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Oficios terrestres

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Ocurrido en el marco del terrorismo de Estado, el crimen del escritor continúa impune. Su obra abarca novelas, cuentos y obras de teatro, y lo ubica entre los autores más destacados de su generación. Una vida entre la literatura y el compromiso político.

 

El tío estuvo haciendo trote en la largada una hora antes de la partida. Tenía puesta una camiseta de frisa con el número 14 pintado en la espalda y unos pantaloncitos negros y las zapatillas de badana y cuando el viejo Pelice disparó la bomba de estruendo, el tío pegó un tremendo salto y gritó y salió a los trancos, plaf, plaf, plaf». El tío representa una imagen muy típica de Haroldo Conti, cuya memoria descansa a la sombra del álamo carolina de la región pampeana, en el interior profundo de la provincia de Buenos Aires. De allí, de Chacabuco más precisamente, salió ese escritor notable nacido en 1925 y cuya desaparición en manos del terrorismo de Estado, de la que se cumplen 40 años, sigue estando impune.
Algunos estudiosos de su obra lo ubican en la denominada «generación del 55», integradas por escritores que comenzaron a publicar luego del golpe de Estado que puso fin a la presidencia de Perón, un dirigente con el que Conti no simpatizaba. Sí lo hacía su padre, el «Pelado» Conti, con quien de joven Haroldo recorría los campos para cazar perdices y liebres con una escopeta Baretta. Así lo evoca el escritor en su último cuento, «A la diestra», el único rescatado de su última producción: estaba en la máquina de escribir, en su casa de la calle porteña de Fitz Roy, esa fatídica noche del 4 al 5 de mayo de 1976. Testigo del hecho, su mujer, Marta Scavac, le imploró a los verdugos que no se llevaran esas hojas.
El escritor publicó –además de textos y relatos sueltos, una primera novela corta, La causa, en 1960, y hasta un par de obras de teatro– tres volúmenes de cuentos (Todos los veranos, Con otro gente y La balada del álamo carolina) y cuatro novelas (Sudeste, Alrededor de la jaula, En vida y Mascaró, el cazador americano), que lo consagraron como uno de los más grandes autores argentinos, aunque no lo situaron en el canon establecido. Su mundo no era el de los salones, ni el de las bibliotecas, ni el del ambiente «intelectual», categoría que rechazaba, sino el cotidiano mundo de sus amigos, afectos, compromisos y solidaridades.
Tuvo numerosos oficios y estudios (camionero, bancario, seminarista, Filosofía y Letras, navegante y náufrago, maestro rural, profesor de Latín) antes y después que el de escritor, actividad que para él apenas era una forma de contarse las vidas que no podía llevar, aunque viviera enredándose entre sus prójimos y emergiendo, de tanto en tanto, con libros brillantes, casi todos premiados, traducidos a otros idiomas, adaptados para el cine, el teatro y hasta la música.
Fue un gran amigo de escritores que marcaron a una generación de latinoamericanos, como Eduardo Galeano, Mario Benedetti y Paco Urondo, entre tantos. Tuvo hermana, esposas, hija, hijos. Amaba el Delta, donde tenía una casa que hoy es museo gracias al esfuerzo de muchos lugareños. Lo secuestraron en plena producción literaria y cuando profundizaba su compromiso político, acentuado luego de sus viajes a Cuba en 1971 y 1974 y, también, desde que comenzó a simpatizar con el Partido Revolucionario de los Trabajadores.
Fue crítico de cine en los años 60, luego excepcional cronista de la revista Crisis y, según le contó su hijo Marcelo a uno de sus primeros biógrafos, Néstor Restivo (que con Camilo Sánchez publicó Haroldo Conti, con vida en 1986, reeditado como Biografía de un cazador), estaba trabajando en una radio de la resistencia a la dictadura para la cual habría conseguido equipos, pero que no pudo terminar de montar a raíz del baño de sangre que se derramó en la Argentina