Nuestro satélite natural ha vuelto a convertirse en el objetivo de las grandes potencias, que sueñan con establecer bases para apropiarse de los recursos minerales. La puja por el dominio militar del espacio y el creciente rol de las corporaciones privadas.
26 de junio de 2019

Y a no caben dudas, en poco tiempo más el ser humano volverá a pisar la Luna y esta vez será de la mano de la hermana de Apolo. «La misión se llamará Artemisa y volverá a llevar astronautas a la Luna en 2024», fue el anunció que el director de la NASA, Jim Bridenstine, hizo a la prensa en mayo pasado. El funcionario también confirmó que esta vez una mujer formará parte de la tripulación de astronautas.
Que esta decisión se haya anunciado este año no es casual: el 20 de julio se cumplen 50 años de aquella hazaña tecnológica que fue la misión Apolo 11, que permitió que por primera vez en la historia los humanos pisaran el suelo lunar. Le siguieron las misiones Apolo 12, 13 (fallida), 14, 15, 16 y 17, que fue la última en realizar un alunizaje en diciembre de 1972.
Pero los estadounidenses no son los únicos que han puesto otra vez el ojo sobre nuestro satélite natural. Desde hace ya varios años tanto los rusos, como la Agencia Espacial Europea (ESA), los chinos, los japoneses, los indios e incluso los israelíes se han sumado a lo que se ha transformado en una nueva carrera espacial que tiene como meta primera la Luna y, como segunda, y no tan lejana en el tiempo, el planeta rojo: Marte.
Para Daniel Blinder, politólogo y profesor de la Universidad Nacional de San Martín, «se vuelve por cuestiones científicas, que es la parte más visible; la otra tiene que ver con la competencia de tecnología y recursos estratégicos que están en la Luna y que podrían llegar a extraerse, porque que estén ahí no quiere decir que se puedan sacar».
Desde el comienzo de su mandato, Donald Trump se mostró entusiasmado con la idea del regreso a la Luna, pero no solo por el desafío tecnológico y científico que supone, sino más bien por una cuestión estratégica. En junio de 2018 Trump anunció la creación de una sexta rama en las fuerzas armadas estadounidenses: la Fuerza Espacial. «Para defender Estados Unidos, no basta con tener presencia en el espacio, debemos tener el dominio del espacio», había declarado abiertamente. Así, el 13 de mayo, Trump twitteó: «Vamos a volver a la Luna». Según Blinder: «No se puede pensar lo militar y la vida cotidiana sin el espacio, básicamente porque las telecomunicaciones, ya sea internet, las llamadas por celular, la televisión, todo tiene conexión con la carrera espacial. Con lo cual, la destrucción de esos sistemas estratégicos implicaría un conflicto bélico», dice este especialista en cuestiones internacionales.
Pero la explotación de los recursos naturales del satélite no es un factor menor, pese a que en el Tratado sobre el Espacio Exterior, firmado en la ONU en 1967 y ratificado por 107 países, señala en su artículo 11 que la Luna «no puede ser objeto de apropiación nacional mediante reclamaciones de soberanía, por medio del uso o la ocupación, ni por ningún otro medio». Casi podría decirse que este tratado, más de 50 años después, es casi letra muerta.
Disputas territoriales
Así, mientras la primera potencia mundial se mueve, las otras naciones tampoco se quedan quietas. Alertados por la intención de los estadounidenses, la Academia de Ciencias de Rusia ya está formando juristas para futuras disputas territoriales. Por lo pronto en enero de este año, el director de Roscosmos, Dmitri Rogozin, anunció que Rusia acaba de retomar su programa lunar y que enviará una nave al satélite en 2021. Tiene planeadas tres misiones exploratorias para estos próximos años, las Luna 25, 26 y 27.
Además de los rusos, otro competidor de peso en la carrera lunar es China, que en enero logró posar por primera vez en la historia una estación automática en el lado lejano de la Luna (el «lado oscuro»): el Chang’e 4, del que a los pocos días se desprendió un rover que comenzó a recorrer ese terreno inexplorado y enviar imágenes a la Tierra. Los chinos esperan poner un hombre en el satélite en 2036. «China está bien posicionada –señala a Acción el físico Mario Melita, especialista en dinámica del sistema solar del Instituto de Astronomía y Física del Espacio (IAFE)–. Aceleró muchísimo el estudio de la Luna y puso un rover en el lado lejano. Lo interesante es que por la antena que China instaló en Argentina, de la cual se habló tanto y dio lugar a teorías conspirativas, bajan precisamente esos datos».
También este año India espera alunizar su estación Chandrayaan-2, que estudiará la superficie. En tanto que para 2021 está programado el lanzamiento de una misión japonesa. Otros actores, aunque con poco éxito hasta ahora, son los israelíes, cuya sonda Beresheet se estrelló por un desperfecto en la Luna el pasado 11 de abril. Era el primer emprendimiento completamente privado. Pero quienes tienen grandes posibilidades de llevar astronautas son los europeos. Según su director, el alemán Johann-Dietrich Wörner, la agencia espacial planea alunizar una sonda en 2025 y una misión tripulada hacia 2030.
El dominio del espacio cercano y la consecuente conquista de la Luna y luego de Marte se perfilan como la principal agenda de las grandes potencias, no solo militar, sino especialmente económica. Según Blinder estos proyectos «cambiarán la percepción que tenemos de la idea de soberanía que es de unos siglos atrás y se refiere a esta Tierra y su mapa. Cuando la tecnología logre que el espacio sea menos hostil y se pueda conquistar, esta arriesgada empresa no vendrá sin conflicto».
