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Cerebro artístico. Miembro fundador del grupo, James explica las razones del éxito. (Gentileza Fuerza Bruta)

Vivir la experiencia. De eso se trata, de instalarse en el espacio creado por el grupo Fuerza Bruta. El espectáculo Wayra no hace más que despertar todos los sentidos, estimular la química del placer estético y llevar la adrenalina al límite. En una sala especialmente acondicionada del Centro Cultural Recoleta, la obra sigue en cartel hasta el 16 de marzo. «Nace a partir del espectáculo anterior, denominado Fuerza bruta, al cual fuimos agregándole cosas que iban surgiendo. Wayra significa “viento” en idioma quechua. Se me ocurrió porque me quedé bastante interesado en los pueblos originarios después de la celebración del Bicentenario. Además, me gusta cómo suena “Fuerza Bruta Wayra Tour”, uniendo los tres idiomas», dice Diqui James, director artístico de la compañía.
Fue precisamente en las múltiples actividades organizadas para la fiesta del Bicentenario que Fuerza Bruta tuvo una participación descollante, dada la cantidad de espectadores –calculados en unos 2 millones y medio– y la laboriosa conjugación de actores, técnicos, personal de seguridad y equipo logístico necesarios para desplegar la propuesta artística. «Fue una experiencia muy emocionante y, a la vez, un desafío enorme que al principio nos dio un poco de miedo. También fue el sueño del pibe esto de hacer teatro en la calle. Nos permitió volcar todas las fantasías e ideas que teníamos desde los 20 años. Y la onda del público fue impresionante: la tranquilidad, la alegría que había. No se rompió ni un espejito, salió todo bien», resume.
En aquella ocasión, recuerda, habían sido convocados con tan sólo 6 meses de anticipación. Y se habían reunido con la presidenta Cristina Fernández, quien estuvo de acuerdo con el guión e hizo sus aportes. «Todo fluyó muy bien, a pesar de que era mucha la gente que tenía que ponerse de acuerdo y trabajar en equipo», explica. Entonces James parece revivir con sus palabras las emociones de aquel momento. Y en esa sintonía surge, por ejemplo, la imagen de la representación de la República sobrevolando airosamente por encima de la multitud.
Volviendo a Wayra, se puede notar que la sala está llena de turistas procedentes de distintos países. Al verlos, inmediatamente surge la pregunta de cómo reciben las potentes escenas que se van planteando en un escenario que rompe con todos los códigos tradicionales del teatro, como la presencia de butacas. La compañía tiene una vasta experiencia internacional: de hecho, cuenta con un elenco estable en Nueva York desde hace 7 años, hay otro en Buenos Aires y un tercero que sale de gira por el mundo. Con el espectáculo Fuerza bruta habían generado mucha expectativa en el exterior, pues previamente con el grupo De La Guarda –al que pertenecieron James y otros integrantes del elenco– ya habían recorrido muchos lugares que ahora volvieron a abrirles sus puertas. «Cuando presenté ese espectáculo gustó. Y empezamos el recorrido en Portugal, después pasamos a Londres, donde fue realmente la base para el lanzamiento internacional. Debutamos en el mismo teatro donde ahora estamos haciendo una temporada. Fue un éxito tremendo, y de ahí seguimos a Nueva York, lo que significó una apertura inmensa para el recorrido mundial. Allí pondremos Wayra en abril», adelanta.
Sin duda, frente a una estética transgresora, se ponen más en primer plano las diferentes idiosincrasias del público y, en el caso de Fuerza Bruta, saltan a la luz. «Por ejemplo, en Asia la gente es mucho menos física que acá: no se tocan, no se abrazan. Nosotros, los sudamericanos en general, somos mucho más físicos, algo que se ve también durante el show. Por eso los asiáticos se vuelven locos con el impacto que generamos en el público. También hay otros países donde impacta más lo visual y, en otros, más lo festivo. A mí me emociona que en lugares tan diferentes, con otros idiomas, otras comidas, otras costumbres, como en China, por ejemplo, fluya la relación como si te conocieras de toda la vida».
Nunca tan bien empleada la expresión «huelgan las palabras» para intentar una traducción escrita de las obras que propone la compañía en un proceso continuo de creación que apunta a formular un lenguaje escénico propio. «Lo más difícil de resolver –define James– es el ritmo, porque necesitamos que sea vertiginoso: queremos ser más rápidos que la mente del espectador para que le llegue a la emoción, para que todo el tiempo esté en ese estado de sorpresa».

Marcela Fernández Vidal