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Idilio y otros cuentos

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Guy de Maupassant

Según relata el escritor Jorge Fondebrider en el prólogo de Idilio, Maupassant fue uno de los primeros escritores profesionales de la historia. Para él todo era susceptible de convertirse en literatura. Los hechos de su vida se reflejan en muchos de sus textos, algunos de los cuales lo convirtieron en uno de los padres del cuento contemporáneo. Guy De Maupassant nació en Dieppe en 1850 y falleció en París, Francia, en 1893. Fue escritor y poeta, reconocido sobre todo como referente del cuento, aunque escribió también novelas y cientos de crónicas periodísticas. Publicado por Eterna Cadencia, Acción ofrece en exclusiva un cuento de esta extraordinaria compilación.


El beso (1882)


Mi querido tesoro:

Así que lloras de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, porque tu marido te abandona; no sabes qué hacer e imploras el consejo de tu vieja tía, quien aparentemente, supones, es toda una experta. No sé tanto como crees, pero, desde luego, no soy del todo ignorante en lo que se refiere al arte de amar o, más bien, de hacerse amar, algo que a ti te falta. A mis años creo que me debe estar permitido admitirlo. Me dices que, para él, solo tienes atenciones, delicadezas, caricias, besos. Tal vez el mal venga de ahí; creo que lo abrazas demasiado.

Mi querida, tenemos en las manos el poder más terrible que existe: el amor. El hombre, dotado de fuerza física, lo ejerce con violencia. La mujer, dotada de encanto, domina con la caricia. Es nuestra arma, y es terrible, invencible, pero hay que saber manejarla.

Somos, fuerza es que lo sepas, las dueñas de la Tierra. Contar la historia del Amor desde los orígenes del mundo sería contar la historia de la humanidad misma. Todo viene de ahí, las artes, los grandes acontecimientos, los comportamientos, las costumbres, las guerras, la caída de los imperios. En la Biblia, te topas con Dalila, con Judith; en la Fábula, con Ónfale, Helena; en la Historia, con las sabinas, Cleopatra y muchas otras.

O sea, reinamos, soberanas omnipotentes. Pero, como los reyes, tenemos que emplear una delicada diplomacia.

El amor, mi querida, está hecho de finezas, de sensaciones imperceptibles. Sabemos que es fuerte como la muerte; pero también es frágil como el vidrio. El menor golpe lo quiebra, y nuestra dominación entonces se desmorona sin que podamos volver a construirla.

Tenemos la facultad de hacernos adorar, pero lo que nos falta es un pequeñísimo discernimiento de matices en la caricia, la sutil perspicacia del demasiado en la manifestación de nuestra ternura. A la hora de los abrazos, perdemos el sentido del matiz, mientras que el hombre, al que dominamos, no pierde el control de sí mismo, es capaz de apreciar lo ridículo de ciertas palabras, la falta de exactitud de ciertos gestos. Ten cuidado con eso, mi tesoro: es el defecto de nuestra coraza, nuestro talón de Aquiles.

¿Sabes de dónde viene nuestra verdadera potencia? ¡Del beso, únicamente del beso! Cuando sabemos entregar y abandonar nuestros labios, podemos llegar a ser reinas.

Con todo, el beso sólo es un prefacio. Uno encantador, más delicioso que la obra misma; un prefacio que se relee sin cesar, mientras que no siempre se puede… releer el libro. Sí, el encuentro de las bocas es el más perfecto, la sensación más divina que les ha sido otorgada a los humanos, el último, el supremo límite de la dicha. Es en el beso, únicamente en el beso, donde a veces creemos sentir la imposible unión que persiguen las almas, esa confusión de los corazones desfallecientes.

¿Recuerdas los versos de Sully Prudhomme?:

Las caricias son sólo inquietos arrebatos; infructuosas tentativas del pobre Amor,
la imposible unión de las almas en el cuerpo.

La única caricia que da esa sensación profunda, inmaterial de dos seres que se convierten en uno es el beso. Todo el delirio violento de la posesión completa no vale ese acercamiento tembloroso de las bocas, ese primer contacto húmedo y fresco, luego ese apego inmóvil, desesperado y largo –¡tan largo!– de uno a otro.

Entonces, mi preciosa, el beso es nuestra arma más fuerte, pero hay que tener cuidado de que no pierda el filo. Su valor, no te olvides, es relativo, puramente convencional. Cambia sin cesar, según las circunstancias, las disposiciones del momento, el estado de expectativa y de éxtasis del espíritu.

Voy a servirme de un ejemplo.

François Coppée, otro poeta, escribió un verso que todas tenemos en la memoria, un verso que nos parece adorable, que nos emociona hasta la médula.

