de los frutales de antaño. Una piara de chanchos flacos. No hay verduras, ni siquiera las que crecen como yuyos. Solo las paredes de barro y Garrido deambulando por todos lados.
Garrido
Termino de acomodar las pocas cosas que traje y salgo a buscar al casero. No recuerdo su nombre. El abuelo lo llamaba por el apellido pero sin distancia. Garrido, tenés que ocuparte más del rancho, lo escuché decir alguna vez por teléfono. La abuela le pedía que dejara de quejarse, Garrido era así y él lo sabía desde el principio. No te metas, le decía y ella le daba la espalda puteándolo por lo bajo.
De atrás del rancho llega humo que huele a eucalipto. Garrido prepara un fuego en el piso. Ramas y hojas secas. Está agachado. Sopla al ras de la tierra, aviva la llama que crece.
–Hay muchos higos en el suelo –digo y me arrepiento enseguida. Más cuando veo que Garrido ni me dirige la mirada, sigue concentrado en el fuego y después en la pava que apoya sobre un ladrillo metido en el medio de las llamas–. Se ve que es época y el viento…
–Si quiere júntelos… yo no me acerco a esa planta.
–¿No le gustan?
–¿Los higos? Sí… pero no los de acá.
Garrido se sienta en un tronco al costado del fuego. Me pregunto si mi presencia le impide prepararse el mate en la cocina.
Me acerco y me siento en otro tronco, un poco más retirado. Lo veo poner la yerba en una calabaza, un chorro apenas de agua tibia. Empuja la bombilla de metal hasta el fondo. La mueve un poco y espera. El agua silba apenas. Garrido retira la pava y ceba el primer mate. Da una chupada larga. Escupe en la tierra. Un hilo verde de agua que se desvanece. Vuelve a cebar y toma.
–Le falta… poco, pero falta –dice y echa un par de ramas más al fuego. Cuando vuelve a cebar, me lo pasa seguro de que está en la temperatura justa. No se equivoca. Lo tomo en tres chupadas.
La última con ruido. Garrido sonríe, como si pensara que es la primera vez que tomo un mate.
–Una macana lo de su abuelo…
No sé qué decirle. No sé si tengo ganas de compartir con él lo que siento. Muevo la cabeza en un gesto que tiene más de incomodidad que de agradecimiento. Creo que no ve, está atento a que el agua no le lave la yerba.
–Llamó su tío un rato después de que usté me avisara que venía.
–¿Le dijo algo?
–No se preocupe… no hablamos mucho.
–Gracias.
–¿Y usté, cómo tenía el teléfono?
–Me lo había dado la última vez que vino… Quería que lo acompañara unos días. No pude. El trabajo. Mucho viaje. No pude.
Garrido vuelve a sonreírse. En ese gesto leo mi culpa. También el desprecio que siente ante mi visita. Respiro hondo mientras estiro la mano como exigiéndole que me dé otro mate. Me alcanza uno. Esta vez lo tomo de una sola chupada.
–Él hablaba mucho de usté… lo quería mucho.
–¿Por qué no junta los higos? –le respondo para salir rápido del tema. No puedo ni quiero llorar delante suyo.
–Es una historia larga. No sé si su abuelo la sabía. Por lo menos a mí nunca me dijo nada.
–Cuente.
–Mi padre se ahorcó en esa planta. Fue hace mucho. Yo tendría unos diez, once años. La cosecha del año anterior se había perdido toda por la helada y la lluvia. Pidió plata para recuperar el campo y volver a sembrar. Pero lo poco que creció no alcanzó para nada. La deuda era grande, dicen. Y el paisano que se la daba de estanciero apareció a cobrarle el préstamo más puntual que un gallo. Se la hizo a varios ese año y desde entonces es casi el dueño del pueblo. Esa mañana lo vi salir mientras yo tomaba un vaso de leche antes de ir a la escuela. Él quería que yo estudiara. No le gustaba que me metiera en las cosas del campo. Decía que yo tenía que buscar la manera de irme de acá, como han hecho todos los jóvenes. Esa mañana salió sin saludar. Buscó un lugar donde no lo viera nadie, no quería que lo frenaran, por eso vino acá.
