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La ciudad, sede del poder

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Publicado por Ediciones Herramienta y ContrahegemoníaWeb, 1983-2023: Cartografía de una democracia de la derrota es un libro de ensayos que reúne una pluralidad de voces y miradas que se detienen en los vínculos entre democracia, Estado y mercado, al momento de cumplirse 40 años de institucionalidad ininterrumpida en Argentina. Escriben Claudia Korol, Ezequiel Adamovsky, Guillermo Folguera, Daniel Campione, Alfredo Grande y Miguel Mazzeo, entre otros. A modo de adelanto exclusivo, Acción presenta el siguiente artículo.

Buenos Aires, la megalópolis en una democracia de muros 

Silvio Schachter (1)

«Dicen los indios: ¿Que tiene dueño la tierra? ¿Cómo así? ¿Cómo se ha de vender? ¿Cómo se ha de comprar? Si ella no nos pertenece, pues. Nosotros somos de ella. Sus hijos somos. Así siempre, siempre.» Eduardo Galeno. Memorias del fuego.

Para occidente el origen de las civilizaciones está ligado estrechamente al modo de vida urbano. Durante siglos, tanto las antiguas ciudades imperiales como las modernas fueron sedes de la centralidad del poder. Como se sabe, los términos públicos, democracia, ciudadanía y política surgieron en Atenas vinculadas a la existencia de la polis. Ya en el siglo IV a. C. Aristóteles, en su libro Poliitika, la define como «lo que tiene como objeto los asuntos públicos de la ciudad». 
Siglos después, en la alta edad media, la ciudad, el burgo, vio el nacimiento de la burguesía. Luego, en la modernidad capitalista, el ser urbano se transformó en el principal protagonista de la sociedad burguesa; con la revolución industrial se produjo un crecimiento exponencial de las capitales centrales y el surgimiento del nuevo sujeto urbano, el proletario. En la primera mitad del siglo XX la creación planetaria de los estados-nación vio la conformación de las áreas metropolitanas donde se asentaron sus instituciones y se construyeron los espacios en los cuales se desplegaron. 
¿Cómo se relaciona hoy, en el capitalismo globalizado, la producción del espacio urbano con la política y las aspiraciones democráticas? La pregunta es pertinente para pensar las transformaciones que atravesaron nuestras ciudades, particularmente la megalópolis de Buenos Aires, en estas cuatro décadas de democracia fallida. 
El punto de partida es la negación de la ciudad como un espacio neutro, la división y producción del espacio necesariamente se transforma e incide en el tejido histórico-social con el que interactúa. 
En un lapso de tiempo relativamente breve, el proceso de urbanización en el mundo se ha acelerado. En Argentina, la población urbana supera el 90%, porcentaje que está entre los mayores del mundo. Se trata de una urbanización muy diferente a la experimentada hasta mediados del siglo XX, porque en estas cuatro décadas la economía-mundo capitalista que actúa reestructurando de forma constante el espacio, en su expansión efectúa una redefinición de la ciudad y de lo urbano, de su demografía, de su dimensión y ha creado un desacople, desligando la ciudad de sus habitantes. 
El capital del sistema fordista, cerrado, centrado en la fábrica, dirigido hacia un mercado más uniforme, en su fase actual dio paso a un sistema deslocalizado, abierto y con patrones de consumo diferenciados e impone que la producción del espacio sea compatible con esta dinámica, lo crea a su imagen y necesidad y destruye todo lo que pueda condicionarlo. Las grandes metrópolis periféricas, como Buenos Aires, se adaptaron al lugar complementario que les tocó en la trama de las llamadas ciudades globales. El neoliberalismo desregulador ha obturado y desfigurado las posibilidades democráticas urbanas, la lógica privatizadora primó por encima de cualquier proyecto asociado al bien común. 
En ese aspecto, el tránsito de la dictadura a la democracia tuvo más continuidad que ruptura, se mantiene la reproducción de la desigualdad urbana y el derecho del acceso de millones a un hábitat digno sigue siendo una promesa incumplida. El tema central de la función social de la propiedad, del suelo urbano en particular, ha quedado fuera del debate político. Contribuye a este cuadro que en el ámbito de las disciplinas cuya actividad se materializa en la ciudad construida, particularmente la arquitectura, la reflexión teórica se ha vuelto extraña, los profesionales devienen en pragmáticos ejecutores que reproducen «artefactos urbanos» aislados, donde el contexto es una mera localización para sus objetos que son diseñados acordes con el estándar cultural que fija el marketing. Es en la misma universidad, más allá de la capacitación técnica necesaria, donde el ejercicio de pensar críticamente la ciudad se ha vuelto débil o inexistente. 
