El fenómeno de los adultos-niños, que se niegan a dejar la adolescencia aunque tengan entre 30 y 50 años, crece en todo el mundo. Son producto de la sociedad de consumo y representan el predominio del «homo ludens» sobre el «homo sapiens».
9 de mayo de 2019

Juan es fanático de los muñequitos de Star Wars y de los muros de escalada. También le gustan los videojuegos tipo «shooter», solo que no tiene 8 años sino 35, pero todas las noches se divierte como un niño, disparando, cuando vuelve de la oficina porteña en que trabaja como analista contable. «Es una forma de liberar el estrés laboral», dice.
Hace tres años que vive solo en el barrio de Villa Crespo y disfruta de su soltería. Juan atraviesa «una juventud prolongada», al igual que otros «adultescentes» –o «kidults», en inglés– términos que derivan de las palabras «adulto» y «adolescente», y se utilizan para definir a varones y mujeres cuyas edades oscilan entre los 30 y 50 años y que llevan un estilo de vida caracterizado por «la infantilización de lo adulto, o que poseen gustos y sensibilidad infantiles».
Usada por primera vez, en 1988, en The New York Times, la palabra «kidult» se popularizó diez años después, en el mundo anglosajón –tras la publicación del libro Arrested Development: Pop Culture and the Erosion of Adulthood (Desarrollo atrofiado: La cultura pop y la erosión de la adultez), de Andrew Calcutt–, para referirse a «una persona de mediana edad, a menudo exitosa en su carrera, pero que continúa sintiendo placer en atributos de la infancia, como cuentos, dibujos animados, juguetes». Igualmente, se aplica a padres que «disfrutan siendo parte de la cultura joven o comprando cosas que son más adecuadas para los niños». Puede que se vistan con prendas de adolescentes: madres e hijas con ropa idéntica u hombres con gorras y pantalones de púberes, o que usan zapatillas en lugar de zapatos. «Al desdibujarse las barreras etarias, esto se intensifica, como cuando una madre y una hija simultáneamente comparten eventos como citas, bodas o embarazos», apunta en un artículo académico sobre el tema, la investigadora Maryna Dvornyk de la Academia Nacional de Ciencias Educativas (NAES) de Ucrania.
En el caso de los solteros, tardan más en abandonar la casa paterna y se niegan a armar una familia, o postergan decisiones como casarse, tener hijos o una casa propia. «Todo sujeto sabe en su inconsciente que el paso del tiempo es inevitable e irreversible, pero tiende a negarlo de diferentes maneras, ya que resulta doloroso. Prolongar etapas es una de ellas», indica la psicoanalista Ana Rozenbaum, especialista en niñez y adolescencia, y miembro titular con función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina. «Lo socioeconómico también tiene un rol importante. Un joven puede ser un profesional responsable y tener un trabajo, pero aun así no le alcanza para pagar sus gastos. Esto lo lleva, por ejemplo, a ir diariamente a comer o a llevar ropa a lavar donde sus padres. Así se continúa con un estilo adolescente y se posterga la madurez», agrega.
Tanto a nivel global como local, los adultos que parecen nenes –llamados asimismo «adultos-niños», «hombres-niños» o «individuos atrapados en una mente de escuela secundaria»– se han convertido en un fenómeno. «Los medios de comunicación, y en especial la publicidad, promueven una especie de regresión colectiva: necesidades que deberían ser satisfechas inmediatamente porque es imperativo tomar aquí y ahora todo lo que la vida, o más bien la sociedad de consumo, promete darnos. Y la juventud –al igual que la belleza, el éxito y el dinero– se convierte en un objeto que es posible poseer», sostiene Dvornyk. En otras palabras, «la juventud parece haberse transformado en una definición cultural. Uno parece joven, no porque tenga cierta edad, sino porque tiene derecho a disfrutar de ciertos estilos de vida y consumo».
Marina Moguillansky, socióloga, doctora en Ciencias Sociales e investigadora del CONICET, afirma que se entrelazan diversos factores y procesos. «El culto del cuerpo y todo un estilo de vida dedicado a mantenerlo joven con un conjunto de dietas, cremas, pastillas, ejercicios y cirugías plásticas es uno de los componentes; en este sentido es un fenómeno de ciertos sectores sociales más pudientes, porque hay que tener tiempo y dinero –además de cierta disposición personal– para poder hacer todo esto», recalca.
Jugar por jugar
Según investigadores como el italiano Jacopo Bernardini, «los niños y adolescentes, que son el epicentro de la sociedad de consumo, se convierten en modelos a seguir, delineando los deseos y comportamientos de un número creciente de adultos». La industria lo sabe bien y apunta a ello. En los últimos años, por ejemplo, la compra de juguetes por adultos se ha incrementado notoriamente. Solo en España, de acuerdo con un estudio de la investigadora de mercado NPD Group, creció un 7,2%, en 2017, en comparación al año anterior, frente a un 2% a nivel mundial. La tendencia ya era palpable en países como Reino Unido o Francia, donde generaciones mayores gastan en juegos o juguetes por coleccionismo o mera diversión. De hecho, la marca Lego vio una oportunidad y lanzó una serie para mayores de 20, que se llama AFOL, o sea, Adult Fan Of Lego o Fan Adulto de Lego.
Según conclusiones de NPD Group, la mayor parte de los consumidores de juguetes, un 61%, es millennial (18-34 años); le siguen la llamada generación X (34-54), con un 28%, y los boomers (mayores de 55), con el 11%. Y de quienes compran juguetes para sí mismos, el 60% no tiene hijos menores de 16 años.
En la Argentina, sobre todo en las clases medias y altas, según ha observado Moguillansky, «algunos rasgos asociados con la niñez se expanden a otras etapas de la vida: la “ludificación” del aprendizaje y de las rutinas laborales es un buen ejemplo. Los adultos encuentran “burbujas de ocio”, en que se toman recreos para jugar con sus celulares o para ver videos», comenta.
Por lo visto, en el modelo imperante no solo prima el «homo ludens», como lo definió el holandés Johan Huzinga, en los años 30: un hombre que, «al jugar, está constantemente ocultándose de la realidad», según los expertos, sino también un sujeto individualista y propenso a ignorar las necesidades de los otros. «El individualismo y el narcisismo (“enfermedad de esta época”) inciden en este fenómeno, pero también hay que considerar otro factor: el promedio de vida actual, que, como es sabido, es mayor comparado con otros tiempos e influye en que la etapa adolescente se extienda más allá de lo que se supone», analiza Rozenbaum.
La falta de inserción laboral y la prolongación de la educación, mediante maestrías y posgrados, también son factores que contribuyen a la disolución de los límites generacionales. «Incluso cuando hay un trabajo, en él prevalecen los horarios flexibles, la combinación de jornadas de trabajo en la casa y en la oficina, los ambientes de trabajo joven, que permiten que se mantengan condiciones de la adolescencia y hasta de la niñez», opina Moguillansky.
Es esa flexibilidad, precisamente, la que predomina hoy, frente a antiguos ideales como la estabilidad. Bernardini, doctor en Teoría e Investigación Social y Política de la Universidad de Perugia, sostiene que «vivimos en un tiempo en que la gente cada vez más rehúsa a actuar de acuerdo con su edad». Entre otras cosas, dice, «se viste sin formalidad, juega sin espontaneidad, compra sin propósito, vive sin sabiduría, humildad ni responsabilidad».
