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Fue uno de los pocos talleres que sobrevivieron al proceso de desmantelamiento del sistema ferroviario argentino. Hoy, la COTTAJ repara vagones de carga y proyecta su futuro.

 

En pie. A pesar del desguace y el vaciamiento, los 34 asociados de COTTAJ continuaron trabajando en la reparación de vagones. (Gentileza COTTAJ)

La red ferroviaria argentina empezó a construirse en la segunda mitad del siglo XIX y rápidamente se expandió hasta alcanzar los 47.000 kilómetros de extensión. En 1958 comenzó  a ser desmantelada en un lento proceso que cobró fuerza a partir de la dictadura militar iniciada en 1976. En su último discurso como ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz reveló que durante su gestión se levantaron 10.000 kilómetros de vías, cerraron 1.000 estaciones y fueron despedidos 60.000 trabajadores. El gobierno menemista profundizó esa política: redujo drásticamente los ramales, recortó el plantel de trabajadores y privatizó los servicios de pasajeros y de carga. Entre los miles de empleados que quedaron en la calle luego de ese proceso estaban los operarios y técnicos de los talleres ferroviarios, pero, para amortiguar el desguace, los gremios que los representaban acordaron con el Estado nacional convertir a algunos de estos talleres en cooperativas. Así nació la Cooperativa de Trabajo Talleres de Junín (COTTAJ).
A finales de 1993, con la desarticulación del sistema ferroviario, en los talleres de Junín trabajaban 1.800 operarios y solo 117 decidieron integrar la cooperativa. «El proceso fue lento, empezó a bajar la cantidad de trabajo. Si bien todas las secciones estaban funcionando, fue mermando la actividad, se hacían muchas especulaciones con lo que podía pasar y eso llevó a que muchos eligieran el retiro voluntario y buscaran otro trabajo», recuerda Pedro Rodríguez, técnico electricista y presidente de la entidad. «Para arrancar, Ferrocarriles Argentinos nos encargó la reparación de 35 coches, de ahí en más, nos tuvimos que arreglar solos», agrega.
El primer tren llegó a Junín en 1886 y con él llegó también la orden de crear allí un taller ferroviario. A partir de ese momento, la vida de la ciudad bonaerense se transformó y su población experimentó una etapa de crecimiento económico y social, ya que al desarrollo y la conectividad territorial se sumó la apertura de centenares de puestos de trabajo. El taller, que comenzó a funcionar con 9 operarios, se convirtió en uno de los más importantes de Latinoamérica, con 5.000 trabajadores que se ocupaban de la reparación y el mantenimiento de vagones de pasajeros, cabinas y locomotoras. Hoy, la COTTAJ funciona en un área de 7 hectáreas de las 32 que comprendía el predio total, y los trabajadores que quedaron en la cooperativa fueron testigos del vaciamiento, el abandono y el desguace que sufrieron las instalaciones, las maquinarias y el material rodante. «El Gobierno hizo un relevamiento de lo que quedaba y vendió gran parte de las maquinarias y coches, pero lo triste era ver que se vendían como si fueran chatarra, los cortaban en pedazos y se los llevaban por partes», cuenta Rodríguez.
Otros talleres ferroviarios cooperativos fueron desapareciendo o fueron absorbidos por empresas privadas. El único que resistió fue el taller de Junín, que hoy cuenta en su equipo de trabajo con herreros, torneros, carpinteros, soldadores, chapistas, técnicos, especialistas en sistemas férreos, chapistas, electricistas, cerrajeros y tapiceros. Son, en total, 34 asociados que actualmente se dedican a reparar vagones de carga y que saben que es necesario adecuarse a los nuevos tiempos y las nuevas tecnologías. Por eso promueven la capacitación y la incorporación de jóvenes operarios que permitan desarrollar y acompañar de manera eficiente el proceso de renovación ferroviaria impulsado en los últimos años. «Queremos ser parte de esta reactivación de los servicios y por eso asumimos el desafío de reparar vagones de carga, un trabajo que nunca habíamos hecho», dice Rodríguez. «Nosotros seguimos luchando –asegura el trabajador– y nos ilusionamos con las posibilidades que se pueden abrir a partir de la reciente sanción de la ley de reestatización de los ferrocarriles, que apunta a la reactivación de los servicios. Queremos hacer la reparación de todo lo que corra por las líneas férreas, ese es nuestro trabajo».
El desmantelamiento del sistema ferroviario en la Argentina trajo aparejados el aislamiento y la agonía de centenares de pueblos, además de dejar en la calle a decenas de miles de obreros y a sus familias. Al mismo tiempo, este proceso desarticuló un actor central para el desarrollo económico y social de vastas regiones de la Argentina. Pedro Rodríguez y sus compañeros recuerdan, además, el desprestigio social que sufrieron los ferroviarios en la década de los 90, pero conservan la esperanza y las ganas que les permitieron resistir y defender no solo su fuente de trabajo, sino también una parte importante del patrimonio nacional. «Éramos (y somos) unos locos que no vamos a dar el brazo a torcer y no vamos a permitir que nadie destruya el ferrocarril –dice Rodríguez–. A mí me quedó grabada una frase que me dijo un ingeniero cuando entré a trabajar: el ferrocarril es un bichito que cuando te pica, a algunos les hace bien y a otros no les importa, pero al que le hace bien, lo lleva en la sangre hasta el último día».

Silvia Porritelli