La globalización neoliberal ha vuelto inviable el urbanismo. Las utopías vanguardistas se desvanecieron en este milenio; la pretensión de los urbanistas de planificar la ciudad conforme a los principios teóricos de la modernidad, la división armónica entre los lugares para vivienda, trabajo, recreación y administración, cedió ante el poder del mercado y sus flujos. 
La revolución informacional desdibuja el rol que tradicionalmente asumieron las ciudades, favorecen su degradación y transmiten un modelo que contribuye a homogeneizar los gustos, las preferencias y el mismo paisaje urbano. 
La ciudad concentrada ha transmutado, ha perdido la mayor parte de sus atributos, por lo cual es certero referirse a la actual megalópolis de Buenos Aires con la categoría espacio urbano y no de ciudad. La ciudad, en efecto, no es solo una agrupación de volúmenes construidos, ni un damero de calles y conexiones, tampoco una suma de individuos e instituciones. Los viejos e incumplidos paradigmas, que proclamaban a la ciudad como el lugar para el reconocimiento mutuo, el encuentro entre la diferencia y la igualdad y el ejercicio de derechos, la ciudad subjetivada y percibida en relación a vivencias personales y colectivas, recuerdos y emociones, la ciudad como espacio central de la política pública, hoy es transfigurada por la nueva concatenación de funciones y actividades urbanas que no solo cambian el maquillaje y su imagen, sino la definición misma de lo que entendemos por ciudad. 
Los no lugares, el espacio clonado de la posmodernidad, los supermercados, los shoppings, los aeropuertos, los patios de comida, los locales de las franquicias internacionales, las enormes playas de estacionamiento son los sitios característicos que se replican con los mismos diseños y códigos en casi todo el planeta. El efecto es la sensación de estar en ninguna parte. 
Emerge la ciudad difusa, del fragmento, se materializa la transición desde la ciudad compacta, que aparecía como expresión culminante de la fase industrial-desarrollista, hacia una metropolización expandida, con forma de archipiélago.
Es una ciudad ahistórica, sin ligaduras, de un rápido y desordenado crecimiento y con una escala que se escapa a la comprensión tanto individual como colectiva, sus habitantes desconocen sus límites, dónde empieza y termina. El urbanita es disociado de su instancia ciudadana, se enajena del hecho urbano, donde el exterior es solo una trama donde transitar, el Ágora fue reemplazada por el Twitter, una ausencia de lo corporal, que casi nadie vive como una pérdida. 
La parcelación de la vida en Buenos Aires, donde la alteridad es reemplazada por clasismo identitario, ha creado una ruptura en la relación tiempo-espacio, con una taxonomía estructurada según la condición social, de clase, racial, de procedencia, de género y etaria, que cultiva simultáneamente la diferencia y la indiferencia. El espacio urbano que se vive a diferentes velocidades y con recorridos acotados es otro modo de estratificación, entre los que de a pie usan el transporte colectivo y quienes se desplazan individualmente en su automóvil, cuyo crecimiento es responsable de muchos de los problemas que atraviesan la urbe y que ya son un mal crónico sin terapia a la vista. 
Las políticas que han decretado la anunciada obsolescencia de los Estados-nación, vuelven infructuosa la defensa a ultranza de la gobernabilidad y el control sobre el espacio, construidos sobre la hipótesis de comportamientos previsibles e instituciones estables. Ante la impotencia y frente a las crisis recurrentes, la respuesta se traduce en los esfuerzos para condicionar y prohibir las acciones en el espacio público, políticas represivas que agudizan la tensión en la disputa por el uso de los distintos sitios de valor simbólico y significado histórico, como la Plaza de Mayo y la del Congreso, que siguen siendo el punto de encuentro para la protesta, la resistencia y la celebración. Como también lo fueron las rutas y puentes, las plazas y parques resignificados durante la rebelión del 2001.

