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Acaba de estrenar una obra de Discépolo en el CCC. El actor, director y dramaturgo repasa sus diversos proyectos actuales y recuerda sus primeros pasos sobre el escenario.

 

(Jorge Aloy)

 

Los ojos saltones y la mirada apasionada de Pompeyo Audivert son tan contundentes como su dedicación al teatro, desde sus primeras épocas en el Parakultural, pasando por etapas de popularidad televisiva, hasta sus colaboraciones con Ricardo Bartís y su propia proyección no sólo como intérprete sino también como director y dramaturgo. Audivert conoce el quehacer teatral en diferentes rubros. En 2014 cumple 20 años al frente de la sala estudio El cuervo, donde programa espectáculos y dicta clases.
«La docencia me permitió avanzar en el terreno de la dirección, desarrollar un método pedagógico teatral y perfeccionar un lenguaje de actuación y dirección», dice. Precisamente, esa será la temática de El piedrazo en el espejo, libro de ensayos de Audivert que la editorial del Centro Cultural de la Cooperación publicará a fin de año. Mientras tanto, desarrolla una actividad frenética. Edipo en Ezeiza, escrita y dirigida por él, va por su segunda temporada en el Camarín de las Musas. Por quinto año, sigue con Museo Ezeiza 73, una instalación teatral con 70 actores en el Centro Cultural Haroldo Conti (ex ESMA). Y también dirige Urdaestallido, un varieté sobre textos de Alejandro Urdapilleta, en el Centro Cultural Paco Urondo.
A todo le pone pasión, pero hay un proyecto más que parece uno de sus mayores anhelos cumplidos. Se trata de Muñeca, de Armando Discépolo, en una versión personalísima y actuada por él, que va de viernes a domingos en el CCC. «La obra me interesó desde que empecé a estudiar teatro. Me impactó el personaje de Anselmo, quien se siente víctima de ese cuerpo que le ha tocado y que no reconoce como su identidad. He allí la tragedia de nacimiento: nos han dado una máscara que no podemos rechazar; el cuerpo que nos tocó se vive como condena que habrá que actuar a riesgo de morir. Los personajes tienen también la sospecha de estar formando parte de una realidad teatral que ha sido construida como fachada de otra que no alcanzamos a enfocar, pero que presentimos, con unos fines que nunca se revelan. Me atrae pensar todo esto; por eso elegí la obra».
Para el público, esta línea interpretativa puede ser una puerta de entrada a esta obra de 1924, lo que no invalida otro acceso basado en el argumento de Muñeca, que Audivert sintetiza así: «En una mansión de un Buenos Aires mitológico, vive el personaje central, Anselmo, un oligarca, un terrateniente millonario rodeado por una corte de parásitos aduladores que intentan por todos sus medios distraerlo de su circunstancia trágica, que es ser físicamente espantoso y a la vez estar enamoradísimo de una mujer muy joven y hermosa, Muñeca. Hay en la obra una circunstancia que vuelve más trágica su situación, pero de eso no debo hablar, a riesgo de romper el hechizo teatral».
Generoso en sus descripciones, el autor y director, si bien se resguarda algunos detalles, adelanta otros relativos a la versión que ofrece de esta pieza. «Aunque hemos respetado la estructura original de Discépolo, hicimos algunas intervenciones: tomamos textos de Marosa Di Giorgio para que Muñeca tenga una voz propia, que dé cuenta de su carácter sobrenatural y poético», dice. «En relación con la escenografía y el vestuario, no quisimos producir una reconstrucción espejo de aquella realidad de principios de siglo; quisimos situar la teatralidad como campo de realidad autónomo. La escena es real más allá de su referente, que funciona como coartada o remitente, como carnada para concitar una unidad referencial con el público».
A esta sustanciosa reflexión Audivert ha llegado luego de acumular experiencias y aprendizajes, desde sus inicios hasta sus participaciones más destacadas, con el aporte de sus maestros pasados y actuales. De todo eso, hace un balance: «Empecé a estudiar teatro en plena dictadura, cuando tenía 15 o 16 años, siguiendo a unos amigos que habían decidido ir a lo de Alejandra Boero. Así, de casualidad, di con el teatro. Fue mágico. Luego me pasé a lo de Carlos Braña, un director y docente muy audaz. Más tarde me llamó Máximo Salas para hacer Tal como gustéis, de Shakespeare», cuenta.
Entre los trabajos que dejaron marcas más profundas en su carrera, destaca los monólogos Antes del desayuno, de Eugene O’Neill, Muerte rea, de Pepe Arias, y Recuerdos son recuerdos, de su propia autoría, que hacía en el Parakultural y en otros escenarios que florecieron en los años finales de la dictadura. «También hice televisión, pero es un ámbito que no me interesa más que como trabajo rentado. Es un trabajo digno pero un trabajo al fin», afirma. Por caso, su rol en la serie Gerente de familia, en la década del 90, todavía es recordado. «El teatro lo hago por nada, por placer, más allá de que me gusta cuando entra un mango. Lo considero una necesidad vital, como todos mis compañeros actores. También estudié y compartí proyectos con Lorenzo Quinteros y con Ricardo Bartís. Todos mis maestros fueron centrales por distintos motivos. Y hoy mis maestros son mis hijos. Lo digo muy en serio: los pibes son la vanguardia del mundo, lo mejor del hombre está allí. Nuestro deber es abrirles camino, cuidar que esa pureza se mantenga viva, que no muera en el hombre el niño».

Analía Melgar