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Una nueva generación de pintores convierte a las paredes olvidadas y las fachadas de edificios en verdaderos lienzos al aire libre. Los graffitis, murales y stencils se multiplican.

 

Colores. Una de las creaciones de MART, que se puede ver en un frente de Palermo. (Martin Acosta)

El arte urbano atraviesa un gran momento. Capitales como Londres y Buenos Aires se han convertido en verdaderos museos al aire libre, con graffitis que pueblan no sólo los muros de sitios abandonados o galpones, sino las fachadas de casas y edificios que, en muchos casos, cuentan con la aprobación de propietarios y vecinos. Por lo visto, las paredes sí hablan por obra del street art o arte callejero, expresión artística urbana en la que coexisten la cultura pop, el cómic y el hip-hop. Dirigidas a todo aquel que transita por una ciudad, las pintadas abarcan grandes superficies y su propósito es ser recorridas de un solo vistazo. Nacieron en la década del 70, en Nueva York. Aunque, en realidad, ya daban cuenta de sus orígenes las prehistóricas Cuevas de Altamira y las paredes de Pompeya, la ciudad romana que estuvo sepultada durante 250 años, tras la erupción del Vesubio.
En Argentina, como en toda Latinoamérica, el desarrollo del arte urbano ha estado asociado con los movimientos políticos, aunque es cierto que en Buenos Aires se realizaron murales decorativos en las iglesias desde el siglo XVIII. La última oleada surgió después de la crisis de 2001, cuando aparecieron pintadas con frases como «Que se vayan todos» y artistas como Buenos Aires Stencil, Run Don’t Walk, Stencil Land y Malatesta, que a través de sus intervenciones decidieron brindarle un poco de alegría a la gente. Buenos Aires Stencil causó alto impacto con piezas como «Disney War», aquella que mostraba a George W. Bush con las orejas de Mickey Mouse.
La irrupción graffitera fue «la parte buena de todo lo que hubo en esa época», resume una de las voces de White walls say nothing, un documental estrenado este año que repasa el fenómeno en Buenos Aires, bajo la producción de White Wall Industries y Graffitimundo. Esta última, una organización dedicada a la difusión del arte callejero local.

 

Tarea colectiva
Hijo pródigo de la globalización, el arte callejero atraviesa una especie de explosión. «Funciona muy bien en las ciudades contemporáneas por varias razones», apunta Máximo Jacoby, curador y coordinador de Artes Visuales del Centro Cultural Ricardo Rojas. «Es muy accesible y su técnica se puede aprender sin la necesidad de formación académica. Se construye sobre un imaginario actual cruzado por nuevas tecnologías, también puede mezclar imágenes locales con personajes del manga. En su expansión, modifica y marca nuevos mapeos: una red de relatos e imágenes que permiten ver y vivir la ciudad desde un punto de vista totalmente renovado y problemático al mismo tiempo. Esto lo hace muy potente para la cultura del momento», enumera.
Actualmente, Bansky, un misterioso británico –que suele pintar de madrugada y cuyos primeros trabajos se conocieron en los años 90, en Bristol–, es quien goza de mayor popularidad mundial. Sus creaciones políticas y sociales, como la famosa «La niña con el globo», se subastan por miles de dólares, lo cual le ha granjeado críticas como «vendido», por parte de sus pares.
De los nombres locales, JAZ y EVER son dos de los más destacados, tanto en el país como en los rankings internacionales, según indica GG, integrante de Buenos Aires Stencil. «En cuanto a calidad, el arte urbano argentino no difiere del de cualquier otra parte del mundo. La diferencia es a nivel colectivo: acá, los que pintan se juntan, comparten y transforman la creación personal en algo colectivo. No existe una competencia entre los artistas. Veremos en unos años, cuando se genere un mercado», opina.
Además, dice GG, el movimiento es más o menos parejo en todo el país. «Cada vez son más reconocidos artistas de Córdoba (ELIAN), Mendoza (GAUCHOLADRI) o Rosario (LACAST), por citar unos pocos ejemplos», completa. En La Plata, el muralista Lumpen Bola (Antonio Alcántara) imprime a figuras del rock, como Luca Prodan o los Rolling Stones, en las fachadas de barrio La Loma. MART, uno de los nombres más conocidos del neograffiti local –denominado así por tratarse de diseños más libres y coloridos–, comenzó a pintar en las calles a los 12 años (ahora tiene 26). Decidió firmar con una abreviación de Martín, porque tenía que ser algo corto, para escribirlo lo más rápido posible, ya que primero pintaba ilegalmente, al igual que hacen otros artistas en ciudades como Berlín o Londres. Hasta que se dio cuenta de que la policía tenía cosas «más peligrosas de las que ocuparse». Normalmente, suele hacer murales en Palermo Viejo, el barrio de su infancia, impulsado, incluso, por los vecinos.  Según dice, el hecho de que los artistas locales no fueran perseguidos les ayudó «muchísimo» para la experimentación de diferentes estilos. También debieron ingeniárselas, porque los productos especiales para pintar no llegaron al país hasta que avanzó la primera década del siglo XXI. «Esto también fue un condicionante para encontrar diferentes caminos a la hora de encarar los murales. Usamos mucha pintura látex acrílica, pinceles, rodillos para los grandes murales y algunos que otros aerosoles», detalla. Otros graffiteros utilizan tiza y hasta pintura asfáltica diluida en nafta.

