Tras las subas mutuas de aranceles dispuestas por Washington y Beijing, la disputa se profundiza. Las amenazas de Trump y su intento de imponer un unilateralismo agresivo chocan con la potencia creciente del gigante asiático. Consecuencias para la economía global y la Argentina.
26 de junio de 2019

Containers. Mercadería china en el puerto de Los Ángeles. El déficit comercial estadounidense fue de 419.300 millones de dólares el año pasado. (Frederic J. Brown/AFP/DACHARY)
El choque comercial y tecnológico entre Estados Unidos y China asume ya una magnitud y consecuencias tales que algunos analistas ven un escenario signado por el «neoimperialismo». Federico Steinberg, investigador del Real Instituto Elcano de España y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, cree que «tanto EE.UU. como China utilizarían su poder económico y tecnológico para debilitar al otro, obligando a los demás países a tomar partido y someterse a las normas del imperio al que se adhieran». «Las amenazas estadounidenses a las empresas europeas que hagan negocios con Irán o con Cuba –agrega el experto– pueden leerse también en clave neoimperialista».
La guerra comercial recrudeció a comienzos de mayo, cuando Estados Unidos anunció subas de aranceles de 10% a 25% a productos chinos valorados en US$ 200.000 millones (adicionales a los más de US$ 50.000 millones que ya estaban sujetos a un elevado arancel). Días después, la Comisión Estatal de Tarifas Aduaneras de China anunció aranceles crecientes para más de 5.100 productos estadounidenses a partir del 1º de junio.
La guerra es, en la superficie, la deriva de una gradual corrosión de las reglas de la globalización y de los ataques de EE.UU. al sistema multilateral de comercio y a sus propios socios europeos. Como trasfondo, sin embargo, se observa el rechazo de Washington a lo que interpreta como un desafío a la superioridad de sus corporaciones y un reto tecnológico, es decir, militar. Lo cierto es que los enfoques de ambos países «se apartan drásticamente de las reglas y procedimientos de la Organización Mundial de Comercio (OMC)», evalúa el diplomático argentino Jorge Riaboi, quien señala incluso que la Casa Blanca «incumple sus compromisos en materia de ayuda interna (subsidios) adquiridos en la Ronda Uruguay del GATT», décadas atrás. Trump anunció un paquete de ayuda a productores por US$ 16.000 millones, a fin de paliar los efectos de la guerra comercial en el sector agropecuario de EE.UU. En julio de 2018 ya se habían anunciado ayudas de US$ 12.000 millones por los mismos motivos.
El «unilateralismo agresivo» estadounidense se exhibe casi a diario en las pulsiones nacionalistas de Trump. Los analistas ven detrás la preocupación de la élite norteamericana, y también de las europeas, ante el rápido desarrollo de la economía china, cuyo particular modelo socialista (o de capitalismo de Estado) refuerza la posición de sus empresas cuando salen a competir al exterior. La secuela más temida de ese panorama para los países ricos y las corporaciones transnacionales es un probable proteccionismo creciente. Los más alarmistas alertan incluso sobre el comienzo de una nueva era de «desglobalización», similar a la del período de entreguerras del siglo XX.
Posiciones
Los argumentos estadounidenses aluden a la necesidad de modificar algunas de las prácticas económicas chinas que, a su juicio, son más distorsionantes, como las subvenciones a las empresas públicas o la violación de los derechos de propiedad intelectual. Desde Beijing, en tanto, la agencia de noticias Xinhua evaluó que «Estados Unidos usa como chivo expiatorio a China por el desequilibrio comercial y sus propios problemas económicos y trata de obtener un trato comercial desigual».
Las dos partes habían llegado a un consenso sobre el comercio y en mayo del año pasado emitieron una declaración conjunta sobre cómo terminar con las fricciones comerciales. Lo cual fue refrendado siete meses después en Buenos Aires, durante la cumbre del G20. En las siguientes conversaciones volvieron las discrepancias. Y hoy se abren nuevas perspectivas de lograr, al menos, una tregua cuando los líderes de ambos países se encuentren en Osaka, Japón, en una nueva cumbre del G20. «Estoy dispuesto a reunirme con el señor presidente e intercambiar puntos de vista sobre temas fundamentales vinculados con las relaciones China-EE.UU.», expresó Xi Jinpin en un comunicado.
Sin embargo, las acciones recientes de Trump fueron respondidas desde Xinhua: «El acostumbrado hábito estadounidense del chantaje también está enviando un mensaje claro al mundo: aplastará a todos los que considera como un rival potencial de su hegemonía, como lo hizo en la década de los 80 con Japón».
En cualquier caso, resultan obvias las consecuencias de interrumpir las cadenas globales de suministro, dadas las múltiples interconexiones de la economía mundial, con su correlato de menor crecimiento planetario, según ratifican casi a diario distintos análisis.
Las dificultades no se circunscriben, desde luego, al caso Huawei (ver recuadro), el acero, el aluminio, los paneles solares y productos primarios. El panorama incluye signos de preocupación para Estados Unidos en campos diversos, entre ellos el de la producción de litio, insumo básico de las baterías de celulares y autos eléctricos.
El gigante asiático produjo en abril pasado más del 60% del litio del mundo, frente a menos del 1% proveniente de EE.UU., según la consultora británica Benchmanrk Mineral Intelligence. El avance se produjo en los últimos años, compañías chinas compraron minas ubicadas desde Australia hasta Sudamérica y están construyendo plantas para procesar el material. Esto explica la creciente preocupación en Washington y Bruselas: temen quedar fuera de la próxima generación de la industria automovilística.

