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Con los 60 de fondo, el músico uruguayo desoyó el mandato familiar y encontró una vocación en el arte de componer canciones. Ahora presenta su nuevo disco en el país.

 

(Martín Acosta)

 

De a poco, en sintonía con su carácter templado y amable, Fernando Cabrera se fue ganando un lugar en el corazón de los argentinos. La trayectoria de este músico uruguayo arrancó a principios de los 80, pero recién en los últimos diez años se hizo más visible en nuestro país. Y ese crecimiento en la popularidad se refleja en el cambio de sede para los shows: de salas pequeñas con mesitas, más propicias para conciertos íntimos, al ND Ateneo, un lugar de mayor capacidad y muy adecuado para el formato de quinteto con el que presenta su nuevo disco, el flamante Viva la patria, el 9 de agosto. Un día antes toca en el Teatro Argentino de La Plata, otro lugar de dimensiones importantes.
¿Qué nos quiere decir Cabrera con el título de su nuevo álbum? ¿Tuvo un brote de nacionalismo? «Es el nombre de una canción que compuse en Buenos Aires hace dos años», aclara. «Estaba pasando unos días en la ciudad y tenía encima algunos bocetos de canciones, letras inacabadas. Le puse música a una letra autobiográfica entre comillas, medio chistosa, sarcástica, delirante, que cuenta cosas de mi vida mezcladas con unos cuantos inventos», dice. «Cuando terminé esa letra, me vino a la cabeza la frase “viva la patria”, no sé muy bien por qué. La anoté de inmediato en el mismo papel en el que había escrito la canción, como un título posible. Me di cuenta de que no era muy adecuado, pero lo dejé y me fui acostumbrando».
A la hora de encontrar un título para el disco, entre decenas de opciones posibles, volvió a la superficie aquella anotación poco menos que azarosa. «Por lo general, termino bautizando al disco con el nombre que menos me disgusta. Y tenía este título rarísimo, pensé que podía llamar la atención», confiesa. «Es una frase en desuso, que expresa un sentimiento que, después de una cantidad de avatares históricos que hemos vivido en estos países en los últimos años, sobre todo en la época de las dictaduras, había quedado desacreditada. Antes había una pureza cuando se la pronunciaba. Cuando yo era un niño, la gente la decía en la esquina, en una fiesta, en un asado. Se gritaba un “¡Viva la patria!” y todos respondían. Hoy eso es impensable», dice.
El músico asegura que se trata de una humorada, más que de una provocación lisa y llana. «Yo no soy un provocador profesional, no tengo ese oficio. Pero también digo que cualquier manifestación artística debe tener un matiz, un detalle, un pequeño porcentaje de provocación. Si no, corrés el riesgo de caer en la normalidad más chata. Este título tiene ese pequeño matiz, nada más», explica. «En la época de mi adolescencia, allá por los 60, había muchos artistas que provocaban; se tornó casi de rigor ser provocador. Después hubo una etapa de caricaturización de la provocación: toda la época del glam rock y de los que se masticaban un murciélago en el escenario. Eso era todo puesta en escena. Pero hubo una provocación sincera en toda la generación joven de la década del 60, en artistas de todo tipo: cineastas, actores, rockeros. Fue la época en la que apareció Bob Dylan. Era una provocación que la sociedad pedía; había que sacudir muchas cosas y se sacudieron. Hubo novedades de todo tipo, incluso en la conducta. La provocación era una herramienta necesaria».
Donde las provocaciones no tuvieron buena acogida fue en su propia familia, que empezó a mirar de reojo a Fernando cuando decidió que quería dedicarse a la música, a los 13 años. «Ahí me di cuenta de lo que quería ser. Mi madre me había puesto a estudiar música a los 6 sin que yo se lo pidiera. Un día recibí la orden: la semana siguiente empezaba a tomar clases de guitarra. Es arduo estudiar solfeo a esa edad. Y ni hablar de aprender la técnica para tocar la guitarra con la mano chiquitita, apretar la cuerda hasta que llegue a la madera era un sacrificio. Que suene algo limpio me llevó un año y medio. Algunos primos empezaron conmigo y abandonaron. Y yo, que era el más tímido, el más obediente, seguí. No se me cruzaba por la cabeza discutir la decisión de un adulto. A los 12 me rebelé y abandoné la guitarra. Pensaba que esa decisión era para siempre. Metí la viola en un estuche y la puse debajo de la cama. Un año más tarde, cambié de opinión. Y acá estoy», resume.
Las cosas se pusieron difíciles en su vida, más de una vez. Fue, en sus propios términos, la «oveja negra» de una familia conservadora y de origen católico, alejada de las inquietudes artísticas. «Gente de trabajo, sencilla, sin lecturas ni consumos culturales. Muy conservadores en cuanto a costumbres y códigos morales. Por eso en mi familia soy Satanás. En la adolescencia tuve muchos enfrentamientos con las opiniones de mi padre, mis tíos, mis primos. Fui siempre “el raro”. Y no tuve estímulos, seguí adelante porque encontré una vocación muy fuerte. Mi padre, lejos de alegrarse de que fuera músico, se avergonzaba. Y sigue siendo así. Jamás recibí apoyo, sino todo lo contrario. Fue una lucha. A mi viejo no le gusta lo que hago, no me va a ver, detesta que sea músico. Es alguien del mundo del transporte, un mecánico brillante, un artista de los fierros, una persona de una motricidad fina increíble. Fue vendedor de autos, también. Tuvo una vocación y la desarrolló. Mis hermanos también están en ese mundo. Heredé de él su fanatismo por Fangio y por el tango; por Troilo, sobre todo. Yo creo que investigué ahí para tratar de encontrar un vínculo más cercano con él».

Alejandro Lingenti