El AMBA, una urbanización sin ciudad 
El Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) es una megalópolis de 5.000 kilómetros cuadrados, con casi 15 millones de habitantes, a diferencia de las otras gigantescas metrópolis latinoamericanas, como Ciudad de México y San Pablo, que tienen el 10% de la población de sus respectivos países, la Buenos Aires macrocéfala, concentra más de un tercio de la población de todo el país en el 0,2% de su superficie. Está entre las 20 mayores del mundo (ocupa el 18º lugar). Su dimensión y densidad han desbordado todas las predicciones, con un crecimiento caótico que desafía las hipótesis teóricas, políticas y sociales con las que se ha intentado explicar su condición y proyección. 
El diagnóstico es contundente: crecimiento descontrolado, suburbanización de la clase media-alta en barrios cerrados sin conexión con la ciudad preexistente; especulación sobre suelo urbano con su concentración por parte grandes empresas inmobiliarias y constructoras; creciente privatización de los servicios de salud y educación y su consiguiente asentamiento asimétrico; deterioro de la calidad de vida por la polución del aire, visual y sonora; aumento en la generación de residuos producto del consumismo; falencias graves en el sistema de recolección, depósito y procesamiento de basura; degradación del entorno natural; desfavorable relación de espacios verdes por habitante; servicios básicos, agua corriente, cloacas y energía eléctrica al borde del colapso; sistema de transporte público insuficiente, ineficiente, deteriorado, de carácter privado o administrado por empresas privadas; tránsito caótico, creciente déficit habitacional, políticas de vivienda que no tienen en consideración el hábitat social; segregación y fragmentación territorial; aumento del aislamiento, la desconfianza, la inseguridad y la violencia. 
El AMBA es una metrópoli bulímica, que devora enormes recursos energéticos y arroja millones de toneladas de contaminantes, dejando una huella ecológica que se profundiza sin freno. 
Desde 1983 este cuadro se ha mantenido en las sucesivas políticas que definen prioridades poco relacionadas con la esencia de estos conflictos; en consecuencia, la mayoría de las acciones en lugar de responder a la crisis, la reproducen, ampliándola y generando una nueva espiral de contradicciones. Las operaciones a corto plazo, las micro intervenciones o los trabajos de costura, por más creativos que se presenten, no logran avances sustanciales dados los límites que encuentran en el modelo económico y social vigente del cual la megalópolis es su síntoma y su patología. 
En Buenos Aires, la división en 24 partidos más la CABA ha incrementado el tejido de una burocracia que se perpetúa anudada a formas caudillistas que se disputan la administración de sus recursos con criterios discrecionales, una urdimbre anquilosada, que lejos de favorecer la participación de sus habitantes en los asuntos públicos y comunes, se constituye en obstáculo para la posibilidad de construir espacios de una democracia popular. 
El cruce de jurisdicciones nacionales, provinciales y locales, que se solapan y superponen, favorece a la maraña de intereses políticos y económicos que han dejado hacer al mercado, renunciado a cualquier proyecto de planificación regional. 
El único intento de un plan regulador del área metropolitana fue realizado entre 1958 y 1965, cuando el AMBA tenía la mitad de los habitantes y de la superficie actual, pero nunca fue considerado para guiar políticas efectivas. El anuncio improvisado de traslado de la Capital Federal a Río Negro, durante el gobierno alfonsinista, quedó trunco antes de empezar y pasó rápidamente al olvido. Una década después, en 1995, la CONAMBA (Comisión Nacional del Área Metropolitana de Buenos Aires) publicó un estudio de diagnóstico del área metropolitana, muy acorde con la lógica privatista del menemismo, que tampoco fue tenido en cuenta. 
Frente a la casi absoluta ausencia de políticas habitacionales, durante los últimos años del siglo pasado, el momento de mayores realizaciones tuvo lugar durante el primer período del Gobierno kirchnerista, que con el enfoque abarcativo de soluciones habitacionales, combinó planes de viviendas nuevas, con créditos para la autoconstrucción y la ampliación de las existentes. El plan estrella fue el PROCREAR, administrado por el privatizado Banco Hipotecario Nacional, cuyos socios mayoritarios son los dueños de IRSA, la principal operadora inmobiliaria del país.
