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La cara invisible de la democracia

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Silenciosos, anónimos, discretos, registran a mano los discursos y debates legislativos. Avatares de un oficio en extinción y de un grupo de testigos privilegiados del devenir político argentino.

 

Fidelidad. Los taquígrafos convierten el lenguaje oral en un texto escrito que puede ser leído por cualquier ciudadano. La transcripción es meticulosa y se hace en tiempo real. (Guido Piotrkowski)

Son un pequeño grupo de profesionales silenciosos, discretos como escribanos y con una capacidad de escucha que les envidiaría Lacan. Constituyen la cara invisible de la democracia: su trabajo es tomar notas de todo, y en plena revolución digital, a mano. Todo lo que dicen los representantes de los ciudadanos que debaten ideas o hacen propuestas; todo lo que se gritan cuando discuten o pelean en las legislaturas. Su base de operaciones natural es el Honorable Congreso de la Nación, pero además de en las cámaras de diputados y senadores, también trabajan para la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires, las de los diferentes partidos bonaerenses y, por supuesto, en las cámaras de diputados provinciales de todo el país. En Buenos Aires son poco más de un centenar; en el resto del país, otros tantos. Y si bien su lector natural, el público al que se dirigen en primera instancia, es mínimo en cuanto a número, tienen el impresionante deber de no equivocarse nunca, porque una transcripción errada puede ser motivo de controversia en algo tan sutil, discutible y de consecuencias tan dramáticas para la sociedad como el espíritu de las leyes.
«La taquigrafía es consustancial al régimen republicano de gobierno. La Constitución de los Estados Unidos, que sirvió de modelo a la argentina, dice que el Senado y la Cámara de Diputados deben publicar las sesiones porque eso hace a la transparencia de las acciones de gobierno. Se pueden grabar o filmar pero hace falta que en el Diario de Sesiones figuren escritos los proyectos originales, el debate parlamentario y la sanción final, con o sin modificaciones», explica Guillermo Castellano, director del cuerpo de taquígrafos de los diputados de la Nación, que hace 42 años trabaja en el Congreso. «Es muy común que los jueces lo pidan cuando se presentan casos de discusión acerca de la constitucionalidad de las leyes», ejemplifica.
Al frente de una pequeña tropa de 50 taquígrafos, Castellano no solo es el responsable último de que sea fiel la transcripción de lo discutido en las cámaras sino también en las 60 comisiones donde los legisladores debaten las leyes que luego bajarán a sancionar –o refutar– en el recinto. La oficina donde trabajan contrasta, con su treintena de pantallas de computación donde las sesiones son transcriptas siempre entre dos personas, con los altos cielorrasos y las paredes de columnas con capiteles del edificio más grecorromano de la ciudad de Buenos Aires. Ahí se alternan doce parejas compuestas por un primer y un segundo taquígrafo que Castellano va rotando con la eficacia de un entrenador para cubrir la totalidad de los discursos y debates haciendo que los tomen de a cinco minutos por pareja. Solo eso. Cinco minutos y rotan. Luego, una hora para pasar puntillosamente en limpio lo que tomaron en esos cinco minutos. Y vuelta al recinto a anotar de nuevo en sus libretas o cuadernos.

 

Errores y chicanas
«A 180 palabras por minuto, cinco minutos equivalen a tres o cinco carillas. Y no se trata de trasladar automáticamente lo que escucharon. No. Lo que hacen es llevar el lenguaje oral a un texto escrito de prolija lectura», explica Castellano. Modismos, reiteraciones y muletillas quedan fuera de la versión final, y a veces también las chicanas que forman parte de la retórica política. «Tanta meticulosidad a veces nos hace cometer errores», reconoce por su parte Carlos Di Cola, subdirector del cuerpo de taquígrafos del Senado, que lleva la misma cantidad de años trabajando en el Palacio Legislativo que su colega. «No hace mucho, un senador mencionó mal un apellido de un funcionario. El taquígrafo lo corrigió en su versión. Pero después un senador rival se agarró de ese error para hacer un comentario irónico. En la versión final el error nunca figuró. Y los que quedamos mal fuimos nosotros», dice abochornado. «Nosotros, que somos los fedatarios de lo que pasa en las sesiones».

Diputados. En el recinto se alternan cada cinco minutos doce parejas de taquígrafos. (Guido Piotrkowski)

