25 de julio de 2019
Las elecciones presidenciales del año 2020 en los Estados Unidos ya están en pleno desarrollo. El presidente Donald Trump lo ha comprendido y cada decisión que toma debe ser leída en clave de su reelección, principal objetivo a mediano plazo. Es así como se pueden entender las nuevas medidas para limitar la presencia de personas provenientes de México y América Central.
EE.UU. tiene una gran tradición de asilo a personas perseguidas por diferentes motivos, pero las nuevas reglas adoptadas buscan restringir el asilo, en particular de las personas que llegan desde la frontera sur. De manera perversa, estas reglas estadounidenses obligan a quienes emigran de sus países a pedir asilo primero en otro país, y solo si se lo niegan, después pueden solicitarlo en EE.UU., aunque esto tampoco implica que les sea concedido.
Para presionar al Gobierno de Andrés Manuel López Obrador, la Casa Blanca le impuso todo tipo de condiciones a México para que contenga la migración en la frontera, amenazando con duras sanciones comerciales contra sus productos si no lo hace. Por otra parte, la deportación de personas de EE.UU. a México ya ha convertido a la fronteriza Ciudad Juárez en un santuario para miles de personas –entre ellas unos 3.000 menores– que fueron expulsados de Estados Unidos y desconocen cuál será su destino.
Pero el racismo de Trump no es exclusivo para los llamados «hispanos». Fiel a su estilo, utilizó Twitter para atacar a cuatro congresistas demócratas: a una hija de inmigrantes puertorriqueños; a una emigrada de Somalía; a una hija de refugiados palestinos; y a la representante afroamericana del estado de Massachusetts, lo que le valió un voto de censura del Congreso por «comentarios racistas».
Si así trata a cuatro ciudadanas elegidas para el Congreso, es difícil creer que pueda recibir con los brazos abiertos a las personas que provienen del sur.
