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Presente. El artista en la inauguración de su tercera muestra en el Centro Cultural de la Cooperación.

La trayectoria de León Ferrari induce a repasar el legado que dejó como persona y también como artista, ambas facetas reflejadas en una única forma de vivir, trabajar y luchar. Heredero de la irreverencia de los fotomontajes dadaístas, sus imágenes siempre resultaron punzantes y provocadoras. Entre tantos valores desplegados a lo largo de su vida, vale la pena reconocer su relación desprejuiciada y afectiva con los artistas más jóvenes, así como su profunda generosidad para facilitar el acceso a su obra, situaciones que en general no abundan en el mundo del arte.
Su carrera comienza en los años 50, pero adquiere mayor visibilidad ante la censura de Civilización occidental y cristiana (1965) en el Instituto Di Tella, cuando presenta junto a tres relieves el avión bombardero de Vietnam F-111 coronado por un Cristo de santería. El impacto visual pone en tensión muchas de las iniciativas de la vanguardia artístico-política de los 60, momento que radicaliza la crítica frente a las relaciones de poder en Occidente. Ese itinerario continúa en la experiencia de Tucumán Arde (1968), con artistas rosarinos y porteños articulados con la CGTA combativa que dirigía Raimundo Ongaro. En esa propuesta contrahegemónica exhibe, en plena dictadura de Onganía, un collage con recortes de diarios sobre la situación en Tucumán.
Los retazos periodísticos son también el recurso de Nosotros no sabíamos (1976), con la información de los cadáveres que aparecían en la costa atlántica en plena dictadura cívico-militar. Fue precisamente la desaparición de su hijo Ariel la que lo llevó al exilio en Brasil, adonde permaneció hasta 1991. En los años 90 mantuvo su sencillez y austeridad, casi como un artista marginal, poniendo en evidencia el entramado político y religioso del régimen militar, al ilustrar el Nunca más para el diario Página/12 o al realizar muestras conflictivas con objetos y fotomontajes que irritaban a la jerarquía eclesiástica, como en Infierno e Idolatrías.
Uno de los últimos acontecimientos de dimensión vanguardista que protagonizó fue la censura y clausura de una muestra retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta, en noviembre de 2004. En respuesta a la condena de la muestra del entonces cardenal Jorge Bergoglio, Ferrari afirmó que sus obras venían a revertir las torturas infernales propiciadas por la Iglesia. «El castigo al diferente recorre nuestra historia y ha originado diversos exterminios: aborígenes, judíos, brujas, herejes, vietnamitas, iraquíes», escribió.
El mayor reconocimiento internacional que recibió fue el León de Oro de la Bienal de Venecia de 2007, quizás a modo de legitimación de su coherencia artística y ética. En el CCC expuso en tres oportunidades: la última fue en 2010, con León Ferrari: Re(in)sistencia con palabras ajenas, cuando recibió el premio del ALBAcultural. Exhibió, entre varias piezas, un tanque de juguete con un niño Jesús de Evangelización (2004) y un mapa de banderas con cucarachas imperialistas de Banderas (2003). Para el final podría quedar esta definición, que incluyó en 1968 en su discurso «El arte de los significados»: «El arte no será ni la belleza ni la novedad, el arte será la eficacia y la perturbación».

Juan Pablo Pérez
Coordinador de Ideas Visuales del CCC