Si bien la cantidad de estas soluciones fue importante, estuvieron esencialmente dirigidas a sectores sociales con cierta capacidad de ahorro y no logró favorecer a los sectores más carenciados que siguieron poblando el territorio con la única opción posible para cobijarse bajo un techo, multiplicar los asentamientos precarios y las villas, que nunca dejaron de crecer. Por otra parte, estas políticas de vivienda no formaron parte de un proyecto regional y local que tuviera en cuenta las variables recomendadas para crear un hábitat integral. 
Salvo muy pocas experiencias, la mayoría de estos emprendimientos no tuvieron a los destinatarios como arte y parte, ni favorecieron la creación de cooperativas, ni mecanismos participativos que pudieran mantenerse en el tiempo; las burocracias y el negociado bloquearon la auto-organización. Solo pocas estructuras intermedias intentaron otro camino, pero con resultados diversos. 
La provincialización de los recursos del FONAVI (Fondo Nacional de la Vivienda) que traspasó el principal recurso asignado al financiamiento de la vivienda hacia el Fondo de Coparticipación Federal (1992), atomizó los proyectos y alimentó la manipulación política de los gobiernos provinciales.
A principios de los años noventa, en el auge del menemismo, acompañando la privatización de todos los servicios urbanos, el espacio público, considerado un excedente improductivo, pasó junto a las propiedades del Estado, a convertirse en un bien negociable para el mercado inmobiliario. El soporte mediático para estas políticas utilizó en su campaña el sistemático abandono y deterioro intencional de lo público. 
Alimentado por esta lógica se produjo simultáneamente uno de los fenómenos que caracterizaron el modo de vivir y pensar de una parte de la sociedad en esta etapa, de la mano de las autopistas radiales construidas y concesionadas durante el gobierno de Menem, favorecido por el uso excluyente del automóvil, un sector de la clase media y alta se desplazó hacia el suburbio, plagiando el modelo de urbanización estadounidense. A diferencia de los procesos preexistentes en décadas pasadas, donde los trabajadores accedían a loteos económicos, carentes de infraestructura, para autoconstruirse su casa, los beneficiados por la convertibilidad y las políticas económicas sucesivas, miles de familias se refugiaron en barrios cerrados, cercados, y fuertemente vigilados, buscando protección y homogeneidad social. Encerrados tras los muros físicos y virtuales, fugados ante la inconformidad y la fobópolis, alimentan la ilusión de un mundo hollywoodense, a salvo de conflictos, construido en base a prejuicios y estigmatizaciones, donde el rechazo al diferente agudiza la polarización de adentro-afuera, seguro-inseguro, rico-pobre, nuestro-ajeno, una ideología que se traslada a la política, en la cual el culto a la meritocracia, la propiedad privada y la capacidad de consumo son el cedazo para definir derechos y alineamientos. 
No son los pobres los que levantan murallas; como señalo John Berger: «Los pobres viven a cielo abierto donde se construyen lugares para sí mismos… Esos lugares son tan protagonistas como sus ocupantes». 
La nueva suburbanización insular, fractal, amurallada, fagocitó el territorio y lo fracturó en locaciones aisladas de enorme riqueza, rodeados de zonas altamente pauperizadas. El AMBA aloja la mayor cantidad de pobres de todo el país, según el RENABAP (Registro Nacional de Barrios Populares), en 1.500 barrios populares, villas y asentamientos, viven 530.000 familias, 1.800.000 personas donde solo un 16% tiene conexión al agua, un 6% cloacas y un 4% conexión de gas. Por si las privaciones no fueran suficientes, quienes viven en los márgenes deben soportar el estigma de una narrativa humillante cargada de estereotipos que los condena, al igual que a su lugar de precaria residencia. La antítesis es la admirada Nordelta, la llamada «ciudad de los rubios», la de los ganadores, la urbanización cerrada más importante del país, donde en 1.600 hectáreas viven a todo lujo 25.000 personas 

