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En los últimos tiempos, los dibujos ganaron relevancia en los libros para chicos. La experiencia de los profesionales con las editoriales: entre el reconocimiento y los derechos postergados.

 

Imágenes surtidas. Los ilustradores trabajan a la par de los escritores para sorprender y atraer a los pequeños lectores. (Jorge Aloy)

Basta mirar con atención para notar que los dibujos están en todos lados. Sobre todo, las ilustraciones pensadas para chicos. En manuales escolares, desde luego, en la portada de novelas y antologías de cuentos, en la sección infantil de las revistas dominicales de los principales diarios, en los paquetes de galletitas y de cereales, en publicidades, en libros-álbumes (un género o formato que se consolida año a año en el circuito editorial nacional), en revistas, en juegos de mesa y –estirando un poco la cuestión–, en la tele y los videojuegos. Cualquiera que esté cerca de un niño, sea hijo, sobrino o ahijado, sabe que por allí rondan los dibujos. Y en Argentina cada vez se perciben más. No porque antes no hubiera, sino porque ganaron relevancia.
Por un lado, los dibujos gozan ahora de mayor prestigio. Ante la saturación de la fotografía digital, un trazo genuino provoca el efecto maravilloso de un poco de aire fresco. Por otro lado, porque algunos cambios de mercado –como el mentado ascenso del libro-álbum– trajeron nuevos bríos y demanda de lápices al sector. El proceso está acompañado por la reivindicación de los propios artistas, tanto de su lugar como autores como de sus derechos como trabajadores. Muchas veces, un buen dibujo vende un libro antes que su texto. Los escritores lo aceptan (algunos a regañadientes, claro), los editores lo saben (hace rato) y los ilustradores lo reafirman. No es casual que en este período una ilustradora argentina (Isol Misenta, conocida sencillamente como Isol) haya ganado recientemente el premio más importante del mundo para el rubro: el Astrid Lindgren, con una dotación equivalente a medio millón de libras esterlinas. Hay una cuestión de talento indudable, pero también la conjunción de una serie de factores entre los cuales se destacan el cambio de contexto en el circuito local y las muchas oportunidades de trabajo en el exterior (que permiten crecer, foguearse e incorporar elementos al repertorio de cada autor).
Es la misma Isol quien, durante un viaje de trabajo a Suecia, se hace un rato para analizar la situación en Argentina. «Siento que hay un buen momento, en el sentido de que el lugar de la ilustración es más valorado y disfrutado por los que toman las decisiones», considera, y cree que eso ayuda para mejorar las condiciones y visibilidad de los laburantes de las acuarelas, pinceles y collages. «También hay una apertura a diferentes estilos y búsquedas en los formatos», agrega. Los avances tecnológicos, por ejemplo, permiten experimentar mucho más con troquelados, figuras que se levantan de la hoja y otras delicadezas editoriales por el estilo.
Pero el universo de la ilustración infantil es tan fascinante como variado. Cada ilustrador viene de un trasfondo completamente distinto. Consultadas por Acción distintas ilustradoras, cada una revela una formación diferente. La jovencísima Soledad Otero, por ejemplo, es licenciada en Diseño de Indumentaria, incursionó con entusiasmo en la historieta (donde se nutrió de la movida japonesa) y trabajó como colorista digital, asistiendo a otra colega. Luciana Fernández, en cambio, viene del estudio académico de las artes plásticas; concretamente, del campo de la escultura, lo cual explica su buen ojo para mostrar texturas y espesores en cada uno de sus trabajos. Aunque aclara que cada autor vive la experiencia de modo particular, Fernández explica su caso: «Mientras estudié Bellas Artes, trabajaba diseñando personajes animatrónicos para teatro y televisión, y luego hice animación stopmotion –cuenta–, por lo tanto cuando estoy frente a un texto para ilustrar, enseguida me lo imagino como una película y pienso en el clima, el tono e inclusive en el tiempo y el ritmo».
Sin embargo, tampoco es que los ilustradores gocen de libertad infinita en su trabajo. Tienen un texto al que deben aludir, escritores a los que conformar, editores a los que convencer y el exigente público infantil al que cautivar. Lo mejor, coinciden los consultados, es poder trabajar cerca del escritor de turno. «Cuando ilustro un texto que no es mío, conversamos mucho con el escritor», cuenta Isol, aunque reconoce que tiene la suerte de colaborar con Jorge Luján, un poeta amigo. «Cuando ilustré un libro de Paul Auster, trabajé con el editor y el escritor vio el trabajo cuando ya estaba por la mitad, pero creo que siempre es más interesante cuando el ilustrador y el escritor se eligen mutuamente». En ese elegirse, a veces los proyectos surgen de los propios autores, si ya se conocen o trabajaron juntos antes. «Muchos proyectos surgen de ese contacto», explica Otero, y luego la dupla recorre editoriales hasta que una recibe con algarabía la propuesta. «Otras veces la editorial hace el nexo si lo considera necesario». Si no es así, la editorial se limita a reenviar el texto del autor al ilustrador y  luego poner juntas las piezas.
