Humor

En el bar. Entusiasmo

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Mesa de bar, los de siempre, los de cada vez. Pedro entra, casi eufórico.
–¡Muchachos, estoy entusiasmado!
–¿Qué te pasó? –ese fue Enrique, claro–.  ¿Te llegó la boleta de la luz con menos del 1.000% de aumento? ¿El nuevo precio de los cigarrillos te sacó la adicción de repente? ¿No te mandaron ningun telegrama de despido?
–Enrique, pará. Con tantas preguntas, Pedro se va a volver loco y  va a repetir todo el tiempo ¡«lazarobáez, lazarobáez, lazarobáez»! ¿No viste que hay una epidemia de eso?
Pero Pedro estaba en otra cosa.
–¡Conseguí laburo! ¡Mañana empiezo en un taller!
–¡Qué bien!– Luis, siempre apoyando.
–¿Taller de qué? –pregunta Enrique– Porque como estan las cosas, la mayoría de los talleres están cerrando. –¡Eso será en tu visión de la realidad, que te quedaste en el 2014! –insiste Pedro– pero yo vivo en la revolución de la alegría.
–Y decime, en ese taller… ¿qué se fabrica?
–Nada.
–¿Nada? Entonces, ¿qué se repara?
–Nada.
–¿Nada? Che, no será un taller literario, ¿no? –Enrique la sigue.
–¡Pará!, me gustarán los globos amarillos, pero no como vidrio… ¡Nada que ver!
–Y, entonces, ¿por qué estás tan entusiasmado?
–Justamente, porque empiezo un taller… de entusiasmo.
–¿Lo qué?
–¡Pará, Enrique! –este fue Juan– Seguro que Pedro habla de esos talleres que va a hacer el gobierno para podamos ver la vida un poco más… amarilla.
–Bue… y decime, Pedro, ¿vos de qué vas a trabajar ahí?
–Voy a trabajar mis inquietudes, mis miedos, los traumas y fantasías que me impiden desarrollar la alegría por culpa del melodrama. ¡Quiero llegar a ser un mero!
–¿Un qué?
–Un mero.
–¿Un Homero? ¿Un gomero? ¿Un romero? ¿Un remero?
–No, un mero, un mero… los meros son los que gobiernan en la meritocracia. No hace falta ser sabio: los sabios, meditan; los meros, meritan, y las personas, que suelen ser «meros aspiracionales» los votan para que, meramente, gobiernen.
–Che, en ese taller, ¿por lo menos pagan bien?
–Sí, pagamos bien.