24 de enero de 2022

María Luján Acosta es psicóloga transfeminista popular, docente de la cátedra Introducciones a los Estudios de Género de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires y conforma la Red de Psicólogxs Feministas, un espacio que aborda la salud mental desde una mirada de género y antipatriarcal, pero por sobre todo interseccional, entendiendo que es un derecho humano. En diálogo con Acción habló de cómo la pandemia de coronavirus atravesó las diversas subjetividades y del rol que juegan las variables socioeconómicas en la aparición de trastornos mentales.
–¿Por qué es importante analizar la salud mental desde una perspectiva de género?
–No pensemos que género se asocia solo a mujeres, a la comunidad trans o al colectivo no binario; la mirada de género pone en evidencia cómo ciertos modos de construir socialmente, históricamente, institucionalmente y políticamente impactan de manera diferenciada, desigual. Cuando pensamos en factores como la pandemia articulado con salud mental, vamos a observar que según el género el impacto psíquico fue distinto. Pero además, si pensamos en las feminidades, desde el atravesamiento de clase y desde una mirada interseccional, vamos a ver otras diferencias. No fue lo mismo para una mujer profesional, cis, que quizás pudo trabajar desde su casa, que para una mujer pobre.
–¿Qué les pasó a esas mujeres de los sectores populares?
–En los sectores populares las mujeres tenían armadas redes con otras y eso se desarmó completamente cuando comenzó la pandemia, porque el aislamiento hizo que no pudieran ir más al merendero, al comedor o al espacio de militancia. Pero, además, los varones empezaron a estar en las casas, pero no con teletrabajo o ATP (Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción), sino que se quedaron sin la changa y, por los mandatos sociales que operan sobre las masculinidades, tendieron a deprimirse y a ingerir más alcohol, más sustancias y a reproducir más violencia sobre las mujeres. Todo esto tiene un fuerte impacto en la salud mental, que además es un derecho humano.
–¿Cómo operan las variables sociales y económicas en la salud mental?
–La salud mental en un contexto de pobreza y exclusión opera desde una lógica muy patologizante y demonizante. En vez de tener una escucha crítica de cuál es el componente social en el síntoma, se recurre a la medicalización, entonces tenemos un altísimo índice de mujeres de mediana edad hipermedicadas, donde los psicofármacos, el clonazepam sobre todo, circulan como caramelos. Estas mujeres presentan profundos índices de angustia, crisis de ansiedad que se manifiestan con tristeza, dificultades para dormir, taquicardia, están muy enojadas. ¿Cómo no van a estar enojadas si tienen una bolsa de arroz y un kilo de leche en polvo para todo el mes?
–¿Qué pasó con la salud mental de la población trans?
–Históricamente, esta población es expulsada socialmente, marginada, invisibilizada y patologizada. Durante la pandemia dejaron de poder ejercer la prostitución, que para muchas mujeres trans es la única vía de subsistencia. Tampoco pudieron recibir las hormonas, esto trae consecuencias físicas, hay un desequilibrio hormonal. Hasta que se armaron redes de ayuda para sostener a esta población, fue muy difícil. Freud decía que los indicadores de salud mental de una persona son las capacidades de amar y de trabajar. ¿Cómo podemos medir la salud mental de una persona según su capacidad de amar y trabajar si la expulsamos permanentemente? Es cuando aparecen la angustia, el consumo de alcohol y las sustancias ilegales.
