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Líder indiscutido de la legión argentina, el unquillense le puso fin a una carrera que incluyó títulos de relieve, gestas heroicas y reconocimientos múltiples del público.

 

Estirpe. Con el equipo de Copa Davis, Nalbandian protagonizó grandes actuaciones. (Télam)

El hombro no me está dejando entrenar con la exigencia que merece el circuito». En conferencia de prensa convocada especialmente para la ocasión, y luego de un video de sus mejores jugadas de sus 13 años de tenista profesional, en las primeras horas de octubre David Nalbandian anunció su retiro del tenis profesional. El hombro en cuestión es el derecho, aunque es el último eslabón de una cadena de lesiones en la cadera, abdomen, espalda, hernia, codo y piernas que desde 2007 frenaron los triunfos de quien, para muchos, está en el podio de los talentos argentinos de toda la historia.
A los 31 años y nueve meses exactos, el cordobés dejó un legado que curiosamente no incluye títulos de Grand Slam, pero sí varios logros deportivos que le posibilitaron llegar al tercer puesto del ranking ATP y jornadas gloriosas de Copa Davis que ilusionaron a Argentina con una ensaladera que, por diversos motivos, aún no llegó.

 

De la cuna hasta Shanghai
Fútbol, básquet, karate, equitación, natación y, ya de grande, alguna experiencia automovilística. El deporte atravesó la vida de Nalbandian desde su infancia en Unquillo, provincia de Córdoba, aunque el tenis fue, por legado familiar, su disciplina deportiva principal desde los 5 años. A los 12 ya se perfilaba como cosa seria a nivel nacional y un par de años después era promesa mundial. De hecho, en 1998 fue campeón del US Open Junior, luego de derrotar a Roger Federer, el suizo que años después se convertiría en, para muchos, el mejor tenista de todos los tiempos.
Debutó como profesional en 2000 ante Jim Courier, un ex número uno, y en 2002 consiguió sus primeros campeonatos en Basilea y Estoril. Además, ese mismo año jugó la final de Wimbledon en la que perdió sin atenuantes ante el australiano Lleyton Hewitt, instancia a la que ni Guillermo Vilas pudo acceder en su exitosa carrera. Aunque los Grand Slam no fueron su especialidad, a los 20 años su carrera presagiaba importantes logros.
Pasó dos años sin títulos pero eso no le impidió terminar 2003 entre los diez mejores del mundo. Y en 2005, además de cortar la sequía en Munich, ganó el prestigioso Masters de Shanghai. La competencia reúne a los mejores ocho tenistas del año, y Nalbandian accedió a ese lugar por las bajas de dos estrellas lesionadas y otra que por esos días esperaba ser papá. Pero entrar por la ventana no lo hizo achicarse, y su derrota ante Federer en la primera jornada tampoco. Se recuperó ante Guillermo Coria, logró la clasificación a semifinales ante el croata Ivan Ljubicic y accedió a la final luego de derrotar en dos sets al ruso Nicolai Davydenko. En la final debió enfrentar nuevamente  al suizo, y después de perder los primeros dos sets en tie break, Nalbandian dio vuelta un partido histórico: 6-2 el tercer set, 6-1 el cuarto y 7-6 el quinto y definitivo.
Ganó nuevamente el ATP de Estoril en 2006 y un año después, pese a sus primeros síntomas de lesión, logró el primer Masters de su carrera en Madrid. Alcanza ver el cuadro de ese torneo y los rivales que venció para entender el potencial del cordobés: Clement, Berdych, Del Potro, Nadal, Djokovic y Federer. Ese año repitió en el Masters de París, en 2008 fue campeón en Buenos Aires y Estocolmo, en 2009 conquistó Sidney y en 2010 logró su último título en Washington. En total fueron 11 títulos profesionales y 13 finales que lo dejaron con ganas de más.
A medida que diferentes lesiones le hicieron perder posiciones en el ranking ATP, Nalbandian dosificó esfuerzos y le dio a la Copa Davis un lugar que pocos tenistas argentinos le otorgaron a lo largo de la historia. Aun con cuestionamientos sobre formas, personalidades y egos que lo distanciaron de Juan Martín del Potro –algo que derivó en la derrota de Argentina en la final ante España en 2008– su compromiso con el equipo nacional es incuestionable hasta para sus detractores.
Y su récord también: 36 victorias y 10 derrotas, incluyendo singles y dobles. Pero no es simplemente su estadística, sólo superada por Guillermo Vilas, lo que convirtió a Nalbandian en símbolo argentino de la Davis. Algunos de sus triunfos, por sus formas, el rival o el momento en que las consiguió, le sumaron a su talento natural una épica que será difícil de repetir.
En la final de 2006 ante Rusia, por ejemplo, de visitante y en una superficie rápida, ganó sus dos partidos en singles ante dos poderosos como Safin y Davydenko. No alcanzó: Argentina perdió 3-2. También es recordada la primera ronda de la Davis 2010 en la que nuestro país visitó a Suecia, en principio sin Nalbandian por una lesión que meses antes lo había bajado de la competencia. Pero a dos días del inicio de la serie una resonancia magnética y sus ganas lo hicieron cambiar de opinión: decidió viajar a Estocolmo a las apuradas para colaborar en el partido de dobles. No solamente ganó su punto junto con Horacio Zeballos, sino que disminuido físicamente se animó a jugar y ganó en cuatro sets el partido decisivo de la serie. Cuatro meses después, otra vez en Rusia, volvió a ganar el quinto punto y Argentina clasificó a semifinales.
Este año, con sus últimas fuerzas, dejó de lado el circuito ATP para intentar hacer su aporte en la Davis. Lo hizo solamente jugando en dobles, y ganó ante Alemania y Francia. Pero su físico le impidió estar hace un mes en República Checa, y la eliminación de Argentina en semifinales más las recurrentes lesiones le marcaron a Nalbandian que no había nada más que hacer en el circuito profesional.
Por eso dijo basta el 1 de octubre en una conferencia de prensa celebrada en La Rural. Las exhibiciones ante Rafael Nadal el 21 de noviembre en Buenos Aires y el 23 en su querida Córdoba servirán de despedida para una trayectoria plagada de éxitos y reconocimientos. Lo determinó su hombro, ese que nunca dejó de poner para defender los colores de su país en la Davis, y que selló para siempre su vínculo con el público argentino.

Tom Wichter