El fenómeno Marie Kondo hizo explotar el mercado de los organizadores profesionales e invita a pensar la relación con el consumo. «No solo se adquieren objetos, sino también identidades y pertenencias de clase», advierten los especialistas.
22 de mayo de 2019

Hecho en Japón. Kondo escribió cuatro libros y protagoniza una serie en Netflix. (JORGE ALOY)
Entre los muchos éxitos de Marie Kondo –japonesa, 34 años, 1 metro con 43 centímetros de altura–, se puede destacar que vendió 8,5 millones de libros (traducidos a más de 40 idiomas), que convirtió una serie de televisión en un fenómeno viral, que las publicaciones con la etiqueta #mariekondo aparecen en redes sociales por cientos de miles y que, según la revista Time, es una de las mujeres más influyentes del mundo. Sin embargo, su mayor aporte probablemente haya sido lograr que las personas se interesen por organizar mejor sus pertenencias (algunas hasta tuvieron la revelación, casi mística, de que la vida debe ser más despojada y funcional), sin escatimar esfuerzos y, sobre todo, dinero para conseguirlo. En nuestro país, cada vez son más los que contratan los servicios a domicilio de profesionales dedicados a clasificar, ordenar y descartar lo que hasta antes del «fenómeno Kondo» eran mundos privados e íntimos, como el placar, el escritorio y, ni qué decirlo, el baño. Una «moda» que puede contribuir a pensar el problema del consumismo. Hay quienes se preguntan, inlcuso, si los consejos mundialmente replicados de esta gurú nipona no son más que una nueva necesidad inventada del sistema capitalista y su celebración del consumo.
«Marie Kondo está haciendo mucho dinero con su método de organización, y otras tantas empresas y emprendedurismos varios se suben al carro en el proceso de vendernos artículos con el objetivo de que alcancemos una forma de vida siempre inalcanzable. Es decir, más consumismo. Pero si nos apartamos un poquito de este costado mercantil, hay un punto, creo, en el que la filosofía Marie Kondo y su éxito de ventas desnuda algo más. Nos invita a pensar nuestra relación con los objetos que adquirimos en el mercado, atesoramos y acumulamos en nuestros hogares. Nos puede servir para pensar, en definitiva, nuestra relación con el mercado», opina Ludmila Scheinkman, historiadora del Conicet e investigadora de Historia del Trabajo y el Consumo.
Para Scheinkman, cuando Marie Kondo propone preguntarnos si cada uno de los objetos que poseemos nos «da felicidad» («spark joy», en inglés), la respuesta es, en la abrumadora mayoría de los casos, que no. «Empieza entonces –continúa– el proceso de descarte, que suele implicar bolsas y más bolsas de objetos que nos han costado muchísimo dinero, pero que, a fin de cuentas, no nos hacen más felices, sino que son simplemente basura. El resultado es demoledor: vivimos atiborrados y atiborradas de objetos que no necesitamos, no nos gustan, se acumulan en nuestros hogares en forma de contaminación visual, nos dificultan tareas cotidianas, como buscar alimentos en la alacena, ropa en el placar o cualquier cosa que necesitemos y, para peor, nos han salido carísimos».
Desde esta perspectiva, el «boom» Kondo puede servir como excusa para «reflexionar en torno a nuestra relación con los objetos y el consumo». En ese sentido, para la especialista es preciso redefinir la noción de «necesidad» y dimensionar en qué medida el mercado puede alienar y apartar a las personas de otro tipo de necesidades que «no se dirimen con la tarjeta de crédito, como amar, tener tiempo libre para formarnos, crear y disfrutar del ocio, la posibilidad de ejercer grados mayores de autonomía y libertad, participar de la vida social y política, relacionarnos de otro modo con la naturaleza».
Uno de los pilares del método «KonMari» (bautizado así por algunas de las letras de su nombre y apellido) es proponer la alegría como criterio para elegir qué objetos conservar, es decir, la organización de los espacios que habitamos no solamente sobre la base de la comodidad o funcionalidad, sino también privilegiando el bienestar emocional. La promesa, al fin de cuentas, de que una vida ordenada y feliz es posible.
«Sin dudas que vivir en una casa ordenada es más fácil, más relajante, tenés la mente más tranquila. Además, es obvio que cocinamos mejor en una cocina ordenada, nos vestimos mejor con un placar ordenado, nos arreglamos mejor con un baño ordenado, el orden nos cambia el humor», remarca la organizadora profesional Brenda Haines. Desde su emprendimiento «Tu Espacio Organizado», Haines propone a sus clientes incorporar un sistema de orden aportando métodos, procedimientos y «trucos» para mantenerlo a lo largo del tiempo.
Todo tiene precio
El modo de contratar a la experta comienza con un contacto telefónico, luego el cliente debe enviar fotografías sobre los espacios para ordenar y por último se pacta un día y horario en el cual se concretará el servicio. Entre la amplia gama de soluciones para organizar el espacio, destacan aprovechar los metros cuadrados, clasificar todo tipo de objetos y lugares de guardado, asignar un lugar para cada cosa y mejorar el diseño interior y la decoración.
«La verdad es que no hay dos organizadoras que cobren lo mismo –cuenta Haines–, y eso tiene que ver con el nivel y la experiencia de cada una. Yo cobro 1.500 pesos la hora, pero conozco otros organizadores que cobran 300 pesos. Una hora no alcanza para nada, así que en mi caso hay que contratar un mínimo de seis horas».
Haines admite que el éxito de Marie Kondo «hizo que el tema explote», estimulando el mercado de los organizadores profesionales, lo que de alguna manera también elevó las expectativas de los clientes. «Son miles las situaciones por las que te puede llamar un cliente. Puede ser que se haya dado cuenta de que estaba deprimido y necesita un cambio, puede ser por la muerte de un familiar y entonces no se anima a tocar los muebles, puede ser por el nacimiento de un hijo y la pareja no sabe cómo organizarse. Lo importante es que adapto mi trabajo a las necesidades y posibilidades de cada cliente».
Uno de los argumentos de los detractores de Kondo y de todos aquellos que incursionan en su rubro es que la idea de que «si no te gusta o no te hace feliz, deshazte de eso» alimenta la cultura de lo descartable y lo efímero, con el consiguiente problema ecológico de la acumulación de basura. También cuestionan el hecho de depositar promesas de felicidad en bienes y objetos. «Es importante entender –concluye Scheinkman– que, en nuestra sociedad actual, en la arena del mercado y en la adquisición de bienes, no solo se adquieren objetos, sino que se dirimen también identidades, estilos de vida y pertenencias de clase. Los actos de consumo, entonces, están cargados de sentidos que exceden la materialidad propia y el valor de uso de los objetos».