–¿Estaba Tomasa?
–La vieja no hubiera podido hacer nada aunque hubiese querido, pero dicen que ni se dio cuenta en todo el día, ni siquiera cuando salió a darle de comer a los chanchos. No vio el cuerpo que colgaba. Le avisó el del boliche para cuando ya todos lo andaban buscando. La vieja decía que el perro había estado ladrando como un loco, que ella se asomó y no vio nada de nada. Qué iba a ver… si no veía ni una vaca adentro de un baño, la pobre. –Garrido dejó el mate a un costado. Me levanto hasta alcanzarlo y le cebo uno. Me agradece con el gesto y sigue contando–. Yo no pude verlo, mamá no me dejó venir. Y en el velatorio le pusieron la tapa al cajón. Dicen que estaba a la miseria, pobrecito. Entre los que fueron a saludar contaban cosas… que lo habían encontrado sin los ojos, decían; los pájaros se los habrán arrancado, no sé… de tanto tiempo estar colgado, ¿vio?
–¿Y se vino a trabajar acá? –me arrepiento apenas lo digo, Garrido vuelve a reírse y a esta altura se me hace que es más un gesto de costumbre que una manera de mostrarme su lejanía.
–Cuando se fue la vieja Tomasa conocí a su abuelo. Buen hombre, sabía de campo, sobre todo de animales. Nos entendimos enseguida. Yo andaba buscando un pedazo de tierra nomás para plantar un poco de verdura. El del boliche me dijo que hablara con él, que andaba buscando alguien para cuidar el rancho. No me gustaba mucho la idea, pero la cosa estaba difícil, las deudas se habían llevado todo, para esa altura también a mi vieja. Yo dormía en el club, acá a unas cuadras. Todavía me prestan ahí.
–¿Y por qué no usa una de las piezas acá?
–No… apenas baja el sol me voy. No me gusta quedarme acá de noche. Ni acercarme a esa planta. Es lo único que le dije a su abuelo como condición. A él no le importaban los higos esos… sí las tunas. Pero con esas plantas no hay problema. Así que me hice cargo de cuidar el rancho a cambio de plantar un pedazo de la tierra… él me pedía que tuviera las cosas listas para cuando venían a cazar. Él ya no… sus tíos… Me pedía sí un chanchito. Ese era el trato: yo tenía que hacerme cargo del chiquero y tenerle un chanchito todos los inviernos, listo para la factura. No sé ahora cómo haremos… Tendré que hablar con alguno de sus tíos en estos días, ¿no? No creo que usté se quede en el campo –Garrido tira un pedazo de quebracho al rescoldo, la brasa se aviva enseguida, después me mira las manos–. ¿A qué se dedica?
–Escritor… soy escritor.
–Nada que ver con el campo… Uno se da cuenta por las manos. La tierra, los animales… te dejan las manos a la miseria. El frío hace lo suyo. Pero la tierra es lo que más nos cambia… antes, igual, era distinto, mi papá prefirió morirse a no trabajar la tierra. Se colgó para que los del pueblo vieran lo que estaba pasando. En el velatorio decían que el viejo estaba loco, que había que aceptar los nuevos tiempos, vender y tratar de rajar a la ciudad. Eso era lo que él me decía a mí. Pero él no, él quería quedarse en su campo… A la larga somos iguales, no necesito mucho: un pedazo de tierra me alcanza para arreglármela. Vamos a ver qué me dicen sus tíos. ¿Hasta cuándo se queda?
–No sé… una semana, dos.
–¿Vienen a buscarlo?
–No creo… le pido que no le diga nada a nadie que estoy acá.
–Por mí no se preocupe, pero se van a enterar… acá los conocen todos.
No digo nada más. Me levanto y lo dejo solo. El sol cae oblicuo, algunos rayos se cuelan por el monte, lo prenden fuego.

