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Uno de los escritores españoles más exitosos de la actualidad se sumerge nuevamente en la epopeya de un perdedor. De paso por Buenos Aires, recuerda su amistad con Osvaldo Soriano.

 

En los pasillos de la Real Academia de la Lengua Española es lo mismo decir «la letra T» que «Arturo Pérez-Reverte». El escritor español ocupa ese asiento desde 2003, y una de las palabras recientes que añadió al diccionario desde allí es «grafiti» (así, sin la segunda efe original) porque con su último libro, El francotirador paciente, se familiarizó con el término y con el mundillo que evoca. Y es que esta novela está repleta de aerosoles, paredes pintadas y firmas de colores: es el peculiar escenario donde transcurre la acción de este thriller sobre el que reflexiona Pérez-Reverte durante su último paso en Buenos Aires.
«El arte callejero es el que mejor refleja ahora mismo el mundo en el que vivimos», dice el autor, con más de 20 títulos publicados (entre ellos la serie histórica del Capitán Alatriste o las novelas El club Dumas, Territorio comanche o La piel del tambor) y millones de fieles lectores. «El talento aún no está contaminado en el street art. El grafitero no es como el artista reconocido, que muchas veces se vende para ganarse un nombre. No pretende nada, ni exponer en galerías, ni perdurar en el tiempo. Sabe que sus piezas serán destruidas y no le importa», destaca.
Para captar la esencia de estos pintores marginales, quiso verlos de cerca. Así es que frecuentó bares llenos de grafiteros, pagó cervezas y escuchó música que lo dejaba indiferente. Un día les dijo: «Quiero hacer una novela y quiero hacerla bien: necesito que me ayudéis a que parezca real». La persuasión con sus fuentes la había demostrado ya en la preparación de una novela anterior, La reina del sur, para la que se infiltró entre narcos. «Digamos que aún conservo los recursos profesionales que antes me dejaban convencer a un palestino para que me dejase observarlo y no me matase, o a un guerrillero salvadoreño, o a un francontirador serbio», dice este escritor que antes fue periodista y que, durante 20 años, cubrió las principales guerras del mundo.
Por eso, cuando se vistió de negro, atravesó de noche los alambrados y corrió delante de los guardias que perseguían al grupo por pintar los vagones del tren, a Pérez-Reverte le pareció un regreso a un campo conocido. «Fue como volver al territorio comanche, pero sin tiros y sin pistolas. Una guerra mucho más simpática», cuenta. De la operación, le fascinó cómo se preparaban al detalle mapas y linternas, la solidaridad que percibió entre ellos y cómo la adrenalina ejercía de motor. Pero, sobre todo, lo que lo impresionó fue la falta de aspiraciones de estos artistas de la calle. Personas anónimas que no esperan nada: un perfil frecuente en las novelas del español, cuyos personajes absorben su visión oscura. «El mundo en el que Occidente era referente se ha ido al diablo», dice, impetuoso. «Tardará más o menos tiempo en desaparecer, pero estamos en el final. Quizás pasen siglos para que llegue lo nuevo, pero eso a mí no me importa. Yo pertenezco al mundo que se extingue y me ha tocado narrar esta parte, qué le voy a hacer: soy el novelista que cuenta el crepúsculo de un mundo».
Este autor del ocaso crea para sus páginas «héroes cansados, que enfrentan el final con una digna lucidez». Un grafitero, un soldado, un ex presidiario. Los une una misma actitud: «Para ellos no hay batalla posible. Y por eso se refugian en su pequeña trinchera individual: así se salvan, se consuelan, les duele menos».
En el devenir de su estadía porteña, Pérez-Reverte recuerda que el día que terminó de leer A sus plantas rendido un león, la novela de Osvaldo Soriano, levantó el teléfono y lo llamó. No lo conocía, pero igual le dijo: «Maestro, es usted la leche. Quiero decirle que lo admiro mucho y quiero ser su amigo». Y así empezó una amistad telefónica que duró años y que, entre otras cosas, le permitió al español comprobar cómo «hace dos décadas a Soriano lo ninguneaban, lo despreciaban».
«¿Cómo es posible?», alza la voz Pérez-Reverte. «Para entender a la Argentina hay que pasar por Soriano, y por Borges y Arlt también, y no por esos escritores que aparecen todo el día en los medios y que nadie lee». Porque, como en el mundo del grafiti, el español distingue también entre el escritor profesional y el social. Y ubica entre los primeros a Soriano. «Por eso no perdono que lo mataran de pena. Porque Soriano murió de pena. No se lamentaba, pero yo me daba cuenta de su tristeza continua por no ver reconocido su papel importantísimo en la literatura argentina de la época». Soriano fue también, en vida, muy «perezrevertiano»: un héroe cansado que enfrenta el destino con digna lucidez.

Ana Claudia Rodríguez