Cultura

Literatura romántica

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Un panorama de las referentes locales de un género que impacta a escala global. Novelas con dosis de erotismo y garantía de final feliz que encabezan las listas de ventas. La afinidad con la ficción histórica y los culebrones televisivos.

 

Ilustración: Pablo Blasberg

Son los libros que más se venden, con un mínimo de 5.000 ejemplares y un máximo que puede llegar a los 100.000 en la primera edición. En la mayoría de los casos, cifras inalcanzables para cualquier otro texto de ficción e incluso para el resto de la producción editorial. Es la novela romántica, un género tan antiguo como la literatura, que se renueva actualmente en la Argentina a través del cruce con el relato histórico y el surgimiento de una generación variada de autoras.
Florencia Bonelli, la «reina de la novela romántica», como se la promociona, encabeza la lista de best sellers. Pero el mercado también reconoce la consolidación de otras escritoras, como Viviana Rivero, Gloria Casañas y la pionera del florecimiento actual del género, Cristina Bajo. Autoras y lectoras se sitúan al margen de los circuitos tradicionales del reconocimiento literario, para tener sus propias redes de circulación y de encuentro, como el Festival de Novela Romántica.
Según explica Julieta Obedman, editora de Penguin Random House Grupo Editorial, los antecedentes se encuentran en la novela histórica de los 80. «En esos textos se recreaba una época, con personajes ficticios o reales. En la vuelta de tuerca que se le dio ahora, el romance y el erotismo están muy explícitos. Estas novelas hablan de sexo, con todos los detalles», dice. El fenómeno es de alcance global, con el impacto de libros que tienen versiones cinematográficas, como Cincuenta sombras de Grey.

 

Las reglas del juego
Obedman es la editora de Florencia Bonelli, a quien conoció en 2005 cuando acababa de publicar Indias blancas. La novela se convertiría en el primer gran éxito de la escritora, al que le siguieron, hasta el momento, dos trilogías (Caballo de fuego y la Trilogía del perdón), novelas para jóvenes y niños y traducciones a varias lenguas.
«Lo que me interesa en una novela romántica es, en primer lugar, que se ajuste al género o que tenga en claro por qué no lo hace. Las autoras románticas no pueden renunciar a un final feliz. Por lo menos es lo que esperan las lectoras, que son el 95% del público: puede haber muchas vicisitudes, y tiene que haberlas, ya que en ese sentido hay muchas similitudes con los culebrones, pero la historia no tiene sentido si no termina bien. Se admiten todos los problemas, pero la condición sine qua non es que los protagonistas terminen juntos», plantea Obedman.
La característica de la novela romántica argentina consiste en su cruce con la historia del siglo xix. La ficción aparece como un espacio donde reconstruir intimidades y episodios presuntamente ocultos en la vida de grandes personajes, en una perspectiva similar a los relatos de no ficción. Florencia Canale, por ejemplo, tomó como tema la relación de San Martín y de Remedios de Escalada en Pasión y traición, que lleva más de 50.000 ejemplares vendidos; las relaciones secretas de Manuel Belgrano en Amores prohibidos y las de Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra en Sangre y deseo.
La actualidad resulta más problemática. «La novela contemporánea romántica tiene que meterse con temas que complican una historia más lineal, como el matrimonio igualitario o el aborto», dice Obedman. El suceso de Cincuenta sombras de Grey, en su opinión, no se explica porque transcurra en el presente, sino por la atracción que provocó la relación sadomasoquista que mantienen los personajes. Así, la historia argentina del siglo xix aparece como «una época muy idealizada, donde las mujeres se comportaban y vivían de una manera diferente». Las ficciones «ponen en escena situaciones a las que las lectoras no podrían llegar, en otras épocas, con gente de mucho dinero o que la pasó muy mal y al final se reivindica; como en las telenovelas, siguen las peripecias de una serie de personajes que construyen un mundo aparte con el que sentirse identificadas y entretenerse».

