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Aunque su nombre no integra el canon literario argentino, el autor de «Sudeste» sigue generando nuevas lecturas y análisis. Hablan los autores de tres investigaciones que revisan su vida y su obra.

 

Memorias del Río. El escritor vivió en el Tigre, escenario de algunas de sus ficciones.

Pese a no estar aceptado en el polémico canon de la «gran literatura», Haroldo Conti sigue despertando interés y admiración. Apenas terminó la dictadura, el libro Haroldo Conti, con vida, de los periodistas Néstor Restivo y Camilo Sánchez, recuperó su memoria y se presentó en una sala desbordada de la Feria del Libro; ahora acaba de salir Alrededor de Haroldo Conti, de Juan Bautista Duizeide, y, en unos meses, se publicará un libro acreedor de un subsidio del Fondo Metropolitano de las Artes basado en el análisis de todos sus cuentos.
Antes de su desaparición, ocurrida el 5 de mayo de 1976, lo mismo que en los últimos años, también hubo otros libros dedicados a revisar su producción literaria y sus elecciones políticas. Bajo el seudónimo de Rodolfo Benasso, Rodolfo Mattarollo escribió El mundo de Haroldo Conti, editado por Galerna en 1969. En 2004, Nilda Redondo escribió Haroldo Conti y el PRT. Arte y subversión, que fue presentado en la Biblioteca Nacional.
Sobre su vida y su obra se han hecho películas, documentales, obras de teatro y ensayos, aquí y en el extranjero. En su casa museo del Tigre hay una biblioteca que conserva algunos libros que pertenecieron al escritor. Y hasta un grupo de músicos de Chacabuco hizo canciones a partir de fragmentos de sus textos. Cabe mencionar el reciente documental El retrato postergado, de Andrés Cuervo, realizado a partir de filmaciones que su padre, el también cineasta Roberto Cuervo, había hecho del autor de Sudeste. Incluyendo a esta última, tres de sus cuatro novelas fueron llevadas al cine. Entonces, la pregunta que surge naturalmente es por qué la figura y los textos de Conti resultan tan atrayentes pese a cierta marginación de la «academia».

 

Oficios terrestres
Apenas terminada la dictadura, los periodistas Restivo y Sánchez encararon la tarea de hacer una biografía de Conti en base a la recopilación de testimonios de las personas que lo habían conocido. Haroldo Conti, con vida comenzó a gestarse a partir de la fascinación que ejerció sobre ellos la lectura de su obra, iniciada con el cuento «Las doce a Bragado», y del encuentro con sus hijos, Marcelo y Alejandra, en marchas de derechos humanos.  Terminó de nutrir la idea el escritor Humberto Constantini, con quien hablaron apenas regresó de su exilio. Su firme convicción de la necesidad de hacer un libro marcó el comienzo de un laborioso trabajo que fue como seguir la punta de un ovillo en un tiempo en el cual el miedo, la muerte y el exilio aún formaban parte de la memoria reciente.
Así fue como en  1986 apareció Haroldo Conti, con vida, editado por Editorial Nueva Imagen y, mucho después, reeditado y ampliado en ediciones de Homo Sapiens/TEA y del Centro Cultural de la Cooperación. «Hay dos grandes mundos en ese libro: uno integrado por los testimonios de sus afectos, sus amigos de Chacabuco, del Tigre, su familia. Y, por otro lado, el mundo más intelectual y periodístico. Aunque todo estaba muy mezclado en el caso de Haroldo», señala Restivo.
«Conti era un tipo muy apegado a las amistades, a los afectos; todo lo contrario a la imagen de un intelectual de escritorio», agrega. «Era vital, vivía todo con mucha intensidad, con la cantidad de oficios que tuvo, de recorridos que hizo: se sabe que fue marinero, docente, camionero, esgrimista y hasta ingresó al seminario, el que casi culmina en su ordenación. Tuvo muchas vidas. Una de las frases predilectas es que le gustaba perderse entre la gente y luego volvía siempre con algún librito a partir de las cosas que iba averiguando sobre costumbres, oficios, historias».
La estructura de esta biografía pionera alterna testimonios con fragmentos de sus textos narrativos. «Cuando los entrevistados cuentan anécdotas, nosotros incluimos fragmentos de sus cuentos o novelas, que quizás se inspiraron en esas historias o reflejan esos hechos. La idea era ser fieles a una frase de Haroldo: “La vida y la literatura empatan”. Creo que su literatura está muy basada, aunque sea ficción, en hechos que él pudo vivir, sufrir, disfrutar», acota Restivo.