Dólar y Yuan. Por ahora el conflicto no derivó en una guerra de monedas. (Fred Dufour/AFP/DACHARY)

Identidad urbana. Distrito financiero de Shangai. Times Square en Nueva York. (AFP/DACHARY)
China también posee el cuasimonopolio de tierras raras (17 elementos químicos que se utilizan en la producción de bienes de alta tecnología, de los que el país asiático produce el 70% y concentra el 97% de las reservas mundiales). En un eventual recrudecimiento de la guerra comercial, el presidente Xi Jinping podría prohibir las exportaciones de estos materiales y golpear a sectores de la energía renovable, refinerías de petróleo, la electrónica y la industria del vidrio, entre otras.
Otra posible represalia china radica en la eventual venta de sus ingentes reservas denominadas en dólares, lo que elevaría súbitamente las tasas de interés en EE.UU. y reduciría el crecimiento de su economía.
Steinberg advierte sobre la contienda comercial y tecnológica, que mantiene latente «una espiral de confrontación que no se sabría dónde terminaría, y que ya se ha bautizado como una segunda guerra fría (que todos desean que se mantenga fría)».
Reglas
Cuando muchos, entre ellos los países europeos, «creían haber dejado atrás el nacionalismo y el imperialismo», dice el analista español, «cada vez parece más claro que el mundo está volviendo rápidamente al juego imperial, donde las reglas globales se olvidan, los nuevos imperios dictan sus normas en sus áreas de influencia y los países pequeños se someten». Según ese análisis, el neoimperialismo podría seguir ganando terreno (especialmente si Trump triunfa en las elecciones en 2020), con el consecuente riesgo de colapso del sistema multilateral. Ese probable realineamiento prefigura un horizonte de bloques y acuerdos preferenciales cruzados, con «provincias» subordinadas a un imperio y débiles reglas comerciales globales. Se vislumbran, en cambio, acciones comerciales ofensivas, que incluso podrían traer aparejado un menor respeto por los derechos humanos y la sostenibilidad medioambiental.
De momento, la política estadounidense busca en forma prioritaria revertir su déficit comercial con China, que fue de US$ 419.300 millones en 2018 y ya bajó 14% en el primer trimestre. Beijing, en tanto, atribuyó el desbalance en el intercambio a su creciente competitividad, a partir de «una nueva visión para el desarrollo», con hincapié en «enfoques innovadores, coordinados, ecológicos, abiertos e inclusivos». Por ejemplo, «China ha estado transformando su modelo de crecimiento por uno que depende más del consumo, lo que ha contribuido con más del 75% del crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB)», resaltó Xinhua.

Litio. Mina en Chile, propiedad de la local SQM con participación de la china Tianqi. (AFP/DACHARY)
Esos y otros múltiples argumentos fueron condensados por el Consejo de Estado chino a comienzos de junio en un extenso «Libro blanco» sobre las consultas económicas y comerciales con Estados Unidos. Se indicó allí el contraste entre las acciones proteccionistas promovidas desde Washington y la apertura de China a inversores extranjeros, con más de 13.000 empresas instaladas en el primer cuatrimestre de 2019. En ese mismo período, incluso, la inversión proveniente de Estados Unidos creció 24,3% interanual.
¿Cómo y cuándo concluirá la guerra? EE.UU. ya planteó su pliego de condiciones en la ronda de negociaciones de mayo: que China acepte que su superávit comercial se achique en US$ 200.000 millones en dos años, que cese los subsidios y apoyos estatales a su programa Made in China 2025, que disponga la apertura total a las inversiones norteamericanas (mientras que EE.UU. se reserva el veto a cualquier inversión china en sectores estratégicos), que cese todo tipo de apropiación indebida de propiedad intelectual y la exigencia china de transferencia de tecnología para abrir su mercado y, finalmente, que Beijing acepte revisiones trimestrales de este régimen y sanciones automáticas si EE.UU. considera que hubo incumplimiento.
China, desde luego, promete resistir. Xi Jinping explicó que el país está «en un periodo de importantes oportunidades estratégicas para el desarrollo, pero la situación internacional es cada vez más complicada». Xi recalcó que la nación debe «ser consciente de la naturaleza compleja y a largo plazo de varios factores desfavorables y prepararse apropiadamente para situaciones difíciles» e hizo referencia a una «nueva Larga Marcha». Parece pertinente recordar que Xi Zhongxun, el padre del presidente chino, fue uno de los protagonistas de la Larga Marcha protagonizada por el Partido Comunista entre 1934 y 1935.
