Unidad, trabajo y conciencia

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A través de una propuesta social y productiva, un grupo de mujeres cordobesas enfrentan situaciones de violencia de género y logran empoderarse.

 

Producción y gestión. Además de masitas, tortas y fideos, las emprendedoras de Unquillo amasan un presente y un futuro diferente.

La historia de las emprendedoras que integran la Asociación laboral Pastas y Pastelería Charo Aredes tiene antecedentes territoriales, ya que todas son oriundas y vecinas de una populosa barriada dispersa por las estribaciones del cerro San Miguel de la localidad de Unquillo, a 55 kilómetros de la capital de Córdoba. «Nos conocimos en el centro vecinal de la zona, al que acudíamos por diferentes motivos ya que allí funcionaba también un dispensario y la guardería»,  cuenta Valentina Tomasini, trabajadora social, docente y coordinadora del grupo. «Íbamos como mamás a dejar nuestros hijos para poder ir a trabajar o a estudiar. En ese sitio de encuentro empezamos a sospechar que varias padecían distintas formas de violencia de género. Algunas tenían la obligación de pedirle permiso a sus maridos para todo, estaban permanentemente vigiladas, no podían manejar dinero y lo peor era que muchas aparecían con heridas que disimulaban como caídas», explica Tomasini mientras presenta a sus compañeras que están en plena tarea de producción de pastas y confituras. El médico del dispensario comunal, Ernesto Argañaraz, detectó que los magullones eran producto de los golpes que recibían de sus parejas y fue a él a quién se le ocurrió la idea de generar un emprendimiento productivo para que estas mujeres pudieran aprender un oficio y sostenerse económicamente. Para avanzar con esta iniciativa, recuperaron unas máquinas panificadoras que estaban abandonadas en el centro vecinal, armaron un taller de pastas e invitaron a las mujeres a participar de una nueva experiencia asociativa. «Cuando vimos que podíamos trabajar en conjunto, solicitamos asesoramiento a la Secretaría de Políticas Sociales Cooperativas y Mutuales de la provincia, hicimos un curso de cooperativismo y ahora estamos preparando la documentación final para constituirnos formalmente en cooperativa», cuenta Tomasini, quien forma parte del taller desde los comienzos. Un maestro panadero del barrio fue el encargado de enseñarles  a la mujeres los secretos de la masa base de tallarines, que luego pasaron a las pastas rellenas y más tarde se animaron a preparar platos elaborados, listos para consumir. El nombre de la organización fue impuesto en homenaje a la sindicalista unquillense Rosario Charo Aredes, secuestrada y desaparecida en 1976 tras el golpe cívico-militar. Tomando como bandera la lucha militante de esta trabajadora, el emprendimiento autogestivo se propone como «primer paso para liberar a las mujeres de la opresión patriarcal que tanto las afecta», dice Argañaraz. «Siendo médico de casi todos los dispensarios de Unquillo –agrega–, me daba siempre contra el maldito círculo de la violencia y cansado de escuchar excusas cuando aparecían con las caras reventadas, me pareció que la fábrica de pastas podía ser una salida contra la violencia, con unidad, trabajo y conciencia».
En 2014, los cambios en las autoridades locales dejaron a las emprendedoras sin máquinas y fuera del espacio físico en el centro vecinal. Luego, gracias a la gestión de la Asociación para la Promoción de Organizaciones y Hábitat del departamento cordobés de Colón ante el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, consiguieron un equipo completo de maquinarias para el montaje del taller de pastas y panificación.

Las manos en la masa
«En pocos meses logramos impulsar a este grupo de mujeres que comenzaron a establecer vínculos con el trabajo, con su problemática vista desde lo social y, al mismo tiempo, obtener algún rédito económico que, aunque parezca poco, sirve para la compra de algunos insumos para el hogar, además del aprendizaje asociativo que experimentaron», señala Argañaraz. «Para todas nosotras fue un antes y un después del taller de pastas. Aquí estamos unidas y en la lucha –dice Verónica Campos, quien se encarga de la comercialización de los productos–. Desde muy chica participé en tareas comunitarias dentro del centro vecinal y cuando me casé tuve que enfrentar a mi marido porque militaba socialmente y él me decía: “Dejá de trabajar gratis. Buscate algo que valga la pena”. Encontré empleo y terminé el secundario pero sus celos eran terribles; intenté separarme pero después, al integrar este grupo, empezó a confiar más y hasta vino a colocar las mesadas», cuenta Verónica. Para financiar el alquiler del local y para acondicionarlo, las emprendedoras solicitaron cuatro microcréditos y llevaron adelante una intensa campaña para recaudar fondos.
A las capacitaciones en diferentes variantes de pastas –secas y frescas– anexaron un taller para elaborar pastelería. «Formo parte de este emprendimiento desde el principio y voy a seguir en esta nueva etapa porque participar de este proyecto me cambió la vida –comenta Johana Reinoso–; gracias a esto terminé el secundario con mucho esfuerzo. Por otro lado, acá no tengo patrón y puedo tener a mi hija conmigo mientras trabajo. Pronto vamos a abrir nuevamente al público –dice entusiasmada Johana–, mientras tanto lo que producimos nos sirve para alimentar a nuestras familias y para llenarnos de alegría y esperanzas».

—Texto y fotos: Bibiana Fulchieri