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El 11 de agosto el presidente de  Estados Unidos expuso las razones para ordenar un nuevo bombardeo sobre Irak. Planteó que había que proteger la vida de civiles estadounidenses y evitar el avance de grupos terroristas, en alusión al «Ejército Islámico». A pesar de la falta de información veraz de lo que sucede allí, no se puede dejar de recordar otras invasiones para «defender civiles estadounidenses en peligro». Es difícil olvidar la invasión a Granada, la pequeña isla del Caribe, en 1983, o al secretario de Estado, Colin Powell, en la ONU mostrando un frasquito con algún elemento «muy poderoso» que estaba en manos de Saddam Hussein y representaba una amenaza para la humanidad.
Esta vez se dice que es indispensable la defensa de los cristianos y otros grupos religiosos perseguidos en el norte de Irak. Aunque cuesta saber la dimensión de las persecuciones, la noticia no es nueva, hace varios años se sabe del enfrentamiento entre los diversos grupos étnicos y religiosos desde la invasión norteamericana de 2003. Ese contexto es fundamental para comprender todos los conflictos políticos derivados de la caída de Hussein y la desintegración de su partido –que controlaba el Estado en todas sus dimensiones– así como la aparición de Al Qaeda. La Casa Blanca intentó varias fórmulas para «estabilizar» Irak y todas fracasaron. Por eso en la prensa norteamericana se hablaba del interés de Washington de cambiar al primer ministro, Al Maliki, por una figura afín a sus intereses.
El norte de Irak no es sólo una tierra habitada por los kurdos, un grupo étnico no árabe que lucha por sus derechos nacionales. Allí están algunos de los yacimientos de petróleo más importantes del planeta aunque Obama no los nombre. Obama en 2009 recibió el premio Nobel de la Paz. Fue muy cuestionado porque no había tenido méritos para recibirlo. Si sigue por este camino en cualquier momento los noruegos le exigen que lo devuelva.