Después de haber descrito la espera del enamorado en una habitación cerrada durante una noche de invierno, sus inquietudes, sus impaciencias nerviosas, su horrible temor de que ella no llegue, describe la llegada de la mujer amada que, finalmente, entra, muy apurada, sin aliento, trayendo el frío en sus ropas, y exclama:

¡Oh! ¡Los primeros besos a través del velo!

¿No es acaso un verso de un sentimiento exquisito, de una observación delicada y encantadora, de una verdad perfecta? Todas las que corrieron a una cita clandestina, aquellas a quienes la pasión lanzó a los brazos de un hombre, conocen bien esos primeros besos deliciosos a través del velo y todavía se estremecen ante su recuerdo. Y, sin embargo, su encanto solo proviene de las circunstancias, de la tardanza, de la espera ansiosa; pero, la verdad, desde un punto de vista puramente –o si prefieres–, impuramente sensual, son detestables.

Piensa. Afuera hace frío. La muchacha caminó rápido; el velo está todo mojado por su aliento frío. Gotitas de agua brillan en la trama del encaje negro. El amante se precipita y pega sus labios ardientes a ese vaho licuado de los pulmones. El velo húmedo, que destiñe y que tiene el sabor innoble de los colorantes químicos, penetra en la boca del joven, le moja el bigote. No se extasía en absoluto con los labios de la bienamada, solo siente el gusto de la tintura y del encaje empapado, el aliento frío.

Y, sin embargo, como el poeta, exclamamos:

¡Oh! ¡Los primeros besos a través del velo!

Entonces, siendo el valor de esa caricia completamente convencional, hay que tener cuidado con depreciarla.

Y bien, mi querida, en varias ocasiones te vi siendo muy torpe. Por otra parte, no eres la única; la mayoría de las mujeres pierden su autoridad por el solo abuso de los besos, de los besos intempestivos. Cuando ven que el marido o el amante dan señales de un poco de fatiga, en esas horas de descanso en las que el corazón, lo mismo que el cuerpo, piden reposo, ellas, en vez de comprender lo que a él le ocurre, se obstinan en caricias inoportunas, lo cansan por la obstinación de ofrecerle los labios, lo fatigan al estrecharlo entre sus brazos sin medida ni razón.

Cree en mi experiencia. En primer lugar, no beses jamás a tu marido en público, en el coche, en el restaurante. Es del peor gusto; reprime tu deseo. Él se sentirá ridículo y siempre te guardará rencor.

Desconfía sobre todo de los besos inútiles prodigados en la intimidad. Tengo la certeza de que haces un espantoso consumo de ellos.

De hecho, te vi un día en que fuiste completamente chocante. Seguramente, no te acuerdas.

Estábamos los tres en tu saloncito y, como a ustedes no les molestaba en absoluto, tu marido te tenía sobre las rodillas y te besaba largamente la nuca, la boca oculta en los cabellos rizados del cuello.

De repente, gritaste. –¡Ah! ¡El fuego!

No habían pensado en él; se extinguía. Algunos tizones renegridos que expiraban, apenas enrojecían el hogar.

Entonces él se incorporó y corrió hacia donde estaba la madera, donde agarró dos enormes troncos que cargaba con gran dificultad, cuando tú te acercaste a él con labios suplicantes, murmurando:

–Bésame.

Dio vuelta la cabeza con esfuerzo mientras sostenía penosamente los tocones. Entonces posaste suave, lentamente, tu boca sobre la del desgraciado que permanecía con el cuello torcido, la cintura doblada, los brazos doloridos y tembloroso de cansancio y de esfuerzo. E hiciste que ese beso fuera eterno, un suplicio que no viste ni comprendiste.

Luego, cuando lo dejaste libre, te pusiste a murmurar enojada:

–Qué mal me besas.

¡Caramba, mi querida!

¡Oh, ten cuidado con eso! Todas tenemos esa manía estúpida, esa necesidad inconsciente y boba de precipitarnos en los peores momentos: cuando tiene un vaso lleno de agua, cuando se pone las botas, cuando se vuelve a anudar la corbata, cuando finalmente está en alguna postura dolorosa, y lo inmovilizamos con alguna caricia molesta que lo hace quedarse un minuto en gesto interrumpido, y su único deseo es desembarazarse de nosotras.

Sobre todo, no juzgues insignificante y mezquina esta crítica. El amor es delicado, mi pequeña: una nadería lo lastima; entérate de que todo depende del tacto de nuestros mimos. Un beso torpe puede causar mucho mal.

Intenta mis consejos. Tu vieja tía,


Colette

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