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Las revoluciones sociales suelen ser procesos profundos que trascienden una fecha determinada. En muchos casos la imagen queda congelada por un evento, como la toma de la Bastilla en Francia o del Palacio de Invierno en Rusia. Sin embargo, muchas revoluciones conocieron de avances y retrocesos. Egipto vive una situación revolucionaria producto del derrocamiento de Hosni Mubarak el 11 de febrero de 2011 y todo lo que acontece en estas últimas semanas es parte de ese proceso. Si bien la revolución no ha transformado estructuralmente al país, no es menos cierto que la caída de Mubarak abrió una dinámica de movilización de masas sin precedentes en el mundo árabe. Por otra parte, la destitución de Mujamad Mursi –el primer presidente civil elegido en elecciones libres en la historia de Egipto– representa, a todas luces, una ruptura institucional, pero no necesariamente un golpe de Estado. Numerosos gobernantes elegidos democráticamente fueron destituidos por levantamientos populares y la historia reciente de América Latina es testigo de ello: Fernando de la Rúa (Argentina), Lucio Gutiérrez (Ecuador), Gonzalo Sánchez de Lozada (Bolivia). Cayeron mandatarios cuya legitimidad, al igual que la de Mursi, provenía de las urnas, pero las movilizaciones impusieron la legitimidad de las calles y se los llevaron puestos.
Las gigantescas marchas convocadas el 30 de junio por el movimiento «Tamarud» (rebelión) tenían como objetivo la renuncia de Mursi para profundizar la revolución, independientemente de las intenciones de las Fuerzas Armadas que fueron las que terminaron destituyéndolo. Como en toda revolución existen numerosas fuerzas sociales y políticas antagónicas que luchan por conducirla hacia diferentes objetivos o destruirla. En Egipto coexisten y se enfrentan los revolucionarios que derrocaron a Mubarak, los Hermanos Musulmanes, los representantes del viejo régimen y las Fuerzas Armadas. Por ahora, el final está abierto.