Puerto Madero, la urbe neoliberal 
En la CABA el distrito más rico del país, más del 10% de quienes lo habitan, la población de las 50 villas y asentamientos, 80.000 familias, carecen de lo esencial. Ante la imposibilidad de acceso a un hábitat digno, no dejan de crecer, al tiempo que aumentan los desalojos y la gente en situación de calle. 
La Capital Federal es también el ámbito donde se desarrolla con más intensidad el fenómeno gentrificador, fruto del aumento del precio del suelo, la jerarquización de los nuevos usos de la actividad administrativa, financiera, turística y cultural que junto a la construcción de edificios viviendas en los barrios de moda, han generado una verdadera centrifugación de los sectores de menores recursos hacia la periferia, incapacitados de sostener los costos de los alquileres y menos aún de acceder al sueño del techo propio. La crisis económica agudizó la mecánica expulsiva, fenómeno que ahora afecta también a sectores de clase media, generando el hecho inédito que implica que casi un cuarenta por ciento de quienes habitan en la ciudad sean inquilinos (2).
Si tenemos que encontrar el proyecto que resume en su realización el nuevo modelo hegemónico de urbanización, sin duda el elegido es Puerto Madero. 
El 12 de noviembre de 1989 se creó, con la aprobación unánime de todos los partidos, la Corporación Antiguo Puerto Madero (CAPSA), una empresa de carácter autónoma, integrada por representantes de los Gobiernos del ámbito nacional y de la CABA. La apropiación privada de las 170 hectáreas, hurtadas al patrimonio común, dio lugar al eufemísticamente llamado el barrio más nuevo de la ciudad, un barrio con un 50% de viviendas vacías. 
Prototipo de la ciudad neoliberal, fue pensado como espacio de inversión, negocio, especulación financiera y consumo para la élite, su evolución se realizó con el consenso y/o la indiferencia de una sociedad que cauterizó todo el sistema circulatorio que la vincula al resto del cuerpo colectivo, una democracia que formatea ciudadanos que se caracterizan por desentenderse de lo que no sea su núcleo personal. El megaemprendimiento logró atravesar sin contratiempos las crisis locales e internacionales. Fue parte de una operatoria signada por la conjunción de empresas inmobiliarias, constructoras e inversores, apoyados sin diferencias por los sucesivos Gobiernos nacionales y locales. Nunca fue sometido a crítica ni evaluación, ni el Estado, ni la CASPSA rindieron cuentas; por otra parte, nadie reclamó sobre el manejo de los fabulosos ingresos de la venta de sus terrenos, del que fue el negocio inmobiliario más importante y lucrativo de América Latina. (3) 
Puerto Madero formó parte de una tendencia global que involucró el reciclaje y la modernización de zonas portuarias obsoletas, cambiando el uso original para asignarlas a usos comerciales, culturales, residenciales y turísticos destinados a sectores de alto consumo. El modelo sigue su curso en toda la costa del río, especialmente en toda la franja norte del Conurbano, donde las autoridades, en connivencia con los grandes operadores inmobiliarios, vienen modificando, en sesiones exprés, la normativa que ponía límites a las construcciones en la costa. 
Ya finalizado, Puerto Madero tendrá su continuidad en las 75 hectáreas con 5.000 metros de costa de la antigua Ciudad Deportiva, llamada pomposamente la Dubái argentina, que a través de sucesivos actos de corrupción, terminó en manos del multimillonario Eduardo Elsztain (4) y que la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner intentó ampliar con la frustrada privatización de la Isla Demarchi. En esa ocasión, cuando presentó el proyecto, declaró «sentirse como una faraona». No es casual, el neodesarrollismo sigue pensando de modo lineal el progreso urbano; siempre es más, más autos, más metros cuadrados de hormigón, más negocios, más consumo, sin importar las consecuencias socio-ambientales, ni el deterioro de la calidad de vida. 
El fundamentalismo privatizador de las gestiones del PRO tiene en la CABA su máximo exponente, cientos de hectáreas y edificios pasaron a manos de empresas favorecidas por sus relaciones con el poder político. 
Esta operatoria de talibanización de lo público no tiene precedentes, ha transformado al Gobierno de la Ciudad y su Legislatura, llamada la inmobiliaria de Cambiemos, en la principal proveedora de suelo urbano, un bien que como la tierra rural, en manos del agronegocio y las riquezas del subsuelo, explotadas por la megaminería, es acotado y no reproducible, pero a diferencia de esos recursos, no es fruto del trabajo de la naturaleza, sino una construcción colectiva de la sociedad. 
La aprobación de un nuevo Código de Planeamiento en 2017 es el instrumento que dio seguridad jurídica al capital para proceder a la desposesión de bienes comunes, y autorizo la multiplicación sin fin de la construcción en todos los barrios porteños, una legislación aprobada de espaldas a los ciudadanos, que violenta las propias normas fijadas por la Constitución de la Ciudad y el plan Urbano Ambiental. La fachada democrática se cubre con las audiencias públicas, donde los vecinos, profesionales y organizaciones barriales hacen conocer sus opiniones, mayoritariamente contrarias a los proyectos oficiales, pero al no ser vinculantes, la Legislatura, cuyos integrantes son desconocidos para la población resuelven automáticamente lo que presenta el Gobierno.

