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La visita del primer ministro japonés Shinzo Abe al santuario sintoísta de Yasukuni reabrió viejas heridas. El templo es considerado como un símbolo del pasado militarista de Japón y sirve como recuerdo vivo del brutal control colonial de la nación nipona sobre Asia, incluidos territorios de la República de Corea y China, durante la Segunda Guerra Mundial. Abe homenajeó a militares acusados de crímenes durante la guerra y congeló la diplomacia de la isla con China y Corea del Sur, países con los que aún mantiene disputas territoriales. El premier, quien además utilizó ese acto para celebrar su primer año en el poder, fue declarado persona no grata por Beijing, que consideró «inaceptable» su proceder. Por su parte, los coreanos del sur cancelaron un encuentro en el que ambas naciones iban a firmar un memorando de entendimiento militar.
Lejos de disculparse, el gobierno nipón aseguró que era natural que «el líder de la nación rece por las almas de los que lucharon y murieron por ella» a pesar de las condenas de crímenes contra la humanidad y genocidio que pesan sobre varios de los enterrados en Yasukuni; entre ellos, 14 criminales de guerra declarados culpables por un tribunal internacional.