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Tiene 24 años y una voz hermosa. Escribe, mezcla estilos, le canta al amor y a la resaca. En «Júbilo», su tercer disco, da muestras de su perfil ecléctico y desfachatado.

 

Vocación. Hija de una bailarina y un trompetista, Viola se crió en Remedios de Escalada y decidió cantar tangos a los 9 años. (Juan Quiles/3Estudio)

Llega a la nota sobre una bicicleta lila con la que transita por el mundo cotidiano. Para el otro mundo, el de los escenarios, no necesita ruedas. Sólo su voz y una guitarra. A los 24 años, Sofía Viola se distingue por su talento musical –escribe sus letras y se mueve con soltura por el folclore, la ranchera mexicana, el tango y el blues–, por una impactante presencia escénica –con vestidos coloridos y llamativos turbantes–, y por espectáculos en los que, aparte de tocar varios instrumentos, puede divagar alegremente o desmayarse, si un tema lo requiere.
Con Júbilo, su tercer disco, que contó con la producción del ex Juana Molina, Ezequiel Borra –quien también es su pareja– ha ido de acá para allá, desde que lanzó el álbum, en agosto pasado, en el Club Atlético Fernández Fierro. Los conciertos que brindó allí tuvieron un sabor especial. No sólo porque la acompañaron los músicos que colaboraron con la placa, sino también su padre, el trompetista Horacio Pollo Viola. «Mi papá siempre me planta. Una vez me dijo: “Bueno, cuando toques en el Gran Rex, yo voy a ir”, pero, por suerte, no tuve que llegar hasta ahí para que venga», cuenta Sofía, entre risas, en un bar de Núñez, zona en la que vive.
Uno de los temas da título a su disco, cuyo nombre al mismo tiempo alude a un estado personal de alegría. «También se corresponde con el disco anterior, Munanakunanchej en el Camino Kurmi (2010), que en quechua y aymara quiere decir que “todos tenemos que querernos en el camino arcoiris”. Esto es como seguir tirando amor, me parece que hace falta», indica.
Viola –nariz pecosa, risa dulce y manos delicadas– dice que se crió en Remedios de Escalda, en una casa en la que se escuchaba música todo el día. De su madre, una chilena alegre que es bailarina de salsa, heredó el gusto por el vallenato y la cumbia colombiana. Y de su padre, que practicaba trompeta de 6 a 9 de la mañana, el amor por el jazz y por los instrumentos.
A Tita Merello –por quien se decidió a cantar tangos a los 9 años–, Mina, Violeta Parra, Chango Rodríguez, Rafael Escalona y Fernando Cabrera –sus influencias musicales– los descubrió por sí misma. Inspirada en Violeta, hace unos años, la artista formó, junto con Bárbara Palacios, Las huevas son estas, un dueto en el que interpretan el repertorio de la creadora de «Gracias a la vida» y canciones propias. También la lleva en la piel, en un tatuaje que dice «Arriba quemando el sol».
Desde pequeña, Sofía ha entrado y salido de la música. Estudió un poco de violín y otro tanto de trompeta, guitarra y canto en el Conservatorio. «Siempre picoteaba. Hace unos años retomé con la trompeta, en el programa “Medios locos”, de Mex, Castello y Gillespi, donde tocaba y actuaba. Después hice cuatro años de teatro en Banfield. Lo de la TV me llevó al teatro. Improvisaba y el gag me salía bien. Mi papá me decía: “¿Por qué no estudiás?”. Me había gustado el ambiente, también. Eso de las vestuaristas me llamaba la atención», detalla.
Tuvo una banda con la que tocaba tangos y un número de varieté en el que hacía de «Curda, una payasa mala onda». En 2006, la convocaron para un espectáculo en un bar de Temperley. Ahí comenzó a componer sin parar, recuerda. Dos años después llegó a La Catedral del Tango. «Fue fuerte, porque me abrieron las puertas y empecé a tocar todos los domingos». Entonces tenía 17 años y decidió «hacerse cargo» de sus canciones (tangos, «huaynitos», valses) y presentarse como Sofía Viola. Luego pasó por la Escuela Popular de Avellaneda, donde integró el grupo de folclore. «Me era muy difícil cantar sin tirar el tango, porque yo tenía una esencia muy tanguera», comenta, a propósito.
En su primer disco, Parmi (2009), ya desplegaba su perfil ecléctico y divertido, con temas sobre la resaca, el amor platónico y la menstruación. Entre las 11 canciones de Júbilo, en tanto, hay blues («Tío Conrado», «Pancho en Constitución»), candombe («Respirar el alba») y un vals «Me han robado el mar», «diálogo entre Bolivia, la luna y el sol» que es su hit más popular en Youtube. Y también uno de los más pedidos en vivo, a la par de otro: «Ser tu perro».
Lo de «mezclar géneros tiene que ver, principalmente, con que escucho mucha música. Después, por otro lado, me parece que está bueno pasar por todos los estilos, por divertirme, y porque da como resultado un abanico de canción que le puede gustar a un viejo, a un niño, a cualquiera». Por ejemplo, en su disco hay dos temas en guaraní. «Me llaman la atención los idiomas y lo que tenga que ver con lo nativo, ya que despedazaron todo. Con el tiempo, me gustaría ahondar más ahí», subraya Viola.
Mientras tanto, Júbilo la tiene «recontenta». «La producción es muchísimo más de lo que podía imaginar. Y eso tiene que ver con Ezequiel Borra. Él aporta muchísimo a mi música, y el disco suena como suena porque él un obsesionado del sonido y hace un trabajo muy fino», afirma. Con él conoció asimismo la dicha del amor correspondido: «El amor así, de pareja, para mí es la primera vez», manifiesta.
El nombre de Sofía Viola comienza a expandirse a otros países –estuvo en Uruguay, Chile, Bolivia y Perú– y terrenos artísticos. Hace poco hizo la música instrumental para una obra de teatro: Noche reversible, de Giselle Diana. Y, para el cine, versionó en castellano a Edith Piaf con «Non, je ne regrette rien». Ella disfruta de todo. «Ahora, si me preguntan con qué te quedás en la vida, me quedo con la voz», asegura.

Francia Fernández