El triunfo de Evo Morales en primera vuelta se asienta en las visibles mejoras socioeconómicas de su gobierno. En medio de resultados no reconocidos por la oposición, el racismo y la violencia contra los indígenas expresan la otra realidad del país.
31 de octubre de 2019

Cochabamba. Frente a una multitud, el mandatario confirmó su victoria por más de 10 puntos en los comicios del 20 de octubre. (STR / AFP / Dachary)
E n Bolivia todo lo que aparenta no es lo que parece. Se da la paradoja de que el libro autobiográfico de Carlos Mesa Presidencia sitiada tiene un título que debería aplicarse a la situación que vive hoy Evo Morales. En el texto, el candidato opositor se victimiza para explicar cómo fue su breve mandato entre 2003 y 2005. Había sucedido en el cargo a Gonzalo Sánchez de Lozada, su compañero de fórmula y presidente neoliberal que huyó a Estados Unidos dejando a su paso decenas de muertos, destrucción y rapiña. El presunto sitiado es ahora el sitiador. La crisis del país se profundizó porque no aceptó el resultado electoral que le dio la victoria a su adversario, el dirigente cocalero que gobierna desde 2006.
Hace 14 años la nación más postergada de América del Sur tenía un índice de pobreza extrema que superaba el 38% y al 65% de la población con ingresos bajísimos. Esas cifras empezaron a revertirse en el primer período de gestión del líder del MAS (Movimiento al Socialismo) y pese a este presente convulsionado, Bolivia es un ejemplo de crecimiento económico-social con equidad, que hasta sus detractores del establishment financiero internacional se rinden ante las evidencias. El país mejoró y lo hizo a un ritmo progresivo de su PBI.
Pero así como Morales tuvo su pico de popularidad y empoderamiento en la segunda elección, que ganó en 2009 con el 64,22% de los votos, hoy ese porcentaje bajó al 47,07%. Ni siquiera obtuvo el 50% más uno de adhesión en los comicios del 20 de octubre, aunque le alcanzó para sacarle el 10% de ventaja a su inmediato perseguidor, el propio Mesa, que se presentó como candidato por Comunidad Ciudadana. Esa distancia de diez puntos es un requisito que establece la Constitución del Estado Plurinacional cuando un aspirante a la presidencia no obtiene la mayoría absoluta. Se gana con el 40%, pero además resulta indispensable estar un 10% arriba del segundo en el conteo. Es lo que acaba de pasar en Bolivia.
Los malditos
Hay otra realidad que apenas se disimula porque la tapa el fragmentado voto opositor. Como si hubiera distintos matices de rechazo a Evo. Es el racismo de las capas altas y medias contra la población del Altiplano. Los cholos que habitan en las estribaciones de Los Andes desde Oruro a La Paz. «La raza maldita» como la llaman en el bastión más rancio y fanático de Santa Cruz de la Sierra los militantes del Frente Cívico Cruceño, la vanguardia opositora al presidente desde su primer gobierno.

Mesa. Denunció un presunto fraude. (Bernal / AFP / Dachary)
La capital boliviana, a 3.640 metros sobre el nivel del mar, tampoco escapa a esa discriminación que se percibe a diario. El principal segregado por su condición de indio es el propio presidente Morales. Cuando se toma el sistema de teleféricos hacia el sur de La Paz, en dirección a la terminal de Irpavi, una zona residencial rodeada de otros barrios como San Miguel o San Alberto donde viven las clases más acomodadas de la sociedad paceña, el odio racial está a flor de labios. Un hombre mayor y dos jovencitas que comparten la cabina con este cronista en ese colosal transporte público urbano –el más extenso del mundo, inaugurado el 30 de mayo de 2014– destilan su bronca hacia Evo.
Los pasajeros de la línea azul lo llaman con palabras como «tirano», «indio», «ignorante», «ladrón». Padecen una antipatía ancestral que no quieren esconder. La misma que destilan en los departamentos de Santa Cruz, Chuquisaca o Tarija, opositores al presidente. En varias paredes de La Paz se lee la palabra «Evocidio». Lo más curioso es que no son visibles las críticas a su gestión del Estado. A la abogada de un banco que todos los días viaja por el teleférico desde El Alto hacia Irpavi, le cuesta admitir que esa obra que le cambió la vida –ahora hace el trayecto a su trabajo en 30 minutos menos– fue realizada por el gobierno de Morales.
Luis Arce Catacora es uno de los dos ministros que acompañan al presidente hace más tiempo en el gobierno. Solo lo supera el de Educación, Roberto Aguilar. Las cifras de desarrollo que puede mostrar su gestión enmudecen a sus detractores. Algunas las enumera este funcionario clave: «Bolivia tenía en el año 2005 un coeficiente Gini de 0,60, que junto con Brasil, con el 0,61, eran de los más altos. Pero nosotros con todas las políticas de redistribución lo hemos bajado al 0,47. Es decir, si uno mira qué país redujo más el índice Gini, que mide la desigualdad, es nuestro país. Recuperamos los recursos naturales, distribuimos el ingreso con medidas como el bono Juana Azurduy contra la mortalidad infantil donde el niño tiene el cuidado hasta los dos años de vida y el bono Juancito Pinto cuyo objetivo es reducir la tasa de deserción escolar. Y el segundo paso que estamos haciendo es diversificar la economía, porque una economía sin diversificar no puede garantizar un proceso revolucionario».
Escaladas
El ministro de Economía sufrió en su propio cuerpo la fractura de esta sociedad que ahora puede enorgullecerse de sus índices macro y microeconómicos. El domingo 20 de octubre, cuando fue a votar en una escuela del barrio paceño de Miraflores, un opositor le dio una trompada. Salió airoso de la situación porque se retiraba después de votar y algunas mujeres que se sumaron a la turba solo le dedicaron insultos. El vicepresidente Álvaro García Linera vivió una situación parecida de apremio.
Bolivia ya transita una escalada de violencia que no se puede determinar hasta dónde llegará. Los incendios de dependencias gubernamentales, ataques a Tribunales Electorales Departamentales (TED), bloqueos de calles y rutas, paros y agresiones a la militancia masista fueron de menor a mayor. Evo se proclamó presidente para un cuarto mandato y Mesa lo desconoció. En la construcción de subjetividad opositora, hizo el aporte más grande al clima de zozobra que se respira en Bolivia.
El expresidente, periodista y escritor acusó al oficialismo de intentar suprimir la segunda vuelta y llamó a sus partidarios a movilizarse ante todos los TED y el Tribunal Supremo Electoral del centro de La Paz. En su objetivo comparó este momento con la fecha del referendo que le dijo No al presidente Morales en febrero de 2016. Habló de «fraude» y de «golpe de Estado». En respuesta a esas imputaciones, Evo le recordó que en 2002, y junto a Sánchez de Lozada, le arrebataron la presidencia por 42.242 votos y el Congreso tuvo que convalidar la victoria electoral porque la primera minoría era muy exigua (22,5 %). El MAS ganó los comicios de este año por 648.180 votos de diferencia sobre Comunidad Ciudadana, lo que explica el 10% de diferencia necesario para evitar la segunda vuelta. Una asimetría notable con aquella elección de hace diecisiete años.
