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En la tercera temporada de La casa de papel, el actor revive a Berlín, un antihéroe que conquistó al público con dosis parejas de carisma y maldad. Tras décadas de trabajo en la televisión española, saltó a la fama gracias a la serie de Netflix. Pasado, presente y futuro de una estrella global.

(Foto: Samuel de Roman/Getty Images)

Hablar con Pedro Alonso es descubrir la razón por la que Berlín se metió en el bolsillo a millones de fans de La casa de papel, aun cuando sus acciones están lejos de ser aplaudibles. Un veterano actor de la pantalla chica, que comenzó su carrera en la televisión de Galicia para luego saltar a las producciones nacionales, ha vuelto en la tercera temporada de la serie aunque su personaje moría acribillado sobre el final de la segunda. Y eso demuestra que su presencia ha sido parte de la fórmula del éxito del programa, que se ha convertido en el más visto en lengua no inglesa de Netflix y que batió nuevos récords cuando retornó a la plataforma de streaming. Y si bien le llueven las ofertas para seguir su carrera a lo grande, por ahora solo ha filmado una película, El silencio del pantano, que llegará a los cines a comienzos del año que viene.
–Berlín es un maldito encantador. ¿Esa es la razón por la que pegó con tanta fuerza en la audiencia?
–Yo creo que es una mezcla de cosas. Primero, trabajar con gente muy talentosa y muy ambiciosa, que en un momento determinado de la ficción española deciden dar un salto al vacío y atreverse a competir con una serie con una realización y un aparato técnico brutal, intentando a la vez llenarla de contenido. Sin los directores, los escritores, los directores de fotografía y los compañeros, no habría pasado lo que ocurrió. Yo procuro poner todo el compromiso a mis trabajos, a veces he intentado arriesgarme y, si no tienes de dónde sujetarte, no hay casa. O sea que por mí mismo habría sido imposible. Esa es la primera variable. Luego, de salida, es villano, es antihéroe, es un maldito, alguien que tiene todas las claves para transitar por donde habitualmente la vida no nos deja, y ese es un vehículo muy jugoso. Si acaso reforcé algo con mi intento al interpretarlo, tiene que ver con esa parte un poco más telúrica que creo que le he aportado, que tiene que ver con una cierta determinación salvaje que le convierte en una suerte de chamán malo.  En ese sentido, es verdad que hice fuerza en el riesgo, en que cada toma fuese diferente, en forzar un poquito más de lo que permite habitualmente la convención, los tiempos que el personaje se tomaba para jugar. Y eso como actor es un vehículo: al final, la ficción es atreverse a parar la velocidad normal de la vida ordinaria y poner el foco en ciertos detalles. Y ahí sí que yo en algún momento dije «venga, arriesga». O sea que quiero creer que en algunos momentos debí tocar una clave que a la gente le permitía pasárselo en grande.
–Cuando se anunció que iba a haber una tercera temporada, ¿ya te lo habían adelantado o te dejaron la misma incógnita que al resto de los mortales?
–Cuando Netflix puso La casa de papel en el mapa del mundo, y a los dos meses empezó a subir en forma exponencial, día a día era una cosa loca, nos iban llegando datos que hablaban de una ola, y decíamos «pues habrá llegado hasta aquí», y la semana siguiente te daban otro dato y no paraba de crecer, varios de nosotros sospechábamos que la serie iba a tener continuidad. La experiencia había sido muy grata, muy intensa, muy enriquecedora, y yo sentí que podía ser una opción que me llamasen y que la serie continuase. La conversación fue «vuelve tu personaje», y ahí te aseguro que le dimos unas cuantas vueltas, no siempre teníamos la misma opinión. Cuando se habló de volver, Alex Pina, que es el autor de las criaturas y tiene un talento evidente, tenía una opinión y yo una diferente. Hablamos, lo conversamos, y el hecho de que aparezca en la tercera temporada como aparece, desde la opción de Alex, que fue la que al final triunfó, no deja de ser una señal que respeto. Porque la serie en algún momento casi toca el pulp y queda algo de mitológico y ahí puedes imaginarte cualquier cosa. Alex intenta que todo sea verosímil, y si a un personaje se le ha metido una ráfaga de balas, entonces tiene que haber pasado a mejor vida. Pues vamos con esta opción, intentando descubrir cosas del personaje en esta nueva temporada.

Escenas seriadas. Alonso con De la Serna (arriba) y con Álvaro Morte (abajo).
 