Política. La imagen denuncia la guerra.
(gentileza Buenos Aires Stencil)

Para el curador Jacoby –quien en 2007 organizó junto con el diseñador Ezequiel Black una de las primeras muestras de arte callejero, en este caso el Centro Cultural Ricardo Rojas– la disciplina ha encontrado un «terreno muy fértil» en los últimos 10 años. «Argentina en general y Buenos Aires en particular tienen un ejercicio muy intenso en este camino, si pensamos el arte urbano como un conjunto de actividades donde el graffiti y los murales son parte. Algunas acciones de los 60, como las «intervenciones» de Marta Minujín, son ejemplos de esta vocación de intervención sobre el espacio público. El arte callejero actual logró mostrar cartas muy interesantes para su explosión por toda la ciudad, agitando a una nueva generación de artistas que había quedado fuera del sistema institucional», explica.

 

Medio de comunicación
Después de la crisis de 2001, hubo un reverdecer de las pintadas políticas y sociales. «Ahora está más calmo y se tornó todo hacia un lado más decorativo, para poder expresarse de forma más amena», sostiene MART. «En los últimos dos o tres años, la cantidad de murales aumentó más de un 200% en todo el país. Seguramente, porque las ciudades se dan cuenta de que los colores nos hacen bien y los murales son respetados, por el trabajo y el esfuerzo que tienen».  Este graffitero trata de no encasillarse y de probar diferentes caminos. Por ejemplo, viene trabajando en una serie de personajes en bicicletas. «Busco generar una calma, una poesía con la pintura», señala. Los chicos de Buenos Aires Stencil, en tanto, desde un principio se plantearon hacer las cosas a su manera y no bailar al ritmo del mercado (agencias de publicidad, marcas, etcétera). Por eso, afirma GG, «nuestra evolución tiene que ver con la exploración de la técnica que utilizamos. El stencil es único, por la parte plástica, que es súper rudimentaria y básica. Nos interesa explotar esta herramienta al máximo. Y, también, el costado de comunicación que tiene algo hecho en la calle, la idea de reproducción del mensaje: dejar en claro que cualquiera puede comunicar una idea con pocos recursos y llegar a la misma gente a la que buscan las grandes marcas gastando millones».
La mayoría de los artistas locales pintan con sus propios recursos, aunque también existe financiamiento del Estado nacional o provincial. Y, en menor medida, hay proyectos que gestionan empresas privadas para pintar en sus predios o en la calle, facilitando materiales. Sin embargo, el grueso prefiere arreglárselas «pidiendo permiso a los propietarios de nuestros barrios que tanto cariño brindan cuando te ven pintando un nuevo mural», comenta MART.  «Cuando otro pone plata, siente que tiene peso para opinar y eso es algo que nosotros no negociamos», añade GG. «El arte urbano tiene que ser libre, gratis, efímero e ilegal, en el sentido de no pedir autorización. El arte urbano y su padre, el graffiti, se las arregló muy bien durante muchos años sin recibir nada de nadie, sólo con las ganas y empeño de la gente que lo lleva adelante. Creemos que lo mejor es que siga así».

Francia Fernández