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Hágalo usted mismo

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El movimiento del «Do It Yourself», que se opone al consumismo, se multiplica en el mundo. Desde aprender a tejer hasta construir muebles, todo vale para inventarse un mundo propio. El papel de la tecnología y la relación con la contracultura de los 70.

 

Corte y confección. Coser, tejer, bordar, son algunas de las actividades de otros tiempos recuperadas por las nuevas generaciones de makers. (Kala Moreno Parra)

Si antes el «Llame ya» incitaba a la gente a consumir los más variados productos, ahora la arenga que da la vuelta al mundo es: «Do It Yourself». O sea, «Hágalo usted mismo», «Hazlo tú mismo» o «Hacelo vos mismo». Un fenómeno que promueve el lanzarse a hacer, crear, construir, reciclar.
Lo hecho a mano cobra valor: desde tejer una bufanda o bordar un mantel hasta confeccionar un vestido de novia, desde cultivar una huerta o hacer arreglos en la casa hasta construir muebles. A los talleres tradicionales de manualidades se suman innumerables sitios en Internet que ofrecen manuales o tutoriales de carpintería o de creación de canciones, entre muchos otros, y revistas informativas como Make. En ese sentido, la tecnología es un gran aliado, ya que implica un papel cada vez más activo de los usuarios.
Si bien la movida del diy («Do It Yourself») comenzó décadas atrás en los Estados Unidos, como una forma de rebelarse frente al consumismo –ya que promueve la autoproducción, en lugar del tener que comprar siempre las cosas que se desean o necesitan– y movimientos contraculturales de los 70 como el punk –con su filosofía «hazlo a tu manera», que incluía tanto música como estética propias– la llevaron como estandarte, actualmente, ha ido tomando otras formas. Es, por ejemplo, una manera de diferenciarse, de personalizar objetos o de crear cosas únicas. Y, por qué no, también, una moda.
Para Mariano Fressoli, sociólogo e investigador del conicet y del Centro de Investigaciones para la Transformación (cenit), el diy es «una tendencia cultural que se entrelaza con movimientos de innovación como el movimiento “maker” (que promueve el aprendizaje a través de la experiencia y el trabajo en colaborativo), el software libre (utilizado libremente con cualquier fin y redistribuido con o sin cambios o mejoras) y, más recientemente, la ciencia abierta (información, investigación y difusión de la ciencia accesibles para una sociedad curiosa, aficionada o profesional). Al mismo tiempo, es un movimiento global que crece año a año. La feria anual Maker en ee.uu. convoca a cientos de miles de inventores, amateurs y curiosos. En la Argentina, el movimiento es mucho más pequeño, pero está creciendo y solo en Buenos Aires existen entre 10 y 15 espacios de cultura maker y el fenómeno es visto con bastante interés por organismos gubernamentales y empresas». De hecho, el próximo 24 y 25 de junio se realizará la Buenos Aires Mini Maker Fair, réplica de un festival estadounidense que reúne a artesanos, científicos, diseñadores, ingenieros e inventores, con el objetivo de que ese grupo interactúe y crezca. Esta corriente enfatiza «la obtención y producción de conocimiento en comunidad y el lema diwo (Do It With Others: Hacelo con otros)».

Soluciones a medida
La crisis de 2001 sirvió, a nivel local, como escenario para que miles de ciudadanos organizaran ferias de trueque en las que intercambiaban objetos y servicios o, como dice Fressoli, crearan huertas comunitarias o se dedicaran a la reparación de bicicletas. «Esto significa que existe un reservorio de creatividad, colaboración y movilización muy importante en la sociedad que puede ser canalizado a partir del (“Hazlo tú mismo”. Pero no se trata solamente de un fenómeno reactivo, de supervivencia, sino que más bien es algo global que se relaciona con el deterioro de las condiciones de trabajo, la desconfianza frente a las corporaciones, la pérdida de control ante la tecnología empaquetada y la búsqueda de soluciones locales para problemas urgentes como el cambio climático, la contaminación, la falta de recursos», enumera. «Entonces, en algunos casos, si la gente se encuentra con problemas para los cuales los poderes establecidos no ofrecen una solución clara se abocan a construirla ellos mismos. Y estas soluciones van desde la creación comunitaria hasta las ong que hacen activismo de datos o monitoreo ambiental con herramientas que ellos mismos construyen. En términos globales, más que una reacción frente a una crisis económica, el diy y la cultura maker (hacedora) constituyen la búsqueda de una alternativa frente al modelo industrial-burocrático de producción masiva».

