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Vida sobre ruedas

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Hace 27 años empezó a trabajar de taxista y desde entonces atesora en sus agendas comentarios manuscritos de sus pasajeros, entre los que se cuentan figuras célebres y ciudadanos anónimos.

 

Personaje. Marco Denevi, María Rosa Gallo, Juan Carlos Calabró y Floreal Gorini fueron algunos de los pasajeros de Cutufia. (Guadalupe Lombardo)

Onofre Lovero lo conoció. También, otros actores como María Rosa Gallo, Andrea Tenuta, Virginia Lago, Adriana Brodsky, Raúl Rizzo; asimismo, la vedette María Eugenia Ritó, la cantante lírica Alicia Cecotti, el periodista Santo Biasatti. Marco Denevi le dejó su dedicatoria: «Para Rodolfo, Quijote de ideales que comparto». Con Floreal Gorini viajaron juntos y, cuando el motor se detuvo, siguieron debatiendo «peleándonos, cambiando posiciones, y terminamos como chanchos». Juan Carlos Calabró le espetó: «¿Pero vos querés ser más grande que Perón?». Con María Martha Serra Lima, cantaron a dúo en italiano en un concierto que nadie escuchó. Quien interactuó con personalidades tan variadas es el taxista Rodolfo Cutufia. Y todo aquel que se suba a su vehículo podrá mantener con él una de esas charlas que ya conquistaron a miles de anónimos y de famosos.
Es que Cutufia es todo un personaje. En su gremio, hay trabajadores amables, malhumorados, sociables, introvertidos… Pero nadie como él, que tiene un mecanismo muy estudiado para entablar conversación con sus pasajeros: «Las primeras veces que empecé a parar en estaciones de servicio, todos puteaban: que el dueño, que la gente, que el coche… Yo disfruto, no me pego al sistema, aun estando adentro. Yo tengo que estar entre cuatro chapas, este es mi mundo. Entonces, hice placentero mi ambiente. Si con el otro venimos disfrutando, riendo, generando contactos, paro el reloj y me quedo charlando», cuenta. ¿Cómo es que llega a establecer estos intercambios? «Normalmente, le digo: “¿Viajaste alguna vez conmigo? ¿Conocés mi libro de quejas?”. Entonces me suelen responder: “Pero no tenemos nada de qué quejarnos… el servicio es muy bueno…”. Y ahí les muestro».
Lo que el chofer les muestra son las hojas firmadas de la más reciente de su colección de 69 agendas, a punto de agregar la número 70. Sucede que desde hace 27 años recoge los saludos y comentarios de la mayoría de sus pasajeros, en un espíritu de compartir buenos deseos e ideas para mejorar la calidad de vida de las personas. Las frases que son regaladas como recuerdo tienen el estilo de «Si los malos supieran lo bueno que es ser bueno, dejarían de ser malos». Cutufia empezó a brindar este servicio público de transporte en 1987 y en ese mismo año empezó a reunir las pequeñas notas manuscritas que los usuarios le dejaban y le siguen dejando en las páginas de estas agendas que forman una pila altísima.
Recuerda que «las primeras agendas decían: “qué buen viaje”, “cómo nos reímos”, “gracias por los consejos”: eran consideraciones directas a mi persona y al servicio. Después, aparecieron cosas como “tendríamos que unirnos los buenos”, “contá conmigo”, “te dejo mi teléfono”». Poco a poco se fue gestando, en este hombre que hizo la escuela secundaria a los 38 años y que cursó el inicio de la carrera de Psicología Social, una idea superadora de aquellos simpáticos saludos.
Todos los días arranca su Fiat Gran Siena y maneja entre las 6 de la tarde y las 2 de la mañana. Sin embargo, cuando finalice de pagar las cuotas de este auto, su expectativa es poder dejar el taxi: «Esto va creciendo por un lado, pero por otro lado se me van perdiendo las relaciones. Yo quisiera dejar el camino hecho, para que ya después…».
En efecto, no sabe bien del «después», pues lo de Cutufia es una acumulación de experiencias que están en tren de articularse. Pero sin dudas es resultado de la suma de vivencias de este hombre que podría haber sido uno más de los muchos que van rodando por las calles de Buenos Aires buscando pasaje. Sin embargo, supo sacar provecho de su historia personal y encontró una original manera de que trabajar sea mucho más que ganar el dinero para el sustento diario: «Nací en Avellaneda, el 17 de enero de 1950, viví en Lanús. Mi mamá, ama de casa; mi papá, un inmigrante de los que vinieron de Italia en la década de 1940. Tuve un negocio de ropa, en Villa Corina, y ahí me movió un poco el tema de la participación. Yo venía de la ideología peronista, más que por Perón y Evita, por lo nacional, por lo social. También trabajé en SEGBA (la vieja empresa de Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires), fui ascendiendo: mantenimiento, empleado, encargado de la oficina, y terminé en el área de capacitación, en el área de cultura para personal que pasaba de la actividad a la pasividad. También participé en la Confederación General de Jubilados y Pensionados de la República Argentina, y me empecé a vincular con el tema de la tercera edad. En el 87, había cobrado unos pesos y me compré el primer taxi. Y ahí arriba, yo hablaba de tercera edad; otro me decía que le interesaba el tema de los chicos de la calle y me dejaba su teléfono…». Así, casi sin querer, se colocan las primeras piezas de esta historia sobre cuatro ruedas, largas pláticas para combatir el tedio del tráfico y un peculiarísimo taxista que puede ser el conductor de su próximo viaje, de modo que usted, quizás, también se sume a esta cruzada del buen trato y la asociación de talentos y voluntades.

Analía Melgar