Contenido restringido

Más de 60 músicos grabaron un disco con canciones que van de Almendra a su etapa solista, pero dándoles un tratamiento de zamba, baguala o chacarera. Relecturas que honran una obra fantástica.

 

(Jorge Aloy)

La historia es buena: había una vez en Radio Nacional un operador técnico llamado Mauro Torres, fanático de Luis Alberto Spinetta. Torres le propuso a Pedro Patzer –uno de los responsables de la emisora– realizar micros con versiones folclóricas de canciones de Spinetta. Convocaron a algún músico, luego a otro y, a poco de echar a rodar la idea, ya no fue necesario llamar a nadie: se ofrecían. La figura y la obra de Spinetta fue un tremendo imán que abdujo a todos. La cantante Ángela Irene le presentó al guitarrista Néstor Díaz, creció la posibilidad de un disco y pusieron manos a la obra. Iba a ser un CD de duración normal, terminó en álbum triple.
Primero se barajó Raíz Iberá, un título de connotaciones litoraleñas que remite a la calle de Belgrano donde vivió el músico; la tapa pensada era en principio una foto preciosa de Spinetta niño vestido de gaucho, aportada por su amigo Eduardo Dylan Martí. Catarina, una de las hijas de Luis, opinó que sería mejor llamarlo directamente Raíz Spinetta. Mientras debatían el título, aparecieron en el cajón de trabajo del diseñador gráfico Alejandro Ros unos dibujos hechos por Spinetta en la época del disco Para los árboles: eran raíces y árboles. Los planetas se alinearon.
Más allá de la desmesura de un álbum con más de 60 artistas interpretando en clave folclórica 53 canciones de Spinetta, lo que hay que decir es que el rescate resulta, desde lo musical, totalmente novedoso. Dentro de la singularidad de una obra original por donde se la escuche, Spinetta ha absorbido influencias musicales, poéticas y místicas múltiples.
De la impronta urbana, con toques de jazz y bossa nova del primer disco de Almendra, a la solidez monolítica de power trío de Los Socios del Desierto, ha configurado una trama estilística donde sobresale la psicodelia de hard rock y sus deudas con Led Zeppelin de Pescado Rabioso, el jazz rock de Invisible en años de su enamoramiento con John McLaughlin, el tecno pop de Madre en años luz y Privé, el pulso acústico juglaresco de Kamikaze.
Temáticamente bordó lecturas filosóficas con viñetas de la vida cotidiana de una manera brillante. Supo fundir el fervor tanguero del Capitán Beto y la añoranza de «los camiones de basura, la vieja y el café» y las mañanas luminosas del Bajo Belgrano con Castaneda, Jung, Artaud, Wilhelm, Foucault. Dentro de ese paisaje artístico –amplio y complejo– el folclore brilló por su ausencia.
En Raíz Spinetta sorprende la naturalidad con que sus canciones admiten lecturas folclóricas. Néstor Díaz se hizo cargo de muchos de los arreglos, y su tarea fue minuciosa y de un buen gusto destacable. Por supuesto que en 53 temas hay diferentes niveles de aciertos, pero podemos señalar una buena cantidad de tracks de cada uno de los tres CD sin temer a la injusticia que supone cualquier tipo de selección en esta clase de materiales: «Bajan» por Bruno Arias, la notable versión de «La bengala perdida» por Martín Domínguez, «Enero del último día» por Machi Rufino, «Panacea» por Lorena Astudillo, «Ella también» por Jorge Cumbo, «Dale gracias» por Juan del Barrio y su hija Catalina, una candombeada «Todas las hojas son del viento» por León Gieco, «Fuji» por Juan Quintero (¿hay algún artista folclórico más spinetteano que Quintero?), un increíble abordaje en ritmo de baguala de «En una lejana playa de animus» por Juan Baglietto y Lito Vitale al piano, «Asilo en tu corazón» por Grace Cosceri, «Campos verdes» por Rodolfo García y su hija Juliana, «Dime la forma» por Silvia Iriondo, «Madreselva» por Laura Ros, «Plegaria para un niño dormido» por Teresa Parodi, «Todos estos años de gente» por Rubén Goldín y «Vida siempre» por Leo Sujatovich y sus hijos Mateo y Luna, por citar un pequeño porcentaje. Hay otros grandes trabajos: Liliana Herrero, María y Cosecha, Laura Casariego.
El álbum merece una escucha atenta, una degustación lenta. Pero a diferencia de otros discos de este tipo, nada parece forzado. No hay aquí compromisos con compañías discográficas, ni especulaciones (nadie cobró por tocar y lo recaudado es a beneficio de la Fundación Huésped), sólo se trató del placer de honrar a una música que se metió como pocas en el imaginario sentimental de varias generaciones. Este homenaje también sirve para cuestionar los rótulos de géneros que insisten en ser tomados con un rigor que no se condice con la realidad: ¿por qué no va a ser folclórico Spinetta, un artista que nació en Belgrano y que creció escuchando Beatles y John Coltrane, sí, pero también Piazzolla, Huanca Huá, Waldo de los Ríos? Hoy más que nunca, los artistas están configurados de cruces de estilos cada vez más diversos.
«La ausencia física del Flaco se ha transformado paradójicamente en presencia permanente para muchos de nosotros; presencia que a menudo se suele traducir en motivación para juntarnos, reunir ideas y emprender acciones de distintos tipos que inevitablemente nos acercan aún más a su espíritu luminoso y su obra fantástica», escribió Rodolfo García –baterista de Almendra y uno de los más consecuentes difusores de la música de su amigo– en el booklet del álbum. Ese espíritu luminoso y esa obra fantástica son puestas en su justo relieve en Raíz Spinetta, raíz tan vigorosa y profunda que sigue haciendo crujir los cimientos de la música argentina. Bienvenidas las grietas.

Mariano del Mazo