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La argentina de 29 años, bicampeona mundial de natación en aguas abiertas, es una de las principales exponentes de la disciplina. El rol del Estado en el desarrollo del deporte amateur.

 

A paso firme. Geijo se prepara para competir en Canadá, Macedonia e Italia. (Gentileza Pilar Geijo)

El agua del lago San Juan, en Canadá, tenía una temperatura de unos 15 grados centígrados. Pilar Geijo nadaba y nadaba. Estaba adelante en la carrera, pero, de pronto, el frío le hizo sentir que perdía el control. Dice que fue algo extraño, que creyó que quizás esa vez no llegaba, y entonces comenzó a imaginar: imaginó que se había hundido un barco y que en el naufragio ella era la única que podría tocar la orilla. Así fue que siguió nadando mientras pensaba en toda esa catástrofe alrededor, y apenas tocó la placa, ocho horas y media después de la largada, Pilar se desmayó. Y aunque no era consciente mientras estaba en el agua –no se lo había planteado como estrategia– ahora sabe que toda esa imaginación fue lo que le hizo ganar la carrera. La enseñanza que tuvo aquella vez –dice Pilar, cuatro años después de la competencia– es que los límites siempre pueden estirarse un poco más, que el cuerpo protege hasta el final porque está empeñado en sobrevivir.
Pilar Geijo nació en Buenos Aires hace 29 años y es bicampeona mundial en aguas abiertas: ganó las temporadas 2010 y 2011 del circuito Grand Prix de la Federación Internacional de Natación (FINA). En 2012, fue elegida como la mejor del planeta en una encuesta realizada en Internet por la Asociación Mundial de Natación de Aguas Abiertas, de la que participaron 10.000 personas. Pero Pilar no empezó a nadar en lagos, ríos y mares, sino en piletas. Sus padres la llevaron a los 6 años y a ella le encantó la intimidad del agua. A los 15, después de una experiencia en San Antonio de Areco, se zambulló en las aguas de la naturaleza.
«Lo que me gustó es el tema de la distancia. En pileta lo más largo son los 1.500 metros, que no superan los siete minutos. En aguas abiertas nadás desde una hora hasta ocho horas. A mí me gustaba nadar más tiempo, distancias más largas. Y además requería más estrategia, era más táctico y me parecía más divertido. A eso se sumó el contacto con la naturaleza, donde todo es más impredecible que en la pileta», le dice Geijo a Acción.
Tiene tatuadas unas gotitas en la espalda, símbolo de su pasión por el agua. El esfuerzo es mucho, pero lo disfruta. El día arranca a las ocho de la mañana con dos o tres horas de natación en el Centro Nacional de Alto Rendimiento (CENARD). Después un descanso, vuelve a la pileta para el segundo turno, que lo complementa corriendo o haciendo bicicleta. Se declara competitiva: aunque no esté obsesionada con el resultado, todo lo hace para ser la mejor. El entrenador de Geijo, a quien le faltan pocas materias para recibirse de contadora pública, es Diego Tricárico, su marido. La filosofía que aplica en el agua es el paso a paso.
«Es una carrera larga –dice–, donde a veces tenés que guiarte por algunas referencias. En la Hernandarias-Paraná, por ejemplo, sabés que a tal hora pasás por una ciudad, a otra hora pasás por otra, y así. Normalmente lo que hago es imaginarme la carrera en fragmentos, por partes, y eso me permite concentrarme en cortos períodos, pero también en lo total. Es como que me renueva».

 

Próximos objetivos
La Argentina, según explica Pilar, tiene mucha tradición en aguas abiertas. Lo confirma el hecho de que dos de las ocho carreras del Grand Prix FINA (Santa Fe-Coronda y Hernandarias-Paraná) sean en el país. «Eso lo promueve muchísimo y nos hace referentes», dice Geijo, que es una de las atletas que, además de tener patrocinadores privados, recibe una beca del Ente Nacional de Alto Rendimiento (ENARD), que componen el Comité Olímpico Argentino y la Secretaría de Deporte. La implementación de ese apoyo, afirma, cambió la situación de los deportistas amateurs.
«Sin dudas, hizo que yo no tuviera que trabajar y pudiera dedicarme de lleno a la natación. Ahora, por ejemplo, tenemos una obra social. Y aunque a veces hay una tendencia a pensar que lo de afuera es mejor que lo nuestro, mi experiencia dice lo contrario. Yo viví en Australia y conozco chicos de otros países que se sorprenden del sostén que tenemos. En algunos casos hay apoyo, pero sólo a unos pocos muy buenos, y además no se apuesta al desarrollo como acá», asegura Geijo.
Este año lo empezó bien. Ya hubo tres carreras de las ocho que impone el calendario. Terminó tercera en la Santa Fe-Coronda y ganó por sexta vez consecutiva la Hernandarias-Paraná, la más larga del mundo con 88 kilómetros. Ambas se realizaron en febrero. En Cancún, la última que disputó, a fines de marzo, finalizó en la cuarta posición, lo que le permite estar primera en el ranking mundial. Ahora se prepara con todo para lo que viene. Tiene por delante dos carreras en Canadá, una en Macedonia y otras dos en Italia. La próxima, el 26 de julio, será precisamente la del lago San Juan, la que tuvo que atravesar imaginándose en el medio de un naufragio.
Y es curioso, porque cuando a Pilar se le pregunta cuál es el lugar en el que más le gusta nadar no elige –como se supone que elegiría cualquier humano que no fuera anfibio como lo es ella– las aguas cálidas. Pilar elige las aguas frías. La carrera en el lago San Juan, dice, es su favorita. Porque en las bajas temperaturas es todo más lento, puede ver los detalles: ir paso a paso en la intimidad del nado. Sobrellevar esas competencias es el logro; terminarlas es el gran desafío. Eso es lo que más le gusta a Pilar mientras avanza con sus brazadas.

Alejandro Wall