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El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, fue a la Asamblea General de Naciones Unidas con el objetivo de lograr apoyo para bombardear Irak y destruir al grupo denominado Estado Islámico. Todavía está en la memoria colectiva el «espectáculo» brindado en 2003 por el entonces secretario de Defensa de George Bush –Collin Powell– cuando intentó provocar el pánico mundial mostrando un pequeño frasco, similar al que supuestamente tendría Saddam Hussein para acabar con países enteros. La deconstrucción de aquella mentira no impidió que Estados Unidos invadiera Irak.
Después de Hussein –en realidad en paralelo– el gran monstruo era Osama Bin Laden, al que había que cazar donde fuera e incluso tirarlo al mar para que no quedara rastro de su persona. En 2014 hay un nuevo monstruo, aún peor que los anteriores, de nombre Estado Islámico. Y, por supuesto, cumpliendo su rol de «defensor de la humanidad», Estados Unidos está dispuesto a destruirlo. Para comprender el rol que se asigna a sí mismo la primera potencia mundial siempre vale la pena recordar lo que decía Madeleine Albright, la secretaria de Estado de Bill Clinton. Ella aseguraba que su país actúa «multilateralmente cuando puede, y unilateralmente cuando debe». Fue lo que sugirió Obama en su discurso, aunque ya había comenzado a bombardear antes de hablar en Naciones Unidas. Dos días después del discurso de Obama el Parlamento británico aprobó por amplia mayoría una resolución para bombardear Irak.
El canciller ruso Sergei Lavrov, por su parte, dijo que Estados Unidos siempre está a la búsqueda de «archienemigos» para justificar su accionar. Dicho y hecho. Después de presentar durante meses al Estado Islámico como más sanguinario que Al Qaeda, numerosos medios de comunicación revelaron que existía otro grupo de nombre Khorasan, aún más radical que los dos mencionados, que «estaría» por atacar a los Estados Unidos en cualquier momento y que «estaría» en Siria. ¿Casualidad?