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Pocas veces se ha visto que una figura política despertara tantos elogios tras su muerte, incluso de aquellos que lo denigraron en el pasado. Sin lugar a dudas, la reconciliación impulsada por Nelson Mandela con la población blanca fue clave para el reconocimiento de aquellos que sostuvieron el régimen del Apartheid. Sin embargo, Mandela nunca confundió a quienes habían sostenido el Apartheid con aquellos que apoyaban al Congreso Nacional Africano. Aunque muchas necrológicas no lo recuerden, después de su liberación viajó a Libia y a Cuba para agradecerles a Muammar Kaddafi y a Fidel Castro todo lo que habían hecho para apoyar su lucha. El caso de Cuba es aun más impactante. Desde la isla, tan lejos de África y bloqueada por la primera potencia mundial, partieron miles de soldados a Angola para sostener al gobierno revolucionario que nació después de la independencia de 1975 y para luchar contra las tropas sudafricanas que invadieron Angola. En 1991, mientras en Estados Unidos el líder sudafricano todavía figuraba en la lista de los peores terroristas, Mandela y Fidel se vieron por primera vez en La Habana y se abrazaron a la vista de todos. Muchos de los que hoy elogian a Mandela lo combatieron en el pasado y trataron de convencerlo de que no se vinculara con Cuba. «¿Quiénes son ellos –dijo Mandela en Cuba–, que durante 42 años se mantuvieron en silencio, para enseñarnos sobre derechos humanos y decirnos quiénes son nuestros amigos?». Mandela tampoco renegó de su amistad con el líder palestino Yasser Arafat. El Estado de Israel fue uno de los principales aliados hasta último momento del régimen del Apartheid, y Mandela siempre apoyó la lucha de los palestinos. Si hasta parece una broma de mal gusto que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, diga que Mandela fue «el padre de una nación, un combatiente por la libertad que evitó la violencia». Que nadie se engañe: Mandela siempre supo quiénes eran sus amigos.