–¿El fenómeno de La casa de papel ha generado una «fiebre del oro» en España?
–La industria en España ha sido muy precaria. Hemos salido no hace tanto de una crisis fuertísima, recuerdo que hace 4 o 5 años leí una estadística que era deprimente: el 90% de los actores españoles no vivía de la profesión; eso es una salvajada. Creo que ahora la situación es mejor, yo he viajado mucho este año y sí es verdad, el dato no se puede negar, que la ficción española, sobre todo la de televisión, se ha colocado en el mapa. Trabajar en unas condiciones tan exigentes, con unos presupuestos tan ajustados durante tantos años, con gente con mucha inquietud y mucha ambición, ha hecho que en muchos departamentos de la industria haya gente preparadísima y con mucho talento, que ahora, especialmente en las grandes plataformas, se pueden permitir soñar en otros términos. Acaba de aterrizar Netflix, pero hay otras plataformas que van a establecerse en España como sitio estratégico: para nosotros es una noticia maravillosa. Siempre se habló de lo anglosajón a la hora de soñar con hacer ficción, pero en última instancia lo no-anglosajón de pronto se está convirtiendo en la nueva gran ola. Trabajar en varios países, con castings muy mezclados, con profesionales de aquí y de allá, para competir en la liga mundial apostando por la creatividad, es algo que ahora mismo está pasando. Vivimos un momento muy efervescente y ojalá que esto se configure de una forma sólida y que acabe dando trabajo a la gente, porque el cine al fin y al cabo es una industria.
–¿Hay algún antídoto para prevenir los efectos nocivos de la fama?
–La receta sería: te vas a comer un momento de gran fama y vas a ver cómo se te mueve el barco. Lo que está pasando es algo que no se puede prever cuando uno es un actor de mi perfil. Para mí el milagro es seguir vivo profesionalmente después de tantos años, teniendo en cuenta lo delicada que suele ser la industria en España. Seguir trabajando y seguir creciendo ya era un sueño. Que esté pasando lo que está pasando es demasiado. Para empezar, tengo que poner distancia. Lo bueno de esto es que te abre puertas, pero tienen que pasar un par de años para poder ponerlo en perspectiva. Y luego está todo el ruido alrededor, que realmente puede llegar a ser muy exigente, porque puede influir de manera muy seria en tu día a día, en tu energía, en las demandas que recibes a tu alrededor, porque si bien tienes la parte del afecto, también puede ayudar a la dispersión. Con eso hay que tener mucho cuidado.
–¿Cómo fue trabajar con Rodrigo de la Serna?
–Yo quiero bien a todos los integrantes del elenco, es una banda de personajes muy curiosos y tengo un afecto muy profundo por todos ellos, pero he de confesar que con Rodrigo fue instantáneo: nos conocimos, empezamos a grabar y dije: «¡Uf!, con este tío me van a pasar cosas». Yo ya lo conocía como actor, lo que he visto de él me daba mucho respeto y me gustaba mucho. Trabajando con él he confirmado que somos de la misma especie actoral, tenemos un tipo de disposición muy afín a la hora de trabajar. Pero es que él, además, me cae muy bien. Me gusta mucho su discurso, me gusta su forma de vivir la vida, también tiene un compromiso muy alto, pero es un tío súper divertido con el que uno podría irse a cualquier lado. Cuando entra al plató no sé lo que va a pasar, te pone al borde y eso es algo que a mí particularmente me encanta.

(Foto: Valery Hache/AFP)
 

–¿Cuáles eran tus sueños cuando eras adolescente en Galicia?
–La vocación me llegó como un rayo cuando tenía 16 años, haciendo una obra de teatro en el instituto donde estudiaba, con el que era entonces mi profesor. Se llama Alfonso Sotelo y es alguien al que le debo estar aquí donde estoy. Con él hicimos una adaptación de un cuentecillo en el colegio, yo hacía de espantapájaros y de repente eso me llevó a otra realidad, me sentí en otra forma de juego. Y fue instantáneo, dije «¡guau!, yo quiero esto». En mi familia no había ningún antecedente, y cuando dije que quería ser actor me contestaron «¿te has vuelto loco?». Sabía que quería ser actor, y he de confesar que lo que quería era irme muy lejos, conocer otros mundos, que me pasasen otras cosas. Luego la vida me enseñó que volver a casa también era un regalo fantástico y con el tiempo aprendí a reconciliarme, pero al principio lo que quería era irme, como si fuese Marco Polo, a descubrir el mundo y vivir algo diferente a lo que había vivido hasta entonces.
–En ese entonces, ¿se te ocurrió que podías llegar a un lugar como el actual?
–Una vez escuché a Maribel Verdú que decía: «Yo he fantaseado mucho con el golpe de champú en la ducha», mientras recibía un premio. Y me hizo mucha gracia, porque al margen de lo confesable o no, uno en un momento de la vida tiene al éxito en la imaginación. La experiencia me ha hecho relativizar lo que es el éxito más comúnmente aceptado. Es cierto que estoy en un momento muy favorable, que sé lo difícil que es la profesión, desde ya viví cosas y les di el valor que tienen. Pero eso dura un momento, lo que aporta más es que te encuentres con gente y te sigas sorprendiendo, sigas teniendo el nervio en el estómago que te hace el ponerte a prueba, que tengas la sed de seguir investigando, que leas un guion y digas: «Dios, no sé cómo se puede hacer esto pero me volvería loco hacerlo». Ese es el combustible que al final te alienta. Lo otro puede ser muy aparente, pero realmente no vivo de eso, la vida es mucho más sencilla. Intuyo, además, por la experiencia que había tenido antes, que si uno ha tenido momentos de cierta visibilidad o de relativo éxito, al final eso pasa superrápido, es muy poca gente la que resiste una como esta mucho tiempo.
–Hoy la gente te ve como Berlín, pero tenés una larga carrera previa. ¿Qué tendrían que ver para tener una imagen más completa de Pedro Alonso?
–Yo que he nacido y he muerto un par de veces profesionalmente, cuando miro hacia atrás recuerdo un personaje que se llamó Padre Casares, en la televisión de Galicia. Yo hacía de cura, fue un rol muy inesperado que me hizo volar muy alto. La serie luego siguió, y al poco me salió otro personaje, Diego Murquía, en la serie Gran Hotel, que fue la primera de las que hice que se empezó a ver en Netflix. Claramente, ahí hice un personaje muy turbio, oscuro, muy peligroso, que me abrió la puerta a personajes más maduros y difíciles, porque en los últimos años he hecho varios papeles antagonistas e inquietantes. Muy diferentes entre ellos, quiero creer, pero fueron clave para lo que me ha pasado en los últimos diez años.