5 de octubre de 2023
«Por supuesto serán bienvenidos al kilombo», se escucha la invitación de Gladys, pero en su voz se percibe algo más. «Kilombo: en lengua africana Bantú, quiere decir lugar de agua para quien lo necesita o lugar de resistencia», aclara, aprovechando como casi siempre la oportunidad para dejar algún dato referido a su militancia. Ya en su colorida casa de Lomas de Zamora extiende la explicación: «Yo, por ejemplo, soy una mujer kilombola, que es algo que aprendí de mis viajes a Bahía cuando voy a los kilombos. Se puede escribir con Q, pero como soy kirchnerista lo escribo con K».
Precisamente, la puerta abierta, gran hospitalidad y un cartel que dice «Kilombo de Flores» son las cosas que reciben al visitante. «Mis vecinas vinieron a preguntarme por qué yo había pintado eso. Porque pasa que, si te definís como negra, la gente se cree con derecho a querer educarte. Siguen creyendo que somos tontas. A mí nunca se me ocurriría preguntarle a algún vecino por qué pintó algo en su casa. Entonces podría haber reaccionado mal, pero como no quiero caer en esa les expliqué: mi casa es un lugar para quien lo necesite. Siempre hay un lugar de resistencia», cuenta y prosigue casi como si estuviese en la universidad: «Es histórico. Todas las palabras de matriz afro son peyorativas. Por ejemplo, macumba: se piensa que es un embrujo, pero en realidad es un instrumento de viento pequeño. Acá la carga peyorativa de kilombo viene del antiguo Buenos Aires, con la creación del lunfardo, como así se denominaba la juntada de negros, la mirada porteña le da la carga negativa».
Y luego remata: «Estoy muy orgullosa de lo que soy y lo que hago. Porque esto de lo indígena y lo afro es un proceso muy complejo de reconocerse, porque en general en este país, ¿quién quiere ser negro? Siempre se los vincula con lo peor: sos un planero o sos chorro. ¿Y quién quiere ser indígena? Y mucho menos las dos cosas juntas. Y a mí siempre me gustó ponerme en el lugar de la trasgresión e incomodar».
