Primarias con sorpresa

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El socialdemócrata Bernie Sanders y el xenófobo Donald Trump apuntan a dar la nota en el proceso de selección de los candidatos a la presidencia de Estados Unidos en reemplazo de Barack Obama.

 

Protagonistas. Sanders y Trump se afiliaron recientemente a sus partidos y se ubican en los extremos ideológicos del sistema. (AFP/Dachary)

Lanzada oficialmente en febrero, la carrera presidencial estadounidense con vistas a las elecciones generales del 8 de noviembre promete un sinnúmero de sorpresas que podrían convertirla en un proceso políticamente trágico y a la vez extremadamente divertido, si no fuera porque en esos comicios, para bien o para mal, suele jugarse buena parte del destino mundial.
La gran sorpresa en el inicio de esta campaña reside en que en la disputa por el control de la retórica se posicionan  como líderes dos outsiders del sistema político bipartidista estadounidense, quienes impusieron una deriva hacia los extremos posibles de la derecha e izquierda entre republicanos y demócratas, respectivamente, para desesperación de las aristocracias partidarias, a las que suelen denominar «establishment».
En el conservador Partido Republicano, el paso lo marca el empresario de la construcción y el entretenimiento Donald Trump, hombre de lenguaje vulgar, arrogante y declaradamente misógino, xenófobo y antimusulmán, quien en el discurso de lanzamiento de su candidatura proclamó: «El sueño americano está muerto, no existe más».
Su contraparte en el liberal Partido Demócrata es el senador Bernie Sanders, un socialdemócrata al estilo europeo de los años 80 que reivindica el estado de bienestar, se define como «socialista democrático» y promete utopías inalcanzables para la sociedad estadounidense, como «salud y educación gratuita universal, equidad impositiva y justicia social».
Hasta el 14 de junio, ambos deberán librar las batallas por las primarias (elecciones) y caucus (asambleas partidarias) contra los otros candidatos de sus respectivos partidos. En ellas no se eligen aspirantes sino delegados a las convenciones partidarias que serán los encargados de proclamar al candidato oficial, y que tendrán lugar el 18 de julio, para republicanos, y el 25, para los demócratas.

 

Contendientes
En las convenciones gana quien suma más delegados, aunque no surjan siempre directamente de la elección sino también de las alianzas con los derrotados (que aportan sus delegados) y, principalmente, del beneplácito de la conducción partidaria, que define el juego con los llamados «superdelegados», designados a dedo y sin ser sometidos a votación. Allí es cuando el candidato debe acordar no solo con la superestructura sino, principalmente, con los «sponsors» del partido, las facciones del capital que arropan a cada agrupación.
En el caso de los republicanos, Donald Trump se ha ubicado a la derecha del espectro partidario, si eso es posible. Desde allí confronta con el senador texano Ted Cruz (nacido en Canadá e hijo de un cubano y una estadounidense), un burócrata del partido alineado y bendecido por el Tea Party y enfrentado a la conducción patidaria. Cruz inicia y cierra sus actos de campaña con una oración religiosa.
Lo sigue de cerca Marco Rubio, un joven senador por Florida de 44 años, que es la esperanza del establishment partidario tras los fracasados intentos republicanos por hacer despegar las precandidaturas del exgobernador de Florida, Jeff Bush (hijo y hermano de los expresidentes), y del gobernador de Ohio, John Kasich, que se presenta todo el tiempo como un moderado capaz de hacer equilibrio entre las provocaciones de Trump, el fundamentalismo religioso de Cruz, el pasado familiar de Bush y las inconsistencias que viene mostrando Rubio.
Por sobre todos ellos, y otros seis que ya abandonaron la carrera en febrero, se impone Donald Trump, que en el centro de la escena política marca la agenda y orienta el debate hacia el miedo y la violencia. Propone construir un muro a lo largo de la frontera mexicana, bombardear sin límites a Estado Islámico, expulsar o encarcelar a los musulmanes y deportar a México a todos los inmigrantes ilegales latinoamericanos. Cuanto más brutales son sus discursos, paradójicamente, más crece en las encuestas.
En el terreno de los demócratas, Sanders pone en apuros a Hillary Clinton, ex primera dama, exsenadora, excanciller de Barack Obama y, para muchos, la candidata con mayor preparación y experiencia de ambos partidos para acceder a la presidencia de Estados Unidos.
Hasta la irrupción de Sanders, quien hizo su carrera como independiente y se afilió al Partido Demócrata hace apenas un año, Hillary Clinton, de 68 años, era la favorita indiscutida y contaba con el respaldo explícito de grandes medios de comunicación, conglomerados empresarios y, principalmente, el ratificado aval de Wall Street, que fue su principal soporte político y el de su marido, Bill Clinton.
Hillary Rodham Clinton tenía los apoyos y los millones para unas primarias apacibles que se opacaron cuando un socialdemócrata romántico de 76 años con un puñado de dólares juntado en colectas individuales y millares de militantes que salen a las calles a convencer votantes cara a cara, le impuso una agenda de la vida cotidiana para discutir las injusticias y problemas de las personas y no los grandes temas internacionales. Y a Hillary no le queda otra que estar de acuerdo.