Como en el Senado hay menos taquígrafos (son 36), que también cubren lo que se discute en las sesiones y en las comisiones, no se trabaja en parejas sino con el auxilio de grabadores. En esto se asemejan a la metodología que utilizan sus pares de países como Italia, pero no de España o Alemania, donde la transcripción sigue siendo exclusivamente manual. En los Estados Unidos combinan la toma de apuntes a mano con un aparato tecnológico de aspecto rudimentario pero irremplazable: el estenotipo. «El estenotipo es una especie de máquina de escribir simplificada, que en lugar de todas las letras dispone de ocho o diez teclas con las combinaciones fonéticas base. Esto permite transcribir lo que se dice en tiempo real», señala Castellano, pero reconociendo que hoy en día son tan caros (pueden costar cerca de 8.000 dólares) que ni siquiera se considera reponer los pocos que quedan en uso todavía.
Para ser taquígrafo se puede tener cualquier profesión: lo único necesario es escribir rápido, capturar los conceptos al vuelo y nunca tergiversar. Al Congreso entran a trabajar cobrando el sueldo de planta básico (categoría 5), que ronda los 20.000 pesos por mes. Así, sin ser escribanos públicos ni jueces, ni políticos ni necesariamente abogados, en las biromes o lápices de estos hombres (hay pocas mujeres taquígrafas) se encuentra la médula o, si se prefiere, el reaseguro de la democracia. Para entrar a trabajar se debe concursar y presentar antecedentes para el cargo. Sin embargo, la falta de voluntad política y la ausencia de lugares de formación han hecho que no se renueven los puestos desde hace tiempo y que, sostenido hoy por personas que rondan un promedio de edad de 40 años, el trabajo del taquígrafo se haya convertido en un arte que se transmite de padres a hijos, o a lo sumo entre familiares que lograron entender su importancia a tiempo y se capacitaron.
Un paliativo, en suma, que no impide que el eslabón paradójicamente más secreto y esencial del entramado social, que es el registro fidedigno de la verdad, hoy se encuentre, según coinciden todos los entrevistados, «en peligro de extinción».
Por su perfil siempre bajo pero de invariable observación profesional, los taquígrafos se han convertido en los testigos privilegiados del devenir político. Resulta fascinante oírlos entonces resumir, en pocas y precisas palabras, los avatares de los últimos 40 años de la política argentina. «En la dictadura, los militares hacían una especie de farsa del Congreso: invitaban a algunas personas y las hacían intercambiar opiniones sin ningún peso real. Cuando se enteraron de que había taquígrafos les interesó que esos encuentros se registraran y nos hicieron cumplir horario de oficina. Así se fue más de la mitad de la gente, que no quería estar sin hacer nada. A partir de Malvinas, cuando se les terminó todo el plan, volvió la democracia y fue una fiesta para nosotros. Al principio era desordenado. Se trabajaba a destajo, pero con una pasión inolvidable. Ahora, con la experiencia legislativa de la democracia, se trabaja más en las comisiones, las reuniones en las cámaras son más previsibles y se cumplen mejor las normas de orden», evalúa Castellano.

 

Tipologías
Castellano resume tipologías (los diputados que hablan a tal velocidad o tan confusamente que nadie quiere llevar el registro de sus notas); destaca actitudes poco habituales (la de la exlegisladora y expresidenta, Cristina Kirchner, «gran oradora y consumidora de los diarios de sesiones»); elogia recursos (los de los radicales Leopoldo Moreau, Marcelo Stubrin o Jesús Rodríguez, «capaces de sostener la palabra durante el tiempo que fuese necesario hasta que llegasen sus correligionarios a dar el quórum para la votación»). Pero también enfoca en el político vanidoso que pide que en la transcripción final se le agregue que hubo aplausos cuando no los hubo; o en el representante de una provincia que utiliza una jerga tan localista que termina siendo ininteligible para los porteños que lo transcriben. El anecdotario de los taquígrafos por momentos se tiñe de rojo: es cuando recuerdan al diputado Rodolfo Ortega Peña, que se despidió en la cámara cuando estaba amenazado y terminó muerto por la Triple A en los años 70. Y también de moderados heroísmos, como el del legendario Lorenzo Cedrola, director del cuerpo de taquígrafos desde antes de los militares hasta después de ellos, que confrontó al contralmirante Enrique O’Reilly con su sola libreta de notas para frenar la manía de aquel de señalar fallas inexistentes en las transcripciones.

 

Del Congreso a la literatura
A veces surgen, entre tantos anónimos transcriptores, algunos que destacan por sus dotes artísticas y logran ir más allá que el resto. Tal fue el caso del hoy antológico Ramón Columba, caricaturista y taquígrafo que dejó el registro en El congreso que yo he visto (1934-1943) de sus perspicaces observaciones. O, en el presente, del escritor Miguel Ángel Tenreiro, taquígrafo en la legislatura de Vicente López y autor de un libro de cuentos, Los taquígrafos y otros relatos, incluido dentro de sus monumentales Obras Incompletas (más de 700 páginas; Gárgola, 2009), cuyo tema es justamente el mundo que conoce como el papel de su libreta de apuntes. «Hace años un viejo taquígrafo que lo leyó me dijo que era la primera vez que veía reflejado el oficio en un texto literario», dice. «Ese cuento toma mucho de las vivencias, de nuestros sentimientos en muy pocas páginas. Y describe la importancia que teníamos y que se va perdiendo frente a la tecnología. Antes estaba únicamente el registro manual, que era palabra santa prácticamente… Y en el libro hay una anécdota inventada, pero con base real, acerca de un legislador que no encuentra lo que ha dicho en la versión taquigráfica posterior. Se reúnen en equipo y el director del cuerpo de taquígrafos sostiene que si el político lo dijo, está. Revisan y lo encuentran. Lo que da pie a una serie de reflexiones sobre la pérdida de jerarquía de las profesiones y oficios calificados. Lo que ha perdido brillo es la excelencia del trabajo individual, sin importar a que se dedique uno. Pero esto va más allá de los taquígrafos. Es lo que nos pasa como sociedad».

Alejandro Margulis