Informe especial | COMITÉ OLÍMPICO INTERNACIONAL

Primero el producto

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Hasta un mes y medio antes del comienzo de los Juegos Olímpicos, el grueso de la población japonesa veía inviable que pudiera realizarse. No solo eso, estaban en contra. En mayo, según encuestas publicadas por tres diarios nacionales, entre el 60% y el 70% de la población se oponía a la celebración olímpica debido a la situación sanitaria en el país y, en particular, en la ciudad anfitriona.
Con Tokio elegida sede para 2020, los organizadores establecieron un paralelismo a lo que habían significado los Juegos Olímpicos de 1964, cuando Japón se mostraba renacida después de los estragos producidos por la Segunda Guerra Mundial. En la misma línea, esta vez lo que le mostrarían al mundo es que el país se ponía en pie después del desastre de Fukushima. «Los Juegos de la Reconstrucción», fue el lema. Pero la pandemia se interpuso en los planes.
La suspensión fue inevitable a pesar de los organizadores. Lo mismo ocurrió en 2021, donde hasta el Sindicato Nacional de Médicos mostró oposición ante la situación sanitaria. Las competencias serán a puertas cerradas, pero a la capital japonesa llegarán atletas, entrenadores, periodistas, el personal de las distintas delegaciones, lo que se estima en unas 14.000 personas.
Según estimaciones periodísticas locales, si se volvieran a cancelar los Juegos, Japón perdería 41.000 millones de dólares por inversiones ya realizadas y al lucro cesante del evento. Thomas Bach, presidente del COI, dice que la Organización Mundial de la Salud respalda la cita olímpica y, para más seguridad, sostiene que los deportistas irán vacunados. Semejante esfuerzo tiene una explicación y es que los derechos audiovisuales representan el 73% del presupuesto anual de COI. Si hubiera una nueva demora, la renegociación sería a la baja. El COI, al cabo, lo que defiende es su producto.

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