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«En el escenario me transformo, soy una bestia», dice esta actriz santafesina, nacida y criada en el circuito alternativo teatral, protagonista de tres obras, que ahora llegó al prime time televisivo.

 

Revelación. Su personaje en Viudas e hijos del rock & roll crece a pasos agigantados. (Jorge Aloy)

Es un huracán Iride Mockert, la actriz que atraviesa su momento de esplendor, el del despegue: protagoniza tres obras de teatro y su Iaia, la mucama paraguaya que personifica en la tira Viudas e hijos del rock & roll, está creciendo a pasos agigantados. «Soy una montaña rusa emocional», grafica la intérprete, de 30 años, apenas con tiempo para respirar. «Nada de amor. Imaginate, tengo varias citas postergadas», dice risueña esta morocha santafesina, que además canta y baila. «Hay que tener la mayor cantidad de herramientas posibles. Nunca se sabe para dónde dispara el oficio», alecciona quien hoy está al frente de un atractivo tridente teatral: Meyerhold, en el Centro Cultural San Martín; Un gesto común, en el Abasto Social Club, y Las lágrimas, en el Centro Cultural de la Cooperación. Y a partir de noviembre regresa con La fiera, su caballito de batalla, a El extranjero.
Habla de «cantidad de herramientas». Por si fuera poco, Mockert ejecuta el oboe. ¿Y por qué ese instrumento sin marketing? Hija de padres músicos, Mockert no pudo zafar del mandato «tenés que tocar algo». Quería el arpa pero nadie daba «clases raras». Las opciones eran saxo, violoncelo u oboe. «Eligí el menos común, imaginando más posibilidades».
Hace una pausa. Mira a su interlocutor y saca conclusiones: «Sí, ya sé, soy rara. ¿Qué querés? Me llamo Iride. ¿Cuántas Iride conocés? Sabés –se embala–, Iride significa diosa del arco iris, aunque un ex suegro me dijo que significa planta con feo olor», ríe con ganas esta mujer locuaz, que llegó a Buenos Aires a los 18 y se graduó en el IUNA. Habitante frecuente del circuito teatral alternativo, Mockert pegó el salto con La fiera, obra de Mariano Tenconi Blanco (también director de Las lágrimas), con la que obtuvo un Premio Hugo por su labor y varias otras nominaciones. Pero además es esa pieza la que se transformó en su carta de presentación e impulsó su desembarco en televisión. «Me vieron en La fiera y me llamaron para un casting en Viudas e hijos. Quedé seleccionada pero nunca imaginé que mi rol crecería tanto», relata con sorpresa. «Se ve que gusta mi mucamita cachonda, que se la pasa perreando con el personaje de Luis (Machín)».
De hecho, Iride se comprometió a hacer tres obras de teatro sin imaginar que la televisión le insumiría tanto tiempo de grabaciones. «Imaginaba que grabaría unas horitas semanales y listo, pero nada de eso. Tengo que ir todos los días».
Impulsiva, personalidad arrolladora, reconoce que movió cielo y tierra para «adueñarse» del papel de la mucamita hot. Zamarreó a sus contactos para que su nombre y atributos sobre el escenario llegaran a Pablo Cullel, hombre fuerte de la productora Underground. Dicho y hecho: pasó el primer casting, luego el segundo, fue preseleccionada y hasta el propio Luis Machín –que es con quien comparte la mayoría de las escenas– se sintió cautivado y le subió el pulgar.
De todas maneras no deja de sorprender que Iride, nacida y criada en la escena alternativa, sabedora de lo que es trabajar «a la gorra» y saliendo de una obra para meterse en otra, tuviese tanto hambre de televisión. «Yo quería que la tele supiera de mi existencia. Era ahora o nunca. Yo estaba peleada porque me sentía afuera del medio. Por suerte me equivoqué».
Pese al vértigo, dice que disfruta de su actualidad, aunque quisiera saborearla más, no correr tanto. Piensa que, quizás apresuradamente, «manoteó» muchos trabajos y teme no poder estar a la altura de las circunstancias. «Pero ese síntoma desaparece cuando noto que puedo. Lo vivo como un aprendizaje, la próxima vez seré más selectiva. Igual, ser convocada me permite vencer esa inseguridad natural que yo tengo y que ni el psicólogo puede evacuar», sonríe la intérprete que, sin pretender entrar en comparaciones, está haciendo un camino similar al de Paola Barrientos, que la rompió en el circuito alternativo (Estado de ira, por ejemplo) y explotó en Graduados. Multiorquesta, Iride saca otra carta con la que sorprende cuando hace saber que, recientemente, grabó A todas partes, el último disco de Fernando Samalea, en el cual ejecuta el oboe: «Con Fernando nos conocemos hace más de diez años. Tocó con mi papá, con mi hermano, y hay como una especie de admiración mutua, tenemos una tremenda conexión artística».
¿Prestigio o popularidad? «Prestigio, pero me gusta que me reconozcan en la calle». ¿Vivís del oficio? «Por suerte puedo decir que sí con orgullo. Hasta puse guita para producir una obra (Un gesto común)». En la gran ciudad, ¿se olvida al pueblo chico? «Jamás, yo me crié y crecí entre Santa Fe y Paraná. Este buen momento se sobredimensiona teniendo en cuenta que llegué del Interior con una mano atrás y otra adelante».
Rara, como encendida. Nada más real que ese verso de «Los mareados» para adjudicárselo a Iride Mockert, una artista completa, que sabe que el oficio es cíclico, también ciclotímico, por eso dice que vive a fondo su cuarto de hora. «Nunca se sabe cuándo vas a volver a volantear».

Javier Firpo