 

Wall Street
«Los estadounidenses ven cómo hay jóvenes encarcelados por consumir marihuana, mientras los ejecutivos de Wall Street firman acuerdos extrajudiciales multimillonarios sin dejar registro de su historial delictivo. Queremos una revolución que traiga un gobierno que nos represente a todos y no solo a los ricos», proclamó Sanders antes de las primarias de New Hampshire, en las que aplastó a Hillary por 60% a 40%.
A diferencia de los republicanos, donde los sondeos de intención de voto vaticinan amplias posibilidades de triunfo para Donald Trump, en los demócratas, por el contrario, las cosas no están tan claras. Antes de las primarias, Hillary se imponía al final del camino con una diferencia de 70% a 30%, pero ahora las encuestas demócratas muestran que ambos candidatos disputarán voto por voto, con un final impredecible. La cadena Fox News, que apoya a Trump, difundió en febrero una encuesta nacional propia en la que Sanders se imponía por 47% a 44% sobre Clinton. El sondeo registró un crecimiento de 10 puntos en el primero y una caída de 5 en su rival, respecto del resultado medido en enero. Otras consultoras mantenían a Clinton al frente por márgenes ajustados.
La potente irrupción tanto de Sanders como de Trump tiene desconcertados a los opinadores de la realidad política estadounidense, que se encuentran ante una dinámica que no percibieron ni vieron venir. Igualmente, en general crece el consenso casi obvio de que este fenómeno es consecuencia de 8 años de una crisis económica que ha ahondado la injusticia social y la marginalidad.
En el marco de la pobreza creciente, hacia la derecha los analistas perciben un malestar social profundo ante las consecuencias de los cambios demográficos que han transformado a Estados Unidos en un país menos blanco y más mestizo.
«La mayoría de los hombres y mujeres blancos, los WASP (blanco, anglosajón y protestante, por su sigla en inglés), se sienten muy enojados cuando dicen que el liderazgo mundial de Estados Unidos y el sueño americano ya no son lo que eran», interpreta el director de la revista Esquire, Richard Dormenz. Y justifica su conclusión citando una encuesta realizada con la cadena NBC, según la cual el 40% de las personas están molestas con la situación del país, cifra que se eleva al 58% entre los WASP.
En el universo potencial de los demócratas, el enojo no se dirige hacia la ruptura de los valores nacionales sino a cuestiones concretas, como las causas de una pobreza que trepó al 20% el año pasado, la extrema precarización laboral, los salarios basura y el impune dominio del sistema financiero por sobre el conjunto de la sociedad. Y allí reside parte del triunfo de Sanders, que logró identificar claramente a Hillary Clinton con Wall Street.
Ambos, por ahora, se dividen el voto de las víctimas de la desigualdad. Sanders obtiene más del 70% de las adhesiones entre menores de 30 años mientras que Clinton asienta su popularidad entre los latinoamericanos y los afroamericanos. Sanders saca una nariz de ventaja porque cuenta con una pequeña mayoría a su favor entre las mujeres trabajadoras, que miran con buenos ojos sus promesas de aumentar la licencia por maternidad y garantizar el derecho al aborto.
Mientras ese escenario se desarrolla, hay un tercero que mira y espera un desenlace que, en su estrategia, lo puede llevar derecho a la Casa Blanca sin atravesar la picadora de carne de las primarias. Se trata del empresario de medios y finanzas y exalcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, quien se inscribió como candidato presidencial independiente por fuera de los dos grandes partidos nacionales.
Bloomberg apoya y alienta abiertamente las candidaturas de Donald Trump y Bernie Sanders a la espera de que, parados ambos en los extremos partidarios (como virtuales «wines» en un equipo de fútbol), logren alcanzar la proclamación por los partidos Republicano y Demócrata, respectivamente. Con un conservador bien a la derecha y un demócrata bien a la izquierda, el carismático financista se lanzará a correr por «la ancha avenida del medio» estadounidense, rumbo a un destino que percibe como inexorable.

Alejandro Pairone