Cultura

Hora moderna

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Con la new wave recién importada de Europa como punta de lanza, a comienzos de los 80 Miguel Cantilo dejó atrás por un tiempo su pasado con Pedro y Pablo y encabezó la renovación del rock argentino con un par de discos que acaban de ser reeditados.

 

Foto: Télam

 

Son dos discos extraños, malditos, como buena parte de ese iceberg que es la obra de Miguel Cantilo. Su reciente edición en cd sacó algo de esa aura «comercial» y secreta a la vez. A diferencia de otros pasajes ignorados de su discografía –por caso, el genial álbum con el grupo Sur o Apóstoles, el trabajo que registró junto con Jorge Durietz, su socio musical desde los tiempos de Pedro y Pablo, más algunos miembros de La Cofradía de la Flor Solar–, Cantilo y Punch tenía marketing y buscaba impactar con una novedad importada de Europa como era por entonces la new wave. Los discos que ahora por primera vez, gracias a la obstinación de Isa Portugheis y de Piero Carpín,  aparecen en formato digital (Miguel Cantilo con Punch, de 1980; En la jungla, de 1981) están francamente marcados por un espíritu new wave. Espíritu que, digamos, de entrada no cuajó en el imaginario rockero sumido en fundamentalismos de ghetto y en años de una dictadura que alambró al país.
Fue un momento peculiar del rock argentino. Antes de Malvinas y en el medio de una leve apertura agitada por el gobierno de Roberto Viola, muchos de los músicos que habían emigrado buscando aire fresco comenzaron a retornar con información del destape español, del punk inglés, del reggae de los barrios jamaiquinos de Londres. Los que se quedaron también se reformularon. Miguel Abuelo volvió con unos Abuelos de la Nada que eran, ahora sí, una máquina de funk, sexo y latinidad; Pappo trajo data de su paso por Inglaterra, fundó Riff y se uniformó de cueros y tachas espejado en ac/dc y otra bandas; Charly se reconfiguró genialmente después de Serú Girán, y así. Todo se mezcló con los nuevos sonidos y ritmos que salían de los sótanos.

En este marco histórico y cultural hay que escuchar los discos de Punch. El primero, que tuvo difusión a través de la balada  «Adonde quiera que voy», indagaba en ritmos como el ska («La serpiente otra vez»), la demonizada música disco («Cacho palos»), el rhythm & blues («Bien caliente»). Era curioso ver a un hippie como Miguel Cantilo ataviado como el más moderno de la cuadra, rodeado de ex integrantes de La Cofradía de la Flor Solar o de La Pesada como Quique Gornatti, Morci Requena e Isa Portugheis. La edición trae como bonus tracks unas tomas grabadas en Mallorca, en las que destacan «Imperialismo espacial» (letra de Rocambole y música de Requena, un tema que tocaban Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota), el soberbio rock and roll «El jornalero» y «Los muchachos», cada uno con su versión en inglés y en castellano.
El segundo tiene menos afectación rítmica: no pretende ser tan moderno. Tiene un hit que sintonizó con la época y que estalló en Malvinas: «La gente del futuro». Cantilo escaneó el momento con la sintonía fina de «La marcha de la bronca» 10 años atrás y se puso en el centro de la encrucijada: «¿Y dónde está ahora aquel cantor de protesta? /Cantando a los gritos su nueva propuesta». La frase se vació de sentido cuando ocurrió lo impensado: las viejas canciones de Pedro y Pablo comenzaron a crecer y su regreso a los escenarios con Jorge Durietz provocó un suceso irrepetible: el cantor de protesta dejó a un costado su nueva propuesta, mareado en paradojas. Pedro y Pablo asesinó a Punch. Quedaron estos discos, testimonio de una época tan extraña como fascinante.

Mariano del Mazo