Tiempo y recursos
Hacer cosas manuales en la era digital es visto también por sus cultores como un modo de emplear la creatividad y disfrutar del tiempo de ocio de una forma sencilla y placentera, porque se trata de algo hecho por ellos mismos.
Según asegura en una nota Laura Silva, arquitecta y una de las socias de I do proyect, una página que también es blog, «el éxito internacional del “Hazlo tú mismo” tiene mucho que ver con el cambio de modelo en el comportamiento de compra que vivimos, que se aleja del consumismo voraz de antaño… En las manualidades hay un componente muy importante de customización y creación de objetos únicos que resulta muy gratificante».
Quienes se han dedicado a estudiar este fenómeno sostienen que, en una sociedad de consumo, el diy «expresa preferencias en el uso del tiempo, el dinero y los recursos materiales». Al mismo tiempo, refleja una contradicción, ya que «presupone una decisión sobre qué o cómo consumir». Es decir, «quienes lo practican se oponen y a la vez participan del sistema de consumo y, simultáneamente, rechazan y refuerzan los valores tradicionales». Por otro lado, al usar técnicas de reciclado o de reparación de objetos, promueven el hecho de revalorar y reintegrar. Y al hacerlo, dicen algunos, «se conectan o rescatan su propia historia o la de otros, y sirven como portadores o generadores de recuerdos».
Hay consenso en que el diy es «una práctica, una corriente y un mercado». Y cada vez son más las firmas que incorporan aspectos de este movimiento en sus estrategias comerciales. Por ejemplo, proponiéndoles a sus clientes que elijan el color de las telas para sus zapatillas, u ofreciendo computadoras con configuraciones acordes al gusto de los usuarios. El cliente no solo tiene la razón, sino que sabe lo que quiere y cómo lo quiere: gracias a los adelantos tecnológicos y los programas informáticos, la gente puede hacer más sabiendo menos. Solo se necesita contar con la herramienta adecuada. En suma, hoy, cada individuo tiene a mano la posibilidad de crear sus propios productos.
«Una forma de verlo es que siempre existió una cultura del “Hazlo tú mismo”. La gente reparaba sus propias herramientas o el motor del auto», dice el sociólogo Fressoli, quien es miembro del Centro steps América Latina, red de investigadores preocupados por el desarrollo sustentable de la región. «La diferencia es que ahora, a partir del uso de herramientas sociales, uno puede aprender esto online y bajarse un diseño o instructivos para hacer casi cualquier cosa de manera gratuita en algún repositorio abierto, o ingresar a alguna red social y consultar un grupo de expertos amateurs».  Esto significa que, «aparte de acceder más fácilmente al conocimiento, se pueden construir soluciones en forma colectiva al mismo tiempo que se impulsa la constitución de nuevas comunidades de aprendizaje. Lo interesante del diy, que encarna hoy el movimiento maker, es que ya se trate de un fab lab (lugar de producción de objetos), un hackspace (sitio donde se reúne gente interesada en las ciencias o nuevas tecnologías)  o un espacio maker (de hacedores), uno se puede encontrar, aprender de y colaborar  con arquitectos,  diseñadores,  artistas, expertos en electrónica, programadores o, simplemente, con gente que sabe de jardinería y quiere mejorar el sistema de riego en su huerta. Esto convierte a estos espacios en auténticos laboratorios de experimentación y creatividad. La gente aprende a utilizar una tecnología, a desarrollar su propia solución, y durante el proceso también se empodera y comprende el valor de la colaboración abierta y la producción compartida. En conjunto, estos valores y esta visión particular de la tecnología es muy potente, porque se muestra autónoma frente a prácticas y poderes establecidos. Para mí el punto es qué efectos tienen estos valores en la práctica y cómo pueden cambiar la dinámica social». ¿Habrá que esperar para saberlo?

Francia Fernández