 

El hombre y su tiempo
Entre los años 60 y 70, Conti recibió numerosos premios literarios; por ejemplo, el premio Casa de las Américas por su novela Mascaró, el cazador americano. Por entonces, había alcanzado cierta fama. «Era un tipo joven, tenía unos 45 años y salió en la tapa de la revista Gente como uno de los personajes del año. Esto lo descubrí hace poco», cuenta Restivo. «Una periodista de la revista le había hecho una nota, había ido a su casa y al Tigre y les sacaron fotos a sus hijos. También le hicieron muchas notas en Clarín y en otros diarios, pero a él no le interesaba figurar y menos lo que hoy llamaríamos tener una exposición mediática».
Cuando en mayo de 1976 fue secuestrado por un grupo de tareas del Batallón 601 del Ejército, estaba abocado a un volumen de cuentos de los cuales sólo se salvo «A la diestra», porque quedó a resguardo en la máquina de escribir. «Según contó Marta, su última pareja, él ya tenía los títulos de 10 o 12 relatos, algunos de los cuales ya venía escribiendo», completa Restivo.
Por su parte, la editorial Sudestada publicó recientemente Alrededor de Haroldo Conti, de Duizeide, que se destaca por la minuciosa reconstrucción de época y el exhaustivo recorrido por su narrativa. «Llegué a su obra por azar. Mientras estudiaba en la Escuela Nacional de Náutica, a mediados de los 80, di con una mesa de libros en oferta en donde estaba Sudeste y me fascinó», señala Duizeide.
La lectura de la novela y sus propias investigaciones sobre las prácticas criminales que llevó a cabo la dictadura lo motivaron a encarar este trabajo. «Dos de mis grandes preguntas fueron: ¿Cómo incidió el genocidio sobre el campo literario argentino? ¿Y de qué modos específicos se da esa realización simbólica dentro de dicho campo? Conti ayuda a comprender mucho mejor los años 60 y 70, pero me interesa más cómo nos permite comprender nuestra actualidad».
El libro consiste en una relectura de toda su obra teniendo en cuenta las influencias de Conti y, a la vez, estableciendo vínculos con la literatura de su tiempo. Además se articula un cuidadoso ir y venir entre aquella producción y la literatura actual. «Los temas no los impuse desde afuera, sino que surgieron de esas mismas operaciones: por ejemplo, la hinchazón desmesurada de la figura de autor en los últimos tiempos; los prejuicios hacia lo político en la narrativa o su inverso simétrico, la búsqueda demasiado lineal de rasgos políticos en la narrativa, y otros. También me interesó indagar la relación de Conti con la narrativa de viajes, estableciendo continuidades y rupturas con otros escritores viajeros. Finalmente, también analicé los vínculos con la música, el sexo, las drogas y otros», amplía Duizeide.

 

El arte del cuento
El espíritu del trabajo de Duizeide es ampliar las posibilidades de repensar toda la obra de Conti, a través de su inscripción en una trama contextual que permita tener una mirada más sólida sobre los valores artísticos de su producción. «En su obra suena una música inédita en idioma castellano, originalísima pese a estar hecha de múltiples influencias comunes en su época. Sus cuentos de navegantes –en este caso del río– me parecen dignos de figurar junto con los de Conrad o Stevenson. Además construye personajes de los mundos populares –sean del trabajo o de los márgenes del trabajo, como villeros o vagabundos de las orillas– sin caer en el populismo ni en la condena. Articula paisaje, poesía y política de manera inescindible; un rasgo por el que lo admiro, pero que dificulta la lectura tanto de quienes buscan los rasgos políticos obvios o se regodean con el tremendismo», señala el escritor marplatense.
En tanto, Federico Von Baumbach descubrió la obra de Conti cuando trabajaba en la revista literaria Lea, entre los años 2007 y 2008, para la que le encargaron la reseña de una edición de los cuentos completos de Haroldo. «“La balada del álamo carolina” me deslumbró, y de ahí en más empecé a interesarme también por su aspecto más polifacético, por todo lo que él había sido, sumado a la cuestión del compromiso político», señala.
A partir de entonces, Von Baumbach concretó su proyecto ensayístico que obtuvo un subsidio del Fondo Metropolitano de las Artes. Se enfocó en hacer un análisis concienzudo de las técnicas literarias que ofrecen todos los cuentos, ordenados por orden cronológico desde el primero que escribió, «Rosas de picardía», hasta el último, «A la diestra». «En mi investigación encontré un cuento que no fue incluido en ninguna antología; se llama “Visita” y fue publicado en el suplemento cultural de Clarín, en 1974».
El texto de Von Baumbach alterna aspectos de su vida y análisis de los textos. Además tiene un desarrollo circular, pues comienza con su secuestro y termina con el mismo episodio. «En el análisis de los cuentos acentúo el uso de recursos que me parecen destacables, como por ejemplo la figura de un narrador dubitativo, el manejo de luces y sombras o el concepto de la movilidad de lo estático».
Von Baumbach subraya que la experiencia de haberse involucrado durante cinco años, desde 2009, en el mundo de Conti repercutió en él de una manera personal. «Destaco la firmeza de sus convicciones y su coherencia de vida y de obra. Me sentí también movilizado por la idea de la libertad y esa tensión que él manejó entre ser libre dentro del sistema o ser libre fuera del sistema, algo que ficcionalizó de manera muy inteligente».
Probablemente, como todos los grandes escritores, Conti seguirá haciéndose presente a través de aquellos que se sientan interpelados por su producción. Su vigencia, por fuera o por dentro de los parámetros académicos, se sostiene por la multiplicidad de abordajes que habilita. Y, sin duda, cualquiera sean los motivaciones que acercan a unos y otros, su figura se torna un rompecabezas en el que todavía quedan piezas por aportar. Una de éstas puede consistir en la imagen de Conti sentado en su escritorio, junto a aquel cartel en latín que decía que ese era su lugar de combate y que de ahí no lo moverían.

Marcela Fernández Vidal