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La figura de Juan Manuel Santos probablemente sea una de las más complejas de la política latinoamericana de los últimos años. Accedió al poder como sucesor de Álvaro Uribe con el apoyo de la derecha y se distanció de su socio político al recomponer la relación con Hugo Chávez y negociar con las FARC. Ahora consiguió la reelección frente a Oscar Zuluaga (el candidato de Uribe) gracias a votos que le aportaron casi todas las fuerzas de izquierda. No le fue fácil remontar la diferencia que le sacó Zuluaga en la primera vuelta, donde había otros tres candidatos. Para el mano a mano convocó al ex presidente César Gaviria como su jefe de campaña y logró el apoyo de varios grupos de izquierda que hoy ven a Uribe como el principal enemigo. Bogotá fue clave en su estrategia, ya que logró triplicar los votos de la primera vuelta gracias al apoyo de los sectores progresistas. Por otra parte, pudo reducir al 50% el ausentismo que en la primera vuelta había llegado al 60%. Según datos oficiales, desde 1958 más de la mitad de la población no acude a las urnas en una clara muestra del rechazo a las estructuras partidarias tradicionales. En una sociedad desgastada por la violencia y la guerra, su consigna «el fin de la guerra o la guerra sin fin» fue decisiva.  Y en el camino también firmó un comunicado conjunto con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el otro movimiento guerrillero. Está claro que la mayoría de los que votaron por Santos apuestan por la paz aunque no le hayan concedido un cheque en blanco. Sin embargo, una parte importante de la población votó por Zuluaga y cuesta creer que el movimiento liderado por Uribe –que denunció un «fraude monumental»– se retire a cuarteles de invierno.  Tampoco hay que olvidar que, aunque Santos cuenta con un fuerte respaldo regional, en Colombia demasiados sectores están armados como para dar por sentado que el reelecto presidente logre la anhelada paz.