Megalópolis del mercado o ciudad de una democracia popular
Cornelius Castoriadis denominó «individuo privatizado» al individuo que está en su pequeño medio personal y se ha vuelto cínico con relación a la política. 
Este modo de subjetivar la política es estimulado por la fragmentación espacial que a su vez alienta la segregación física, la discriminación y la exclusión, lo cual implica el abandono de la posibilidad de un ejercicio democrático e igualitario, que es reemplazado por un mundo de espacios encriptados al cual se accede a través de la competencia social en lugar de la cooperación y la solidaridad. 
Los habitantes de la urbe gigantesca, signados por la anomia y la indiferencia, recorren los recortes de un conjunto de espacios inasibles, mientras intentan ordenar e interpretar las partes con códigos mayormente ajenos a sus propias vivencias. 
Para la mayoría es difícil imaginar en qué ciudad viven, cómo son los sitios que atraviesan diariamente. Perdida la capacidad de representarla como una unidad, se vivencia como una suma de laberintos desplegados en una cartografía indescifrable que favorece el relato que alimenta el miedo, el temor a lo desconocido construye infranqueables murallas urbanas, en esta democracia de muros. 
El miedo, manipulado por mediadores sociales y opinólogos variopintos, se ha transformado en objeto mercantil. Para quienes optaron por la reclusión en sus condominios cerrados, la protección y la seguridad son sinónimos de buen vivir, el abandono de la ciudad es presentado como una superación que se afirma en la negación de lo plural y lo heterogéneo, la ciudad se configura como un simple apéndice exterior. Muros, cámaras, rejas y vigilancia privada, y el creciente despliegue de las fuerzas represivas del Estado, se multiplicaron para ofrecer la hipotética seguridad en una sociedad donde todos somos monitoreados y nadie se siente tranquilo. 
En estas décadas, después de los años de plomo de la dictadura, se multiplicaron las políticas para controlar el espacio urbano, que busca evitar que el descontento y la rabia ante la segregación social, la pobreza y la marginación se hagan visibles, cuando desobedecen las consignas disciplinadoras y se niegan a permanecer en la clandestinidad. El reclamo de más presencia policial tiene un resultado inversamente proporcional al esperado, más gatillo fácil, más corrupción, connivencia con el delito y más policías involucrados en casos de violencia familiar y de género.
Ante la búsqueda de suelo donde ejercer el derecho de un techo para vivir, familias desesperadas recibieron la respuesta violenta del Estado. La represión en el Parque Indoamericano y el desalojo brutal en Guernica, dos casos emblemáticos, demuestran que esos mecanismos se aplican por igual más allá de los límites administrativos y de los partidos que gobiernan. 
La estadística nos dice que nuestro país tiene tal número de habitantes, pero rara vez nos ponemos a pensar cuál es el significado de habitar, así como es un lugar común de los urbanistas el «en la ciudad caben todos», pero es claro que no todos ni la habitan ni caben de la misma manera. Los sectores más ricos siempre pueden pagar no solo más espacio, sino mejor espacio, cercano a centros de servicios de alta calidad, con acceso a la belleza escénica del paisaje y a otras comodidades. Los pobres apenas pueden acceder a menos y peor espacio y los desposeídos son castigados con el desarraigo. 
Entre todas las variables, el precio del suelo urbano es el que define principalmente dónde, cómo y quién puede habitar en la ciudad. Por lo tanto, cuando es trasformado en objeto de especulación, es el capital inmobiliario y financiero y sus operadores quienes marcan la metamorfosis urbana y su perfil sociocultural.
El ethos de la ciudad es cada vez más una relación mercantil que de ciudadanía y el comportamiento político de una democracia reducida al voto lo refleja topográficamente. 