 

Comunidad de intereses
Las lectoras de novela romántica no suelen leer otro tipo de textos. A su vez, las escritoras del género tampoco están relacionadas con los espacios convencionales de producción literaria. En sus historias como autoras, el momento en que empezaron a escribir significa el descubrimiento de la verdadera vocación: según su biografía, Florencia Bonelli «estudió Ciencias Económicas y se recibió de contadora pública, profesión que abandonó después de leer El árabe, de Edith Hull, libro que la impulsó a dedicarse profesionalmente a la escritura»; Gloria Casañas se desempeñaba como abogada y docente hasta que la participación en un foro de Internet le permitió publicar su primera novela, En alas de la seducción, y dedicarse a lo que hasta entonces era una actividad secreta; Viviana Rivero, también abogada, fue conductora de televisión y coordinadora de grupos «para crecimiento y desarrollo de la mujer».
Gabriela Margall, entre las autoras más jóvenes, también reconoce un recorrido similar. Profesora de Historia, se dedicó a la enseñanza universitaria hasta que la repercusión de sus libros –en particular La princesa de las pampas, con más de 25.000 ejemplares vendidos– le permitió dedicarse exclusivamente a la escritura. En 2006 se presentó en una editorial argentina que buscaba manuscritos de autores de literatura romántica. Conocía el género, aunque nunca se había planteado escribir en ese marco. Ese año, publicó su primera novela, Si encuentro tu nombre en el fuego, ambientada en Buenos Aires a principios del siglo xix, en torno al romance entre un militar inglés y una joven porteña.
«Lo que me atrae es la historia de las mujeres, observar cómo vivían y qué hacían en el pasado», dice Margall. «Uno asume que estaban encerradas en sus casas, pero en las fuentes de la Revolución de Mayo hay mujeres que pelean y que llevan adelante las estancias. Descubrir esos pequeños cuestionamientos a lo dado me encantó». Las heroínas de Margall reaccionan contra esas constricciones: las históricas como Margarita Sánchez de Thompson (protagonista de La dama de los espejos) y las inventadas como Magdalena Ortiz de Rozas, la mulata «princesa de las pampas» que enfrenta a los Colorados del Monte de Rosas.
El recurso a la historia nacional no excluye elementos exóticos, como el mundo árabe en Lo que dicen tus ojos, de Bonelli, o el éxodo cherokee en Por el sendero de las lágrimas, de Gloria Casañas. Otro elemento común es presentar a la pareja con rasgos diferenciados culturalmente: el encuentro del hombre y la mujer aparece como el cruce de idiomas y lugares enfrentados, aunque el amor se impone a los obstáculos, como ocurre con el abogado nazi Martín Müller y Amalia, la joven de origen judío, en Secreto bien guardado, de Viviana Rivero.

 

Sin prejuicios
La novela romántica tiene sus críticos. Las principales objeciones apuntan a que se trata de una literatura menor, que plantea una representación convencional de las mujeres, los hombres y el amor. Margall considera al género dentro de la literatura popular. «Hablar de literatura menor y mayor es establecer jerarquías discutibles. Se puede experimentar y probar los límites, al final se trata de lo que hace cada uno con los géneros. Manuel Puig trabaja en Boquitas pintadas con el folletín, por ejemplo, o Quentin Tarantino con las películas de artes marciales o el western», dice.
«Es así, son propuestas muy convencionales para lectores convencionales», admite Obedman. La editora agrega: «No es literatura experimental, no propone nada nuevo. Los géneros tienen parte de convención y parte de renovación. La novela romántica sigue proponiendo un modelo heterosexual. Hay que pensar en un lector convencional que busca ese tipo de historias y vive así, no me parece nada censurable».
También hay márgenes para el riesgo. «Graciela Ramos propone personajes totalmente incorrectos», ejemplifica Obedman. «Hace una especie de realismo sucio pasado a la novela romántica. Son personajes con problemas, que complican sus vidas y trasgreden un poco las reglas del género, aunque por supuesto que la historia termina bien».
El interés del público por nuevas versiones de la historia nacional parece otro antecedente de la difusión de la novela romántica. El erotismo como recurso era impensable en las novelas de Corín Tellado, que marcaron un modelo narrativo hasta un pasado reciente. «Los géneros son herramientas para contar historias y se van alternando», dice Obedman. «La serie Millenium, de Stieg Larsson, por ejemplo, renovó el policial con una pareja protagonista muy interesante: un periodista y una hacker. El romántico vuelve a actualizar el tema del amor, que es ni más ni menos uno de los grandes temas de la literatura».

Osvaldo Aguirre