Contenido restringido

Tiene 23 años, fue Gran Maestro de ajedrez a los 13 y se convirtió en campeón mundial al vencer al indio Viswanathan Anand. El placer de jugar y la influencia de los grandes de la disciplina.

 

Ganador. Tras cinco horas de partida, Carlsen obtuvo el campeonato mundial. (AFP/Dachary)

Magnus Carlsen no quiere que lo comparen con Lionel Messi. Prefiere que lo hagan con cualquier jugador del Real Madrid, el club del que se hizo hincha cuando vio jugar a Zinedine Zidane. Una vez le preguntaron si lo que siempre había soñado de chico era esto: ser campeón mundial de ajedrez. Carlsen, un poco despatarrado en la silla, con ese aire de chico de Hollywood, aunque haya nacido en Baerum, Noruega, respondió que no, que nunca había soñado nada de esto, porque cuando era chico, dijo, sólo quería jugar al ajedrez y divertirse. Es curioso cómo una mente que tiene la eficacia de una computadora –una mente genial– también sea capaz de lanzar al aire pensamientos tan humanos, tan sencillos.
Magnus Carlsen tiene 23 años. El 22 de noviembre pasado, cuando todavía tenía 22, se convirtió en el nuevo rey universal del ajedrez. Destronó en Chennai, India, al local Viswanathan Anand, 20 años mayor que él y campeón mundial desde 2007, después de una batalla de cinco horas. Carlsen se convirtió en número uno del mundo a la misma edad –aunque con varios meses más– que Gari Kasparov, el ruso que se mantuvo durante 20 años en esa posición y que todavía permanece en el podio de las 64 casillas junto con otros grandes como Bobby Fischer y Anatoli Karpov.
Kasparov entrenó durante un año y medio a Carlsen, a quien muchos ven destinado a hacerse un lugar en ese altar: ser el nombre de una época. El noruego es un gran genio en un cuerpo joven. A los 13 años atravesó la barrera de los 2.800 puntos del sistema Elo, el método por el cual se calcula la habilidad de un ajedrecista. Este año alcanzó los 2.872, el puntaje más alto que se haya conseguido. Kasparov, 10 años atrás, registró 2.849.
Sus padres vieron cómo a los 2 años el niño completaba rompecabezas de 50 piezas, y a los 4, se dedicaba a juegos de construcción destinados a chicos de 14. A los 5 años, Carlsen comenzó a mover las piezas sobre el tablero. También a memorizarse las capitales y banderas de las ciudades del mundo. Se aprendió diagramas de partidas, desarrollos, lugares de disputa, y rivales. Podía repetir esos datos a quien se lo pidiera.
A los 13 años, ya era Gran Maestro. Los padres, entonces, vendieron el auto, pusieron en alquiler su casa de Oslo, y pidieron licencia en sus trabajos; todo para financiar –y acompañar– los viajes del hijo por los torneos de ajedrez. Como Magnus no iba a la escuela, además, le daban clases particulares. El checo Lubomir Kavalek lo vio durante el certamen de Wijk aan Zee, una pequeña ciudad de Holanda. Carlsen tenía 13 años y le bastaron 29 movimientos para vencer a Spike Ernst. Kavalek quedó impresionado con ese talento: escribió un artículo en The Washington Post en el que lo bautizó como el Mozart del ajedrez. Ese mismo año, Carlsen le ganó a Karpov y perdió en un desempate, después de hacer tablas, con Kasparov.

 

Revolución
Sus partidas de ajedrez son seguidas por millones en Noruega, con audiencias récord que hasta la aparición de Carlsen sólo se conseguían con el fútbol o con el esquí, el deporte preferido en ese país. La revista Time lo ubicó entre los 100 personajes más influyentes del mundo. Su popularidad excede lo que sucede en el tablero y llega hasta las revistas de moda: Cosmopolitan lo eligió este año como el más sexy.
Después de convertirse en campeón del mundo, dedicó un fin de semana a jugar al fútbol. «¿Se considera un revolucionario del ajedrez?», le preguntaron los periodistas que lo esperaron durante dos días para tener una charla tranquila con él. «Un poco, sí», respondió Carlsen. El noruego, cuentan las crónicas, destruye al rival, también, con su resistencia física y mental. Eso lo asemeja a Fischer, que era capaz de poner bajo una estricta presión a quien tuviera enfrente hasta desarmarlo. «De Bobby Fischer –dijo Carlsen– lo que más admiro es su capacidad para que nos parezca fácil lo que en realidad es muy difícil. Yo intento imitarlo».
«Magnus es un fenómeno de la naturaleza humana –dijo Kasparov–. Y si encima tiene la ayuda de uno o de varios cerebros informáticos de gran potencia, sus rivales lo van a tener muy difícil». Hace un tiempo, en una entrevista con el diario El País de España, le preguntaron qué coeficiente intelectual tenía. «Ni idea», contestó, «no quiero saberlo. Podría suponer una sorpresa desagradable». Se supone, sin embargo, que rondaría los 190, muy por arriba de los 130 que se consideran para un superdotado. A Carlsen no le importa. Ni siquiera se considera un genio. Su extravagancia es la tranquilidad. «Soy un tipo completamente normal –dice–. Mi padre es más inteligente que yo».
El mes pasado, días después de consagrarse campeón en India, Carlsen, el hincha del Real Madrid, se puso la camiseta blanca para hacer el saque inicial sobre el césped del Santiago Bernabeu en un partido contra el Valladolid. Ahí sí, tal vez, haya cumplido un sueño. Aunque el noruego no quiere que lo comparen con Messi, todavía tiene tiempo para desplegar su estilo, para cumplir su sueño, que no es ni más ni menos que seguir jugando al ajedrez. A Carlsen, ni siquiera le parece importante su juventud. «La experiencia –dice– está sobrevalorada».

Alejandro Wall