Las grandes ciudades viven un irreversible proceso de desindustrialización, la deslocalización de la actividad productiva, y la tercerización de su economía; esto se ha traducido en un número cada vez menor de empleos estables y en la proliferación de actividades informales. Una dinámica que desplaza a los sectores de menores recursos hacia los bordes de la gigantesca megalópolis, esta dinámica hace que trabajadores y trabajadoras urbanos, formales e informales, deban cargar largas horas para trasladarse de su casa al trabajo, es tiempo muerto no remunerado, que impacta de forma importante en la calidad de vida y limita y anula la posibilidad de actuar social y políticamente, incluso los despoja de su sentido de identidad con respecto a su entorno más próximo. ¿Queda entonces espacio o tiempo para que se interese por la cosa pública? 
Desde esta perspectiva, el espacio urbano impone su habitus de clase, que contribuye a la elitización del hacer político que delega en los especialistas el manejo de los asuntos de gobierno. En esa medida la representación política alcanza su máximo ficcional, los representantes no son hoy los vecinos de las demarcaciones próximas; elegidos a través de la mercadotecnia publicitaria son mayormente desconocidos para quienes los eligen, así cuanto más grande es la población y el espacio donde se asienta, más disfuncional es la democracia burguesa. A más representación menos democrática es la sociedad. 
No es casual que la degradación de la vida en las ciudades coincida con la degradación política. Por ello es importante entender en qué medida la construcción de la megalópolis es una de las claves para interpretar el proceso de despolitización que se ha configurado en nuestra sociedad. 
La izquierda llegó tardía y parcialmente a incorporar en su praxis la relación de lo urbano, lo social y lo político, y si bien hay intelectuales que han hecho aportes sustanciales a la comprensión de este tema, aún hay mucha distancia entre los diagnósticos críticos y la realización de nuevas experiencias transformadoras, pues persiste la distancia entre el pensamiento académico y la actividad de quienes militan el día a día. La dificultad de los movimientos sociales de pensar la trama de la ciudad como un todo físico, social y cultural y actuar en consonancia, ha sido una de las razones por las cuales su actividad política se ha visto limitada y acotada al reclamo urgente.
¿Quién puede construir ciudades habitables, sostenibles, soportables para quienes las habitan? ¿La ciudad de los que viven y trabajan en ella o la ciudad de los capitales? ¿El mercado desbocado o una democracia popular?
Descartada la fantasía del urbanismo modernista que teorizaba sobre ciudades planificadas desde el Estado que nos llevarían a una sociedad más democrática, Brasilia es el ejemplo latinoamericano de ese fracaso, el proyecto de una sociedad diferente, que termine con el patrón civilizatorio y la barbarie del capitalismo, pasa también por imaginar una ciudad de nuevo tipo. Con la actual conformación del territorio bonaerense parece difícil pensar en un espacio relacional donde adquirir una experiencia capaz de subvertir lógicas hegemónicas. El derecho a la ciudad no debe ser un objetivo para la inclusión en esta megalópolis monstruosa, desigual y alienante, porque no se accede a una sociedad más justa con las armas de esta sociedad que nos destruye. El derecho a la ciudad es la posibilidad de reconstruirla democráticamente desde abajo, volviendo a los griegos, lo que ellos llamaban poiesis, es decir, cómo transformar el no ser en ser, una sociedad donde lo humano vuelva a ser la medida del buen vivir, una ciudad con valor de uso capaz de desplegar nuevas políticas espaciales y donde el tiempo urbano sea liberador y creativo.


1) Silvio Schachter: militante ecosocialista, arquitecto, urbanista, ensayista y periodista, miembro del colectivo editorial de Herramienta, colaborador de ContrahegemoniaWeb, Tramas – Periodismo en movimiento, Rebelion.org 

Coautor de los libros Tiempos violentos, 100 años de la Revolución rusa y otros. http://silvioschachter.blogspot.com.ar 

2) Según el INDEC un tercio de los habitantes del país son inquilinos.

3) http://silvioschachter.blogspot.com/2015/04/puerto-madero-25-anos-de-su-creacion.html 

4) https://tramas.ar/2021/08/23/la-ex-ciudad-deportiva-y-costa-urbana-cronica-de-un-despojo/ 

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