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El club de la pelea

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Una vez por mes, en una entidad deportiva de Castelar, un torneo de luchadores convoca a fanáticos del kickboxing y el muay thai. Niños, mujeres y familias enteras pasan el domingo alentando a sus favoritos, mientras recrean el viejo ritual del encuentro.

 

Kickboxing. El público observa atento uno de los 200 combates, amateurs y profesionales, que se realizan en cada jornada.

Si alguien escuchara por primera vez el nombre El club de la pelea aplicado a un evento cuya principal atracción transcurre en un ring tipo jaula, sería lógico que imagine algo similar a la emblemática película de David Fincher con Brad Pitt y Edward Norton, mezclado con las peleas de vale todo: sangre, violencia y un público iracundo y desenfrenado que pide más. Si asistiera, en cambio, al encuentro en cuestión, se encontraría con algo bastante distinto. En el Club Argentino de Castelar, provincia de Buenos Aires, familias enteras pasan una vez al mes todo el domingo en uno de los acontecimientos más importantes de artes marciales de la Argentina.
Todo se inició hace quince años. Mario Gastón Chávez, excampeón sudamericano de boxeo, era entrenador en el gimnasio de Cristian Serpiente Bosch –una leyenda local que tiene cuatro títulos mundiales en su haber–. Cuando éste llevó a tres de sus luchadores a una pelea, viendo la cantidad de público que arrastraban, Chávez le preguntó por qué no organizaba él mismo un torneo. Así fue como, en 2001, Bosch concretó el primer Club de la pelea en el boliche Studio Bar. Un par de años después, el Club se mudaría definitivamente al Club Argentino de Castelar.
Allí se dan cita entre cincuenta y cien dojos (sitios de práctica de artes marciales) para presentar a sus luchadores en un encuentro que incluye entre 150 y 200 peleas –entre amateurs y profesionales, en kickboxing, muay thai y mma (Mixed Martial Arts)–. Desde hace cinco años, Bosch sumó como socio a Leo D’Andrea. «La idea, desde que nos juntamos, siempre fue hacer algo que sea para toda la familia –dice–. Hoy vienen hasta las abuelas, que se ponen a gritar y nos saludan porque ya nos conocen».
Haciendo un poco de historia, cabe recordar que entre la década del 70 y finales de la del 90, numerosos clubes sociales y deportivos cerraron sus puertas en la ciudad de Buenos Aires. Lo mismo ocurrió con las salas de cine y las sociedades de socorro mutuo. Fabiana Solano, socióloga, periodista y fotógrafa, explica que «la explosión del fenómeno de los clubes sociales en la Argentina se produce a partir del Estado de bienestar, entre las décadas del 50 y 70, cuando fueron creados para generar vínculos entre el Estado y la familia. Ya en los 80, luego de la última dictadura cívico-militar,  en un contexto de apertura democrática y florecimiento de la vida pública, la construcción de gran cantidad de instalaciones para el deporte, la recreación y la actividad deportiva y cultural en los barrios tuvo que ver con un amplio proceso de crecimiento de la participación ciudadana en los asuntos públicos».

Enemigos íntimos. Lucha de MMA
en Jaula.

