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Como lo demostraron Julian Assange y Edward Snowden, todos somos vigilados por los servicios de inteligencia de EE.UU. Un conflicto que pone en juego los derechos de millones de usuarios.

Washington. Protestas contra el intento del gobierno de quebrar la seguridad del teléfono de Apple. (Richards/AFP/Dachary)

El 2 de diciembre de 2015 un empleado del Departamento de Salud de San Bernardino, California, asistió a una celebración laboral junto con su esposa. Luego de charlar con los colegas y tomarse unas fotos, ambos comenzaron a disparar sus fusiles y pistolas semiautomáticas. Se llamaban Syed Rizwan Farook y Tashfeen Malik. Ambos murieron horas más tarde tras una persecución. Durante los meses siguientes se supo que actuaron solos, que habían dejado a su hijo al cuidado de una abuela y todos los detalles de su vida. El caso pareció así resuelto. Sin embargo, un año después el ataque está siendo utilizado como munición entre los que creen imprescindible sacrificar la privacidad para mejorar la seguridad y quienes piensan que estas dos variables no son dos caras de la misma moneda.
El fundador de Wikileaks, Julian Assange, lleva años publicando filtraciones de empresas, gobiernos y servicios de inteligencia de todo el mundo. Siempre insistió particularmente en el trabajo conjunto entre el gobierno estadounidense y las grandes corporaciones a las que confiamos nuestros datos como Google, Yahoo!, Microsoft, Apple, empresas telefónicas y fabricantes de hardware, entre otras. La sospecha instalada se transformó en certeza gracias a las evidencias reveladas por Edward Snowden, un exempleado de la National Security Agency (nsa), quien proveyó detalles concretos sobre cómo funciona esta colaboración y dejó claro que prácticamente todas las comunicaciones digitales del mundo son monitoreadas por los servicios de inteligencia con la ayuda de estas empresas.
El presidente de los ee.uu., Barack Obama, tuvo que defender un sistema que parecía escapar a su control al decir que: «No se puede tener un 100% de seguridad y un 100% de privacidad». Luego agregó que los norteamericanos podían estar tranquilos porque solo se espiaba a extranjeros, tal como indica la ley de ese país. La declaración no cayó bien entre las corporaciones estadounidenses. Incluso el creador de Facebook, Mark Zukerberg, le tiró las orejas ironizando «Maravilloso: esto ayuda mucho a las compañías que intentamos trabajar con gente de todo el mundo». Así es que la colaboración entusiasta o resignada de las empresas comenzó a resentirse cuando los avances sobre la privacidad afectaron el corazón de su negocio.
El atentado de San Bernardino es el punto donde confluyen estas (y otras) tensiones: ¿Qué es lo que ha ocurrido concretamente? El detonante fue un pedido del fbi a la empresa Apple para que rompa la seguridad del iPhone 5c que pertenecía a Syed Farook y así acceder a la información encriptada en él. La respuesta de la empresa fue que para abrir un teléfono sería necesario crear una llave maestra para todos los celulares y según el ceo de Apple, Tim Cook, tal software sería el equivalente a «un cáncer» al servicio no solo del fbi sino también de hackers con malas intenciones.
Tanto Snowden como Assange insisten en la necesidad de encriptar toda la información, es decir, procesarla mediante un sistema matemático que la desordena y permite que la lea solo quien tenga la clave correspondiente. La encriptación se consideraba un arma de guerra y solo recientemente se autorizó el uso civil, aunque, se supo por filtraciones, se implementaron sobre todo aquellas que los servicios de inteligencia estadounidenses sabían cómo romper. Los celulares de Apple usan, al parecer, sistemas de encriptación que aún no han podido quebrarse.
En casos anteriores, las empresas fueron obligadas por los servicios de inteligencia a ceder información en forma secreta gracias a leyes que así lo permiten. En esta ocasión y por ser parte de un caso judicial público, la cuestión se transformó en una polémica nacional. Cook sostiene que llegó el momento de dar un extenso debate en el Congreso sobre la privacidad y no una respuesta apurada, como ocurre ahora, cuando su corporación sufre una presión judicial y social brutal para «traicionar» a sus clientes.
A juzgar por la carta abierta a sus usuarios donde Apple explica los riesgos implícitos de aceptar la presión, están dispuestos a dar la batalla: «El gobierno podría extender esta fisura en la privacidad y exigirle a Apple que construya un software de monitoreo para interceptar tus mensajes, acceder a tus registros de salud o datos financieros, rastrear tu ubicación o incluso acceder a los micrófonos de tu celular o cámara sin que lo sepas», dice uno de los fragmentos más claros. De hecho, todo esto ya ha ocurrido con varias empresas y dispositivos, como ha dejado en claro Snowden. De alguna manera, Apple aprovecha este caso para usarlo como una campaña de marketing que le permita reposicionarse como una empresa ética, progresista y que defiende a sus clientes, algo que no venía ocurriendo entre las corporaciones digitales.

 

Versus resto del mundo
No deja de ser llamativo el escaso o inexistente rol que han tenido los otros países en este escenario. Pese a las evidencias de espionaje contra figuras del nivel de la canciller alemana, Angela Merkel, los presidentes de Francia, François Hollande, y de Brasil, Dilma Rousseff, las respuestas externas a estos controles sobre la información han sido tibias y poco concretas. El mundo es un espectador de esta y otras disputas que se dan entre corporaciones, servicios de inteligencia, organizaciones de la sociedad civil y otros actores que afectan al mundo pero se dirimen exclusivamente bajo el sistema judicial y los intereses de los ee.uu.
China, país particularmente celoso de su control sobre el mundo digital, se niega a comprar hardware de los ee.uu., a utilizar software cerrado y corporativo en sus máquinas o incluso a permitir el uso local del buscador Google o redes sociales como Twitter o Facebook, a las que ve como grandes aspiradoras de información. En Latinoamérica, luego de las airadas protestas de Rousseff y cierto esfuerzo por avanzar en la soberanía digital, hay señales de un cambio de tendencia política general hacia una posición complaciente pero peligrosa.
La posición de Apple ha sumado un actor de peso a la disputa contra quienes creen que privacidad y seguridad son valores en conflicto. Esto ha permitido a la sociedad comenzar a discutir poco conocidos informes de la Comisión de Control de las Libertades Civiles de la Casa Blanca, los cuales indican que el monitoreo masivo no ha servido para prevenir prácticamente ningún ataque. De hecho, durante los atentados de Francia de 2015, los terroristas utilizaron sms comunes, pero eso no impidió que se realizara. La razón para tanto interés en el monitoreo masivo parece ser, además del espionaje y el acceso a información estratégica, mantener un negocio que mueve cerca de 150.000 millones de dólares anuales según expertos como Ronald Deibert, de la Universidad de Toronto.
Este es el tipo de información que debería circular en un debate serio. Sin embargo, en un país donde se vienen sacrificando libertades civiles sistemáticamente desde el atentado a las Torres Gemelas, no es seguro que la posición de Apple salga victoriosa. Tim Cook, como un inesperado Quijote del discurso, intenta demostrar que privacidad y seguridad no son variables que se determinen mutuamente pese a una fuerte campaña que construye el sentido común inverso. No es seguro que sus compatriotas lo escuchen entre tanto ruido.

Esteban Magnani