En ese proceso de trabajo los editores juegan un papel clave marcando pautas, señalando direcciones artísticas o, directamente, requisitos de mercado para cada libro o colección. «Cuando se trabaja en proyectos personales, quizás se desdibujan los límites del género infantil de acuerdo con el escritor y con el ilustrador, pero las editoriales suelen corregir según criterios que cada una establece», advierte Otero.
Fernández intercede: «Tuve y tengo el enorme privilegio de trabajar en proyectos con escritores que no sólo son talentosos profesionales, sino que comparten el placer de investigar, jugar y pensar en equipo, y estoy convencida de que eso se ve reflejado en el libro», afirma, aunque reconoce que «a veces los editores tienen consignas muy acotadas y estrictas, especialmente si se trata de ilustraciones para libros educativos y hay que mostrar algo de forma muy específica». En un escenario ideal, para ella, el mejor caso es «cuando un editor aporta desde su mirada, sumando al diseñador, y se trabaja junto con el escritor»; lo que se dice un equipo creativo completo.
«Cada editor tiene sus ideas, pero yo me siento bastante libre en este medio y juego con ciertos límites para torcerlos un poquito, para encontrar cosas diferentes y sorprender al lector –desafía Isol–. A veces no hay que esperar a que te den permiso para hacer algo, sino hacerlo y mostrarlo a quien te parece que lo va a entender». La clave, considera, pasa por animarse a pensar distinto. «A veces uno mismo se pone dentro de preconceptos pensando que hay que hacer las cosas de determinada forma porque el formato es así, o porque una nunca vio algo parecido a lo que quiere hacer. Desde mi primer libro tuve que explicar por qué hago lo que hago y por qué no puedo hacer otra cosa. Y siguiendo ese camino pude mostrar algo mío y verdadero». Así, está convencida, llegó al reconocimiento, sin tener que esperar a que el respeto profesional y el nombre ganado le permitieran romper los esquemas.
«Por supuesto, hay límites que tienen que ver con la historia que vos le contarías a un chico, lo que compartirías con él –explica Isol–. No podés hablar de cosas que exigen un saber adulto o experiencias que un chico no puede conocer». Las palabras clave para ella son «responsabilidad» y «empatía». En su caso, busca siempre recordar su sensibilidad como niña, más que pensar en patrones pedagógicos, que es lo que guía a la mayoría de los editores. De eso también conoce Otero. «Mucha de la llamada ilustración infantil puede ser disfrutada por adultos, pero los editores hacen hincapié en la edad del lector y buscan ciertos estilos gráficos, proporciones o colores supuestamente más adecuados para la edad de los chicos», detalla, y observa que «muchas veces esos estilos varían entre opuestos de una editorial a otra».
Aunque el testimonio de las entrevistadas permite entrever un momento vivaz en el sector, también es período de luchas y reclamos. La situación está lejos de ser ideal, advierte la ilustradora multipremiada: «Todavía cuesta que el trabajo sea bien pago y que se entienda que lleva tiempo y cabeza, que somos los autores de las imágenes, así como el escritor es autor del texto, y que por eso mismo tenemos ciertos derechos que corresponden a esa responsabilidad autoral». Históricamente, el mundillo editorial considera «autores» sólo a los responsables del texto de un libro, aun de un libro de cuentos para chicos. Los dibujantes quedaron en un segundo plano, por ejemplo, para el cobro de derechos de autor: muchas veces se les pagaba por única vez y luego su obra era reutilizada en infinidad de ocasiones sin siquiera pedirles permiso. ¿Alguien imagina que pueda suceder lo mismo con un cuento de Ricardo Piglia? ¿O que un canal de televisión no vuelva a pagar a los actores lo que corresponde al reponer un programa de archivo? Eso, tan natural en otros sectores del campo artístico, no es moneda común en el de la ilustración infantil. Por eso, muchos ilustradores apuntan sus lápices fronteras afuera, a sabiendas de que los mejores contratos compensarán incluso las mayores retenciones impositivas por cobrar en divisas.
Puestos a defender sus derechos, los dibujantes se juntaron, discutieron, debatieron y –finalmente– se reunieron con asesores del entonces diputado nacional por Nuevo Encuentro Martín Sabbatella, hoy al frente de la Afsca. Inspirados en un proyecto anterior de Carlos Heller («Autores», orientado a los escritores), los dibujantes propusieron AURA (Asignación Única de Reconocimiento Artístico), presentada el 25 de setiembre pasado y girada a las comisiones de Cultura, Previsión y Seguridad Social, y a la de Presupuesto y Hacienda, con las firmas del actual titular de la Afsca y sus compañeros de bancada Gastón Harispe y Carlos Alberto Raimundi. «Esta asignación sería más o menos el equivalente a tres jubilaciones mínimas» y aspira a nivelar hacia arriba derechos y condiciones laborales del sector local, pues, para acceder a ella, haría falta, entre otras cosas, presentar publicaciones registradas. El proyecto también considera a quienes trabajan para el exterior o han hecho obra de impacto artístico y social significativo. «Hay colegas que hicieron enciclopedias educativas, manuales para colegas, y hoy quizás tienen un problema de salud y no pueden trabajar. ¿Cómo una persona que aportó tanto a la cultura y educación de generaciones no va a tener este reconocimiento de parte de la Nación?», plantean.

Andrés Valenzuela