Quizás más de uno pueda objetar el carácter violento de estos deportes. Para Solano, «sin dudas el de los clubes de lucha en todo el mundo representa un fenómeno a descifrar que no podría definirse como espectáculo, sino como el rescate y la revalorización de la cultura del encuentro. Y cuando hablo del encuentro me refiero a que quienes participan no se comportan como meros espectadores sino que forman parte constitutiva del espacio».
Son las seis de la tarde de un domingo de verano y el Argentino de Castelar explota de gente. Una larga fila se forma para ingresar. El bar del club también está repleto.
Al principio empapelaban Morón con afiches. Hoy en día, más allá de los avisos en revistas y otras publicaciones, toda la promoción se hace a través de redes sociales. Aun así, el lugar está siempre lleno.
Los domingos en que hay Club de la pelea, la cancha de voley se transforma y ofrece tres secciones con combates: Ring, Área y Jaula. En Área compiten juveniles e infantiles; Ring incluye kickboxing, boxeo y muay thai; mma y las peleas principales ocurren entrada la noche en Jaula.
Dentro del estadio, dos personas del público, un hombre y una mujer, charlan. El hombre cuenta que su hijo siempre le pide venir desde temprano, «así que estamos desde las dos de la tarde. Le encanta». Otros sacan el mate. Algunos entran y salen durante la jornada, van al bar, comen algo y vuelven. Hay una madre amamantando a su bebé. El conocido locutor y periodista de box y artes marciales Leandro Randolini anuncia una pelea tras otra.
No falta el clima de hinchada, de festejos y ánimos caldeados, como en una de las peleas principales por el título semipro de kickboxing. En la Jaula pelean Alexis Chaves y Luciano Burroso. El primero empieza imponiéndose, pero Burroso empareja y, eventualmente, los jueces determinan que por puntos el ganador es Burroso. Ahí, la familia de Chaves considera que le han robado el resultado y el título al suyo.
Sin embargo, una secuencia transcurre en paralelo a los insultos a uno de los jueces. En el ring, inmediatamente después de festejar la obtención del título de campeón, Burroso toma de un hombro a Chaves antes de que se retire. Le pide un saludo y, para ello, se arrodilla y se inclina ante él. El otro responde con el mismo gesto. Cuando Chaves se retira de la Jaula, un chico corre hacia él y le pide un autógrafo y una foto. Viene de ser derrotado por poco en una pelea dura y desgastante, pero se detiene, firma y sonríe para la cámara junto al niño.

 

Teoría y práctica
La jornada termina alrededor de la medianoche, pero algunas noches se extiende hasta la una. Gran parte del público se ha retirado para ese entonces, pero siempre están los que se quedan hasta el último combate.
El mentor del Club de la pelea tiene la intención de retirarse en 2016, luego de un combate por el título mundial de kickboxing. De conseguirlo, sería su quinto título y un récord sudamericano, después del cual pasaría a dedicarse por entero a su labor de entrenador. Es que el dojo es no solo la principal fuente de ingresos de Bosch, sino también algo esencial para entender al Club de la pelea.
Para Solano, «sobre la base del respeto, la moral, el compañerismo y el autocontrol, que constituyen elementos fundamentales en la carrera o práctica de un luchador o un deportista, se establece un orden simbólico, una rutina y ciertos patrones de comportamiento colectivos que son sostenidos en un tiempo y espacio determinados por los sujetos sociales que participan del encuentro».

Todos y todas. En Área pelean las categorías femeninas, juveniles e infantiles.

Entre los dojos que asisten al club, todos se conocen. Varios, incluso, han sido alumnos de Bosch. Serpiente empezó lo que sería eventualmente su dojo dando clases hace ya mucho tiempo. Comenzó con cuatro alumnos en el garage de su abuela, para más tarde pasar a un gimnasio. Hoy, a veces, da clase para sesenta alumnos a la vez. Algunos buscan convertirse en profesionales, otros simplemente llegan a las artes marciales con objetivos recreativos, «me gusta que venga el tipo que es grande de edad, que piensa que no puede, y que finalmente pueda». Bosch cuenta que, recientemente, viendo una vieja foto de estas clases multitudinarias reconocía a un zapatero, a un bicicletero, a un psicólogo. Varios de ellos hoy han salido campeones o se han volcado a la docencia.
Vivimos en un mundo, concluye Solano, donde «Zigmunt Bauman define una característica del devenir de la sociedad contemporánea como “líquida”, es decir donde las relaciones e identidades no son sólidas, sino que varían, se transforman». Sin embargo, «al mismo tiempo, como reacción a situaciones de ambigüedad e incertidumbre crecientes, somos testigos de la reproducción de este tipo de espacios de identidad colectiva, de comunidad, que fortalecen los lazos corporales».

Diego Braude

Fotos: Facundo Nívolo